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Las funciones sociales del lenguaje vulgar

Par Yaël Fenelon : Agrégée d'espagnol, doctorante - ENS de Lyon
Publié par Elodie Pietriga le 11/10/2023

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El lenguaje vulgar es un registro muy peculiar, porque suele ser despreciado y rechazado por los hablantes mismos. Nos interesaremos entonces por estudiar sus funciones sociales, de modo a entender su presencia en la lengua y su utilidad. De ahí, desarrollaremos sobre lo esencial que es el lenguaje vulgar y el sitio paradójico que ocupa dentro de la lengua española.

Profanity - didujo con globo

Grosería ((La traducción es nuestra. Título original: Profanity.)).
Fuente: Tomia in Wikimedia, dominio público.

 

Introducción

La Real Academia Española (RAE), instancia de regulación de la lengua española en España, lleva a cabo varias misiones, entre las cuales la de realizar diccionarios de uso de la lengua española. Su mayor obra lexicográfica, el Diccionario de la lengua española (DLE), ha tenido veintitrés ediciones hasta hoy —la más reciente  fue publicada en 2014. En su labor lexicográfica, la RAE adopta una posición descriptiva, o sea que pretende recoger las palabras del léxico español tal y como las usan los hablantes, pero a menudo menciona que se apoya más específicamente en el habla de los hablantes «cultos». Por ejemplo, en un tuit del 16 de junio de 2023, la cuenta Twitter de la RAE (@RAEinforma) escribe: «#RAEconsultas Las formas «docientos» y «trecientos» son variantes desusadas (esto es, no vigentes en el uso culto actual) de los numerales «doscientos» y «trescientos», que son las únicas formas válidas en el español de hoy» ((https://twitter.com/RAEinforma/status/1669596568033402881?t=-pkMi-QGpzJZ9Cr10OZIZQ&s=19)). Vemos entonces que el uso culto es la base a partir de la cual la RAE determina la validez y las condiciones de empleo de las palabras. Ahora bien, el uso culto es un concepto difícil de definir: suele remitir a lo social y culturalmente elevado. Sin embargo, muchas palabras que constituyen el lenguaje vulgar no parecen formar parte del habla culta en ese sentido pero están en el diccionario.

Si nos interesamos por la definición s. v. «vulgar» del DLE (RAE, 2020) ((https://dle.rae.es/vulgar?m=form)), podemos ver que la expresión «lenguaje vulgar» remite a una realidad amplia:

vulgar del lat. vulgāris

1. adj. Perteneciente o relativo al vulgo.

2. adj. Dicho de una persona: Que pertenece al vulgo.

3. adj. Que es impropio de personas cultas o educadas.

4. adj. Común o general, por contraposición a «especial» o «técnico».

5. adj. Que no tiene especialidad particular en su línea.

6. adj. Dicho de una lengua: Que se habla actualmente, por contraposición a las lenguas sabias.

Esta definición estriba esencialmente en el sentido etimológico de «vulgar», que corresponde a lo popular, como lo vemos en las dos primeras acepciones y en la oposición con las «personas cultas o educadas» en la tercera acepción. Esta consideración marca una forma de desprecio hacia lo vulgar y, por extensión, hacia el lenguaje vulgar, pero sobre todo confirma el antagonismo entre lo culto y lo vulgar que hemos evocado.

Este antagonismo se puede observar también en los diccionarios de lingüística. Esos diccionarios no suelen incluir una definición de «lenguaje vulgar» o de lo vulgar, pero sí definen los vulgarismos, que a menudo se pueden considerar como las palabras que forman parte del registro vulgar. Así, en el Diccionario básico de lingüística (Luna Traill et al., 2005, 247) se propone la definición siguiente:

vulgarismo

Palabra o construcción considerada de mal gusto y relegada a un sector de bajo nivel cultural y económico. En México se utiliza el término chido para expresar el gusto por algo: Está chida tu bolsa.

