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"La violencia y la cultura" de Santiago Gamboa

Par Santiago Gamboa
Publié par Elodie Pietriga le 03/04/2020
Texto inédito escrito en el marco de las ((Assises Internationales du Roman)) organizadas en Lyon por la Villa Gillet en mayo de 2019.

 

Hace algunos años, siendo diplomático ante la Unesco, le escuché decir al delegado de Palestina la siguiente frase: “Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercer la violencia contra sí mismo”. En efecto, decía él, es muy violento darse la mano y dialogar con quien ha martirizado y herido de muerte a los míos, es violento hacerle concesiones y reconocer como igual al que ha destruido mi casa, quemado mis tierras, usurpado mis templos. Es sumamente violento, y sin embargo debe hacerse. Se debe hacer porque se ha hecho siempre y porque es lo correcto, y cuando uno sabe qué es lo correcto, lo difícil es no hacerlo; pero cada vez es como si fuera la primera, porque cada guerra, desde la más antigua, tiene un rostro distinto, una temperatura que le es propia e incluso una cierta prosodia. No todas las sociedades luchan de la misma manera y por eso cada guerra es también expresión de una forma de cultura.

 “Los animales luchan entre sí, pero no hacen la guerra”, dice Hans Magnus Enzensberger, “El ser humano es el único primate que se dedica a matar a sus congéneres de forma sistemática, a gran escala y con entusiasmo”. ¿Por qué lo hace? Hay motivos históricos: por territorios, por el control de lugares estratégicos, también por ideologías, lucha de clases, creencias religiosas o atendiendo a sentimientos de injusticia, venganza o revancha. Todo esto puede resumirse en una vieja palabra: el odio. El odio al vecino o al hermano, como en las guerras civiles, o al que es diferente, al que cree en otros dioses o vive en esa tierra que considero mía, al que tiene privilegios que yo anhelo, al que me humilla cotidianamente, al que usa el poder a su favor y en mi contra. Al que controla la economía y los medios. El odio es el más antiguo principio de las guerras porque se puede adecuar a cualquier circunstancia. Puede incluso ser, como en los grandes conflictos mundiales, un odio abstracto: a un uniforme, a una bandera o una idea; no específicamente a cada uno de los que creen en ella.

Por eso cuando el hombre mata sin sentir odio nos parece inhumano.

La historia de Occidente comienza con una larga guerra, la de Troya. O más precisamente aún: comienza con la narración de esa guerra. Por eso, basado en el origen del moderno género de la novela, el crítico George Steiner dice que sólo hay dos tipos de libros: La Ilíada y la Odisea.

Pero al ver el estado del mundo, hoy, comprendemos que la guerra de Troya no ha terminado. La violencia está siempre ahí. Está en el origen de las naciones, de las independencias en las modernas repúblicas. También en el de las religiones: la historia del cristianismo es en el fondo la historia de un crimen: una condena a muerte injusta y el recuerdo y posterior exaltación de la vida del condenado.

La guerra, siempre la guerra al principio de todo. Lo importante es lo que se hace después de ella.

Tal vez por eso Kant consideró que la paz entre los hombres no es un estado de la naturaleza, es decir que no es natural, y por lo tanto debe ser instituida. Se debe propiciar. En otras palabras, negociar. Si la paz no es un estado natural, aunque sí un fin deseado, quiere decir que es el resultado de un largo proceso de civilización, con todo lo que esto conlleva. Un niño no decide naturalmente resolver sus conflictos con el diálogo. Civilizar o educar a ese niño es depositar en él una serie de contenidos que la humanidad, a través de una larga historia de desastres y oprobios, considera que son razonables para la vida en común. La violencia, en cambio, es una pulsión muy profunda que conecta a ese mismo niño con los gritos de los primeros hombres; con el instinto defensivo, reaccionario y conservador de la especie. Por eso es mucho más fácil ser violento que pacífico, y por eso el llamado del odio y de la guerra, en política, hace rugir a las masas, y es más conveniente que la mesura y el diálogo.

En este punto específico, y atendiendo al mundo tal como es hoy, me atrevería a contradecir a Rousseau: no, el hombre no nace bueno y la sociedad lo corrompe. Es al revés: el hombre es un ser violento y egoísta y la sociedad lo educa, lo incorpora a la civilización para que pueda convivir en paz con otros hombres.