Así, se asocia el vulgarismo con un nivel social y cultural bajo, al contrario del habla culta. Parece entonces que el lenguaje vulgar no cabe en el lenguaje de los hablantes cultos que le sirve de base a la Academia para su labor lexicográfica. Sin embargo, la existencia de la marca lexicográfica de «vulgar» en los varios diccionarios de uso muestra que este lenguaje claramente forma parte de la lengua española.

Estas consideraciones nos llevan a interrogar el sitio que ocupa el lenguaje vulgar en la lengua española, de modo a explicar y justificar su existencia a pesar de su poco prestigio entre la gente culta. Nos interesaremos particularmente por las funciones sociales del lenguaje vulgar, porque nos permitirán demostrar su utilidad como herramienta lingüística y así justificar su sitio en la lengua española.

1- Análisis de los términos marcados como «vulgares» en los diccionarios de uso

Para estudiar las funciones del lenguaje vulgar, primero hace falta determinar qué palabras forman parte de ese registro y clasificarlas en distintas categorías. Para ello, hemos listado las palabras marcadas como «vulgares» en la edición actual del DLE, es decir la vigesimotercera, las hemos clasificado, y luego hemos analizado las marcas llevadas por dichas palabras en otros importantes diccionarios de uso, como el Diccionario de uso del español (DUE) de María Moliner, el Diccionario Salamanca de la lengua española (DSLE) de Juan Gutiérrez Cuadrado y el Diccionario del español actual (DEA) de Manuel Seco.

De este estudio resulta que hemos contabilizado ciento treinta y ocho entradas con acepciones marcadas como vulgares en el DLE. Son esencialmente regionalismos (abia, espelotarse, rustir) o arcaísmos e incorrecciones (azanoriate, espejar, pelegrino): hay cuarenta y ocho de los primeros y treinta y ocho de los últimos. Las hemos podido clasificar en cuatro categorías principales:

  • el léxico de la persona, con treinta entradas, incluye vocabulario anatómico (cocota), enfermedades (colorín), actos orgánicos (comichear), rasgos físicos (bizcuerno) y mentales (ardil), vocabulario relacionado con los cinco sentidos (alampar), términos en torno al sentido moral (distinto), ropa (jabardo) y designación de personas (gachí).
  • el léxico relacionado con tabúes, con veintinueve entradas, gira en torno a la sexualidad, con palabras que remiten a los órganos sexuales (papo), al acto sexual (follar) o a la homosexualidad (tortillera) en torno a lo escatológico, con palabras que designan la defecación (escagarruciarse) o los excrementos (jiña), y en torno a la blasfemia, con palabras que remiten a objetos y funciones religiosos (sacris).
  • el léxico de la delincuencia, con veinticuatro entradas, está vinculado con el robo (chorar), la violencia (capolar) y la embriaguez (mamado).
  • el léxico rural, con treinta y cinco entradas, incluye vocabulario vinculado con la agricultura (aguanal), la naturaleza (galamperna), los animales (blanca) y la comida (zurba).

Luego hemos clasificado el resto de las palabras entre dos categorías más pequeñas:

  • el léxico espacial, con diez entradas, reúne palabras vinculadas con el movimiento (ronchar), la ocupación del espacio (coger), la construcción (despedrar) y la casa (camarín).
  • el léxico de la expresión oral, con diez entradas también, incluye términos relacionados con la conversación (charra) y con la broma (camama), deícticos (mangue), y la expresión del tiempo (endespués) y del modo (asín).

La gran variedad de esas categorías refleja la ambivalencia del término «vulgar», que como hemos visto puede remitir tanto a lo popular como a lo inelegante.

En el DUE, las palabras marcadas como «vulgares»son esencialmente palabras vinculadas con el tabú sexual y con el tabú escatológico. Este diccionario no atribuye tanto la marca de «vulgar» a términos arcaicos, erróneos o rurales como el DLE, sino que no suele incluir tales palabras, generalmente poco presentes en el uso actual. La categoría del léxico relacionado con tabúes también es la más representada entre las palabras marcadas como «vulgares» en el DSLE, en particular en lo que toca al tabú sexual. La misma constatación se puede hacer en cuanto al DEA, donde los términos marcados como «vulgares» son esencialmente los relacionados con tabúes también, y especialmente con el tabú sexual.

Lo que resalta de este análisis es la divergencia en la definición de «vulgar» en la que se apoyan todos esos diccionarios para el uso de la marca lexicográfica correspondiente. La diversidad de las palabras marcadas como «vulgares» en el DLE sugiere que la RAE se apoya en una definición muy amplia de lo vulgar, que incluye también el sentido etimológico. Al contrario, parece que los demás diccionarios se enfocan en el sentido estético de lo vulgar, oponiéndolo a lo elegante.

La unanimidad de los diccionarios estudiados para considerar el léxico relacionado con tabúes como vulgar supone que este es el vocabulario más asociado con la idea del lenguaje vulgar, así que nos centraremos particularmente en esta categoría para estudiar las funciones sociales de este registro.

2- Las funciones del lenguaje vulgar

La gran presencia del léxico relacionado con tabúes entre las palabras marcadas como vulgares en los diccionarios de uso sugiere una primera función bastante obvia del lenguaje vulgar: la expresión de lo tabú. En efecto, lo tabú, por definición, no se suele verbalizar. Así, Annette Calvo Shadid (2011, 122) explica que la palabra «tabú» procede de las lenguas vernáculas de Polinesia, donde designa lo intocable, y que el tabú lingüístico resulta de la creencia que existe una relación entre la palabra y el objeto al que remite: si el objeto no se debe tocar, la palabra no se debe decir. Como hemos visto, los tabúes en los que se enfoca el lenguaje vulgar son los principales en las sociedades hispanohablantes, es decir el tabú sexual, el escatológico y el religioso, que se manifiesta en el uso blasfémico de términos sagrados para el insulto, el juramento o la injuria. Por ejemplo, se usa mucho «hostia» de esta forma: este término que designa un alimento que se consagra durante la misa en la religión católica está también empleado solo, a modo de interjección, como juramento. Es este uso como juramento el que justifica que palabras del ámbito religioso puedan formar parte del lenguaje vulgar, ya que no son tabúes de por sí.

El lenguaje vulgar permite entonces expresar conceptos tabúes; por consiguiente, ofreciendo herramientas para decir lo indecible, amplia las posibilidades de la expresión.

Por otro lado, la baja cantidad de palabras marcadas como «vulgares» en los diccionarios de uso, en comparación con el gran número de términos que recogen, supone que el lenguaje vulgar no se usa de manera continua, y resulta más bien de un cambio de código, o sea que el lenguaje vulgar no se adapta a cualquier situación sino que se emplea en determinados contextos. Ahora bien, uno de los motivos que pueden justificar el cambio de código según Francisco José Cantero y Clara De Arriba (1996, 6) es el énfasis. Creemos que este motivo es el que explica el recurso al lenguaje vulgar porque entre las palabras que forman parte de dicho registro se encuentran muchas palabras formadas por sufijación aumentativa (aruñón, huevazos). De esta forma, deducimos que otra función del lenguaje vulgar es la expresión de emociones fuertes, que se plasma en la palabra por el énfasis. Esta idea se desprende también del análisis de François Perea sobre las palabrotas, que consideramos bastante próximas al lenguaje vulgar para asimilarlas a este registro, principalmente porque suelen llevar la marca de «vulgar» en los diccionarios de uso. Perea (2011, 55) explica que:

lorsque l’émotion ou l’affect entrave le discours, la langue fait défaut et il ne reste au locuteur que les silences, les cris… et certaines unités de la langue désémantisées au premier rang desquelles figurent les gros mots.