Es la civilización opuesta a la barbarie.

¿Y dónde han estado los artistas? Siempre cerca del palacio, pues, a pesar de que su arte se consideraba inútil para la administración y el manejo del reino, sí era importante para el rey, que sabía o intuía el extraño poder de las ficciones, con la presunción de que en ellas estaba decidida otra suerte que no era presente, sino que tenía que ver con la posteridad, con esa otra obsesión del poder que consiste en labrar una imagen para la memoria. Las artes, además, daban al rey sosiego y alimentaban su espíritu, pues ya desde entonces se presumía de la existencia de otro tipo de nobleza que era importante adquirir y que no era material, que no dependía del oro ni de las victorias militares.

El artista creció cerca del poder, a veces como bufón y a veces como sabio, pero fue respetado por esa extraña y misteriosa relación que los demás presumían o intuían que tenía con el porvenir.

A finales del siglo XVIII el arte empezó a convertirse en una actividad comercial y salió del palacio. Se fue a los bares, a los burdeles, a los barrios bajos. Empezó a construir otra realidad para atenuar las carencias del mundo. Se hizo moderno. Cuando el arte dejó de ser celebratorio de reyes y papas, se alejó de la guerra y empezó a mirar la naturaleza, al ser humano. La paz llegó a los lienzos. El arte empezó a celebrar la vida y la belleza, de un lado, y a interesarse por los grandes dramas de la condición humana: la finitud, la soledad, el desamparo.

La literatura ha estado siempre ahí.

Escribió la memoria de las gestas humanas, sus contradicciones y crueldades, y gracias a eso hoy podemos revivirlas e incorporarlas a nuestro imaginario. La literatura nos permite ir allá donde nunca fuimos, estar en batallas colosales, ser el héroe que levanta la espada y al mismo tiempo el soldado que recibe el golpe. Nos permite alcanzar lo sublime, que en términos de Kant es la “contemplación de lo terrible, pero desde un lugar seguro”. Por eso la guerra es usada frecuentemente como metáfora de la vida. Y quienes escriben sobre la guerra acaban con frecuencia, y de forma involuntaria, haciendo profundas reflexiones sobre la condición humana. Es por esto que los grandes conflictos, a través de la cultura, se transforman en conocimiento, y ese conocimiento y las convicciones inamovibles a las que una sociedad llega gracias a él, son tal vez la única posible retribución que se obtiene después de la gran derrota que supone cualquier guerra.

Porque las guerras no se ganan ni se pierden, sólo se sufren. Y todo el que ha estado en una guerra, así salga ileso, es un herido de guerra.

Hace algunos años, en una entrevista, el escritor israelí Amos Oz decía que en el manejo de conflictos como el de Oriente Medio solían oponerse dos visiones literarias: de un lado la justicia poética al estilo de Shakespeare, en donde nadie transige, en donde los principios y el honor prevalecen por encima de todo, incluso sobre la vida, y al final se recupera la dignidad, pero con un inconveniente, y es que el escenario queda cubierto de sangre y todos están muertos. Dignos pero muertos, como ocurre en Hamlet, Timón de Atenas o Macbeth. Del otro lado encontramos la triste e imperfecta justicia humana de Chejov, con personajes que discuten sus desacuerdos, los resuelven y al final regresan a sus casas bastante frustrados. En El tío Vania, Astrov le pide a Vania que le devuelva un frasco de cicuta para suicidarse, y Vania le recomienda que vaya al bosque y se pegue un tiro; al final hacen las paces. Se odian, claro que sí, porque se han provocado heridas que no cicatrizarán en mucho tiempo. Pero llegaron a un acuerdo. Por eso regresan cabizbajos a sus casas, pateando alguna piedra por el camino y murmurando esas frases que nunca llegan a tiempo en las discusiones. Regresan frustrados, sí, pero regresan vivos.

Esa es la gran diferencia entre los dramas de Chejov y los de Shakespeare. En los de Chejov la vida, aún contradictoria y violenta, sigue adelante.

 

 

Pour citer cette ressource :

Santiago Gamboa, ""La violencia y la cultura" de Santiago Gamboa", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), avril 2020. Consulté le 21/10/2020. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/textes-inedits/la-violencia-y-la-cultura-de-santiago-gamboa