En este sentido abunda también la gran proporción de palabras del léxico rural, de regionalismos y de arcaísmos e incorrecciones que forman parte del conjunto de términos marcados como «vulgares» en los diccionarios de uso, y en particular en el DLE. En efecto, esta clase de palabras no se corresponde con la norma lingüística educada, así que su uso no es característico de un discurso elaborado, sino que resulta de un empleo más espontáneo de la lengua. El lenguaje vulgar es entonces un lenguaje auténtico, el lenguaje del discurso no controlado, el cual está regido en parte por las emociones fuertes.

Finalmente, entre las palabras vulgares relacionadas con el léxico de la persona encontramos términos despectivos que sirven para designar peyorativamente a alguien. Si añadimos a este tipo de palabras los términos vinculados con el tabú religioso, o sea, con la blasfemia, así como algunas expresiones vulgares negativas que se dirigen explícitamente a una persona, nos quedamos con un grupo bastante importante de palabras y expresiones vulgares destinadas a la ofensa. Entendemos aquí la ofensa en sentido amplio, incluyendo la injuria, el insulto y la blasfemia e interesándonos tanto por la ofensa directa como por la ofensa indirecta, notablemente presente en el lenguaje vulgar español:

Si bien los juramentos y palabrotas son algo propio de todas las lenguas, la española es especialmente rica en improperios con connotación religiosa, insultos relacionados con los antepasados o con los difuntos de la persona a quien van dirigidos, e incluso contra la descendencia del destinatario (García Muñoz, 2015, 170).

Se aprecia así que el lenguaje vulgar tiene también una función de ofensa.

3- Implicaciones sociales

Las funciones que acabamos de presentar tienen implicaciones en las características del uso del lenguaje vulgar en sociedad y en las posibilidades que ofrece.

Primero, vemos que el lenguaje vulgar permite liberarse de las normas y expresarse más allá de las mismas. En efecto, las diferentes funciones que hemos destacado infringen las normas sociales, tanto las del discurso como las del comportamiento. En el caso de la expresión de lo tabú, la infracción es bastante obvia: los tabúes son normas sociales y lingüísticas tácitas, según las cuales algunas acciones, algunos objetos y algunas palabras no tienen cabida en el espacio público y se deben reservar para la esfera privada. El lenguaje vulgar permite sobrepasar esas normas expresando verbalmente lo que no debe existir en el espacio público. Por otro lado, la mayoría de las sociedades humanas se caracterizan también por una norma de temperancia, según la cual se considera que todos los individuos maduros son capaces de controlar sus emociones y de mantenerlas privadas. Se considera, en efecto, que las emociones dominan al individuo, y se las percibe negativamente por eso, al contrario de la razón, fomentada como principal cualidad del ser humano. Así, el lenguaje vulgar permite ir en contra de las normas sociales cuando ofrece un recurso lingüístico para expresar las emociones fuertes. Por último, la función ofensiva del lenguaje vulgar pone en peligro las buenas relaciones entre los miembros de una sociedad y, en consecuencia, la armonía y el buen funcionamiento de la misma, por lo cual va en contra de las normas sociales de convivencia.

El lenguaje vulgar aparece también como un vector de discriminaciones. Eso se ve particularmente con su función de expresión de lo tabú, puesto que los estereotipos con los que se vinculan las discriminaciones forman parte de los varios tabúes sociales, en los que se alimenta gran parte del lenguaje vulgar; sin embargo, se observa también en su función de ofensa, ya que las ofensas tienen igualmente una finalidad odiosa y malevolente. De hecho, el análisis de los términos y expresiones marcados como «vulgares» en los diccionarios de uso y en particular en el DLE muestran que el lenguaje vulgar cuenta con varias palabras peyorativas para designar a personas homosexuales (maricón, bollera, tortillera), así como con expresiones que transmiten una idea negativa de la homosexualidad, como «bajarse los pantalones», que sugiere que la sodomía es un acto que daña el honor del hombre, y que entonces altera su masculinidad. Además de discriminaciones en torno a la orientación sexual, el léxico marcado como «vulgar» puede vehicular discriminaciones misóginas. Eso está muy claro en lo relacionado con la prostitución. En efecto, existen varias palabras vulgares que designan a prostitutas (churriana, pajillera, taxi, puta) y que se emplean, por extensión, para nombrar a mujeres con una vida sexual más liberada de lo considerado como normal por la sociedad o por el propio locutor.

Estos términos son mayoritariamente femeninos en este sentido, y podemos subrayar, de hecho, que entre los equivalentes masculinos de «puta» está «hijo de puta», que hace recaer la acusación de prostitución, otra vez, sobre una mujer. Otros equivalentes pueden ser los que designan a los hombres como proxenetas, lo que podemos ver con la pareja de términos vulgares «taxi» y «taxista». Eso muestra que el lenguaje vulgar permite designar peyorativamente a las mujeres mediante su actividad sexual supuesta, lo que lo convierte también en una herramienta de control sobre el cuerpo de las mujeres y su sexualidad. En efecto, el lenguaje vulgar actúa como una presión sobre las mujeres para conformarse con la imagen tradicional de la mujer púdica que no busca seducir a los hombres ni disfruta del sexo, que reserva exclusivamente para su marido. La existencia de palabras vulgares para designar a las que no cumplen con ese tópico permite amenazar su reputación, y así su existencia social. Otras palabras marcadas como «vulgares» transmiten una ideología sexista vehiculando estereotipos misóginos. Por ejemplo, «calientapollas» designa a una persona que excita sexualmente a un hombre sin satisfacer el deseo así provocado: con este término, el hombre se presenta como el único sujeto capaz de sentir deseo sexual, y su deseo se presenta como incontrolable, de forma que no es aceptable dejarlo insatisfecho. Tal definición, de hecho, sugiere que la persona que ha excitado al hombre debe proseguir la relación hasta haberlo satisfecho y que si no lo hace sería la responsable de una eventual agresión sexual: así el lenguaje parece contribuir a la culura de la violación.

Por último, el lenguaje vulgar aparece como una herramienta de rebelión, puesto que la proporción antinormativa de sus diferentes funciones lo convierten en un recurso lingüístico importante para la afirmación de una postura rebelde que se dirige principalmente hacia las personas e instituciones que representan la autoridad social. Como hemos visto, el lenguaje vulgar permite expresar emociones fuertes y tiene también una función de ofensa: estas características justifican que constituya el registro lingüístico privilegiado para el conflicto. De hecho, está muy presente en el lenguaje de los adolescentes, cuya edad se caracteriza por la rebelión (Labajos Alonso, 1994, 178). Esa función se manifiesta también mediante el principio mismo de blasfemia, que pervierte los conceptos y objetos sagrados de la religión católica utilizándolos para jurar o insultar, y que constituye así una forma de rebelión hacia la autoridad religiosa más influyente en el mundo hispánico.

Lenguaje vulgar y subversión

Las implicaciones sociales de las funciones del lenguaje vulgar que hemos destacado nos llevan a pensar que se trata de un registro estrechamente vinculado con la idea de subversión.

Primero, es de notar que el lenguaje vulgar se evita socialmente. En efecto, existen diversas estrategias lingüísticas que cumplen con el objetivo de evitar el recurso al lenguaje vulgar. Cuando no se excluyen pura y totalmente las palabras vulgares del lenguaje del locutor, puede sustituirlas por otras, por ejemplo por eufemismos. También puede sustituirlas por términos fonológicamente próximos, una estrategia propia al caso del lenguaje vulgar. Se trata, en este segundo caso, de empezar una palabrota y de terminarla formando otra palabra, sin sentido en el contexto del discurso, pero de registro común y entonces aceptable. Algunas de estas palabras sustitutivas se han vuelto automatismos, como «miércoles» por «mierda», «ostras» por «hostia» o «jolín» por «joder», lo que demuestra que evitar el lenguaje vulgar es universal, incluso en las situaciones más comunes y cotidianas. Sin embargo, algunos grupos sociales, más sometidos a los tabúes, rechazan notablemente este registro. De acuerdo con Humberto López Morales (2005), estos grupos son las mujeres y las personas mayores. Podemos añadir a estos grupos el de los niños, que no suelen tenerse en cuenta en los estudios estadísticos, pero que suelen estar sometidos a una censura del lenguaje vulgar: generalmente se les prohíbe que digan palabrotas, y de la misma forma los adultos suelen evitarlas en su presencia. La particularidad de este grupo es que en su caso no se trata de una autocensura frente al lenguaje vulgar, sino más bien de una censura impuesta por los adultos, que los niños pueden infringir fuera de su control.

Esa tendencia de los niños a emplear el lenguaje vulgar que les está prohibido ilustra también la función de este registro como herramienta de rebelión, como ya hemos visto. En efecto, el hecho de emplear deliberadamente un lenguaje que se suele tratar de evitar en contextos públicos y formales sugiere una postura subversiva hacia las normas sociales que exigen esta censura. Así, nos parece que se puede considerar el lenguaje vulgar como un lenguaje subversivo. La propensión al empleo del lenguaje vulgar entre los jóvenes, lo demuestra, así como su uso generalizado en los grupos delincuentes y marginales. De hecho, nuestra clasificación de los términos y expresiones marcados como «vulgares» en los diccionarios de uso incluía una categoría de léxico de la delincuencia. En efecto, el lenguaje vulgar está muy presente en el lenguaje de grupos delincuentes y marginales, que evolucionan, como lo indica el adjetivo «marginal», al margen de la sociedad, porque sus actividades son generalmente ilegales. El vínculo de esos grupos con el lenguaje vulgar es tanto más importante cuanto que el lenguaje que crean siempre se considera vulgar de por sí. En efecto, como grupos marginales involucrados en actividades ilegales, los delincuentes son rechazados y despreciados por el resto de la sociedad; por otra parte, el lenguaje que utilizan es constantemente reinventado, de modo a permanecer diferente del cotidiano y propio de esos grupos, para evitar que la policía los encuentre y los detenga por sus actividades ilegales. Las palabras así creadas, cuando se extienden fuera de los grupos marginales, se conocen como suyas y entonces entran en el lenguaje vulgar, porque son las palabras de grupos subversivos despreciados y rechazados. Así, el vínculo de esos grupos con el lenguaje vulgar es muy peculiar: al contrario de los demás usuarios del lenguaje vulgar, no lo utilizan porque es vulgar, sino que crean un lenguaje que se considera vulgar porque es suyo. Ese vínculo entre grupos subversivos y lenguaje vulgar evidencia la estrecha relación que existe entre lenguaje vulgar y subversión.

4- Evolución en la consideración del lenguaje vulgar

Como hemos visto, el lenguaje vulgar está muy presente entre los jóvenes que lo utilizan como herramienta de rebelión. Esta característica del lenguaje vulgar nos lleva a plantear la cuestión lógica de la evolución de la consideración de este registro: en efecto, si las generaciones más jóvenes se apropian del lenguaje vulgar como modo de expresión de su postura subversiva, ¿no podría este registro volverse más común en la lengua cotidiana cuando estas generaciones se hayan vuelto adultas?

La encuesta de Humberto López Morales (2005) muestra en efecto que los jóvenes son los que más utilizan el lenguaje vulgar. Además, el idiolecto de cada uno está evolucionando constante y progresivamente, y no sufre nunca cambios tan abruptos y radicales como para excluir repentinamente un registro entero, por lo cual no podemos imaginar que un individuo, al entrar en la edad adulta, abandone de golpe todo su léxico vulgar. De hecho, los resultados del estudio del factor edad en la encuesta de López Morales en San Juan muestran que los adultos y los mayores también emplean, aunque mucho menos que los jóvenes, términos tabúes. A partir de estos datos, parece lógico que los jóvenes convertidos en adultos sigan utilizando el lenguaje vulgar tanto como antes, de modo que, al cabo de una generación, los adultos emplearán bastante comúnmente este registro. Como los adultos son la generación profesionalmente activa, la que participa más concretamente en la organización de la sociedad, también constituyen la generación más implicada en la determinación de las normas sociales. En consecuencia, si el lenguaje vulgar se volviera común en el sociolecto de los adultos, su uso ya no tendría nada llamativo y no sería ni rechazado, ni despreciado. De hecho, no constituiría una infracción o una superación de las normas, sino que se integraría en ellas como algo bastante usual. la conscience des registres.

Sin embargo, el lenguaje vulgar evoluciona en realidad de otra forma. Los términos ahora vulgares sí que pueden llegar a no serlo. En efecto, Ángel Chiclana (1990) habla de la posibilidad de que una palabra vulgar, por ser utilizada muy comúnmente, pierda su significado y se vuelva una expresión vacía, o sea que se desemantice. El mismo Chiclana nota que eso también puede pasar, al contrario, porque las palabras vulgares se han rechazado tanto que han desaparecido y otras más aceptables las han sustituido. En efecto, en el mismo artículo afirma lo siguiente:

Así, un objeto o concepto considerado obsceno es designado por una palabra que, naturalmente, se considera soez; entonces esta palabra es rechazada, pero como el concepto u objeto siguen existiendo, la palabra rechazada es sustituida por otra que, significando lo mismo, es considerada más limpia (Chiclana, 1990, 84).

Sin embargo, sea cual sea la razón por la que una palabra vulgar deja de serlo, eso no implica que el lenguaje vulgar esté mejor considerado, ni que haya desaparecido. Al contrario, como explica el propio Chiclana, el lenguaje vulgar y su mala consideración sobreviven a la pérdida de significado o a la desaparición del léxico vulgar. En efecto, los objetos y conceptos designados por estas palabras siguen necesitando nombre, lo que requiere la extensión de significado de palabras ya existentes o la creación de otras nuevas. Ya hemos visto que eso es lo que ocurre en el caso de que desaparezca una palabra vulgar mediante la cita anterior, que prosigue así:

Nace así el eufemismo; pero éste, a su vez, termina por ensuciarse como significante por su íntima unión con su significado y con el tiempo será rechazado igualmente, para ser sustituido por otro eufemismo, que podríamos llamar eufemismo sub dos, que más adelante tendrá que ser sustituido de nuevo, etcétera (Chiclana, 1990, 84).

En este caso, la palabra que se ha sustituido a la palabra vulgar, por designar el mismo objeto obsceno, se vuelve vulgar también. El lenguaje vulgar sobrevive entonces por la transmisión de la vulgaridad de la palabra desaparecida a la nueva a través del significado, que no deja nunca de ser considerado como obsceno. Este fenómeno se vuelve a producir cuando la nueva palabra, que se ha vuelto a su vez vulgar, también es sustituida por otra, y así sucesivamente.

Entonces, la desaparición o la desemantización de los términos vulgares no marca ni la desaparición, ni la mejor consideración del lenguaje vulgar. Otras palabras siempre se sustituyen a las palabras que ya no son vulgares y toman su sitio dentro del léxico vulgar. En realidad, no hay evolución en la consideración del lenguaje vulgar, sino en la consideración de palabras sueltas que solían formar parte del léxico vulgar. El lenguaje vulgar se queda en la consideración más baja, puesto que por definición ahí está su sitio: no hay lenguaje vulgar aceptado o no se trata de lenguaje vulgar.

Sin embargo, esta estagnación del lenguaje vulgar en el desprecio es necesaria. En efecto, la aceptación del lenguaje vulgar implicaría la pérdida de todas sus funciones. Primero, se acompañaría de la aceptación de los tabúes, que gran parte del léxico vulgar designa, que entonces ya no serían tabúes, o de la desemantización de dicha parte del léxico vulgar. El lenguaje vulgar, además, sería más común, por lo cual no molestaría tanto, lo que reduciría mucho su característica llamativa, esencial en su papel de expresión de emociones fuertes, así como su función ofensiva. Es más, en caso de que fuese aceptado y bien considerado, el lenguaje vulgar estaría integrado en las normas sociales, y por lo tanto no las podría superar. Al igual que para los tabúes, las discriminaciones contenidas en algunos términos vulgares serían más abiertamente aceptadas o, más probablemente, se desemantizarían estos términos. La pérdida, en particular, de su habilidad para llamar la atención y de su función ofensiva llevarían al lenguaje vulgar a volverse inútil en la expresión rebelde. Más adelante, deshecho de todas sus funciones y ya no evitado por nadie, el lenguaje vulgar perdería todo papel de subversión.

Conclusión

Gracias a nuestra clasificación de los términos y expresiones marcados como «vulgares» en los diccionarios de uso, hemos podido destacar tres funciones principales del lenguaje vulgar: la expresión de lo tabú, la expresión de emociones fuertes y la ofensa. Estas funciones implican otras varias características del lenguaje vulgar español en el ámbito social. Constituye primero una herramienta lingüística de superación de las normas, tanto lingüísticas como sociales, también se caracteriza como un vector importante de discriminaciones y para terminar, ofrece un modo lingüístico para expresar una postura rebelde, en particular hacia la autoridad y las normas sociales. Estas características tienden a indicar, además, un papel subversivo del lenguaje vulgar español. Hemos confirmado este papel mediante la puesta de manifiesto de la tendencia, por parte de los locutores y de determinados grupos sociales en particular, a evitar y rechazar este registro. Es más, nos hemos centrado en grupos que utilizan concretamente el lenguaje vulgar con un alcance subversivo. De esta manera hemos demostrado que el lenguaje vulgar español, en razón de todos los elementos que acabamos de retomar, constituye una herramienta lingüística de subversión importante. Por último, hemos visto que a pesar de las varias funciones sociales desempeñadas por el lenguaje vulgar y del papel subversivo que le confieren, la consideración del lenguaje vulgar no puede evolucionar, puesto que es de por sí rechazado y despreciado. Sin embargo, imaginando las consecuencias de una mejor consideración del lenguaje vulgar, nos hemos enfrentado a la paradoja que rige ontológicamente este registro: sólo puede existir si se rechaza su existencia.

Esta última característica del lenguaje vulgar lo hace necesario para la renovación léxica del español. En efecto, como hemos visto, no es poco frecuente que un término vulgar, en razón de su exclusión o, al contrario, de su desemantización por un uso demasiado común, ya no se considere como vulgar. En este caso, es sustituido por otro término que entra así en el lenguaje vulgar, porque este registro sigue siendo rechazado. De este modo, las palabras van y vienen en la categoría del lenguaje vulgar de forma mucho más rápida que para los demás registros de la lengua española. Así el lenguaje vulgar permite la rápida renovación léxica del español y contribuye a hacer de él una lengua viva.

Notas

Referencias bibliográficas

Fuentes primarias

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Pour citer cette ressource :

Yaël Fenelon, "Las funciones sociales del lenguaje vulgar", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), octobre 2023. Consulté le 21/05/2024. URL: https://cle.ens-lyon.fr/espagnol/langue/linguistique/las-funciones-sociales-del-lenguaje-vulgar