Vous êtes ici : Accueil / Littérature / Entretiens et textes inédits / Entretiens / Entrevista a Santiago Gamboa

Entrevista a Santiago Gamboa

Par David Crémaux-Bouche : Agrégé d'espagnol - ENS de Lyon
Publié par Elodie Pietriga le 13/01/2021
Entrevista con el escritor colombiano Santiago Gamboa a propósito de sus últimas novelas y de su vuelta a Colombia después de varios años en Francia.

 

Santiago Gamboa

Presentación del autor y contexto de la entrevista

Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es un escritor, filólogo, diplomático, columnista, corresponsal y periodista colombiano. Realizó estudios de Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá y en la Universidad Complutense de Madrid donde obtuvo el título de licenciado en Filología Hispánica. Entre 1990 y 1997 residió en París y cursó un doctorado sobre literatura cubana en la Universidad de la Sorbona. También, durante su estancia en París, empezó a trabajar como periodista en el servicio “América Latina” de Radio France International (RFI). Luego, fue nombrado corresponsal del periódico colombiano El Tiempo en la capital francesa. Regresó a Colombia en 2015.

Su primera novela, Páginas de vuelta (1995), fue considerada por la crítica como el resurgimiento de la novela urbana colombiana. Desde entonces, no ha dejado de cosechar éxitos de venta y de crítica, entre los que se destacan sus obras Perder es cuestión de método (1997), El síndrome de Ulises (2005), Plegarias nocturnas (2012), La guerra y la paz (2014), Volver al oscuro valle (2016). Hay que recalcar la sutileza del humor y del diálogo en sus novelas con tramas policiacas.

Quisiera recordar cómo se realizó dicha entrevista. Una primera entrevista, en el marco de las Assises Internationales du Roman (AIR 2019), se realizó el 23 de mayo de 2019 en el hotel del escritor, en Lyon. A causa de problemas técnicos en cuanto a la grabación que impidieron la conservación de la entrevista, el autor colombiano Santiago Gamboa aceptó, muy amablemente, concedernos otra entrevista que tuvo lugar el 11 de mayo de 2020 durante el confinamiento y la pandemia de Coronavirus: se hizo entonces a distancia por Skype. Agradecemos de nuevo a Santiago Gamboa su comprensión, generosidad y amabilidad. La entrevista fue consagrada a las obras previamente mencionadas.

La entrevista

David CRÉMAUX-BOUCHE : En 2005 en El Síndrome de Ulises, usted habló de inmigrantes que venían a Europa. ¿Por qué, en 2016, escribir  una novela, Volver al oscuro valle, sobre los que huyen de Europa? ¿Estamos ante El Síndrome de Rimbaud ((Con esta expresión, nos referimos al hecho de que Rimbaud, según Gamboa, puede ser el símbolo del viajero del siglo XX, partiendo de la obra Volver al oscuro valle en que el poeta francés es el protagonista. El viaje de Rimbaud sería un viaje para encontrarse, para encontrar trabajo o dinero y esto es lo que rompe con los viajes de sus contemporáneos como Flaubert, es decir, en suma, un viaje para ganarse la vida.)) por así decirlo con lo que está pasando hoy?

Santiago GAMBOA : Sí, podría haber un “Síndrome de Rimbaud”. Lo que en ese momento yo observé, tenía que ver con mi propia experiencia del 2015 que fue el regreso a Colombia después de 30 años de vivir en Europa. En muchas comunidades inmigrantes, había una crisis muy grande en España. Claro, ahora todo esto nos parece una tontería con respecto a lo que estamos viviendo hoy ((Recordamos que esa entrevista se realizó el 11 de mayo de 2020, es decir en pleno periodo de confinamiento a causa del coronavirus.)). Pero, digamos que, en ese momento, los inmigrantes latinoamericanos que estaban en Europa empezaron a darse cuenta de que estaban perdiendo lo que habían tenido. Cuando yo publiqué mi novela en el 2005, en realidad me refería a hechos que yo viví en torno a 1990, o sea cuando llegaban y llegaban inmigrantes que provenían sobre todo de regiones económicas muy deprimidas de América Latina. En el caso de Colombia, venían también escapando de la violencia, de las bombas y de los carros bombas que había en Bogotá en el contexto de la lucha contra Pablo Escobar. Escapaban de la violencia en el campo porque se había recrudecido la lucha contra la guerrilla: el narcotráfico estaba empezando a involucrarse en la vida de los grupos guerrilleros y entonces los guerrilleros se enfrentaban con los grupos de narcotraficantes. El paramilitarismo comenzaba con mucha fuerza: había mucha gente desplazada por la violencia y todo esto se veía reflejado en el aumento de la inmigración.

En el caso de Colombia, concretamente, cuando yo regresé en 2015, estaba en la fase final del proceso de paz. Entonces, los colombianos, que estaban por ejemplo en España, con la crisis inmobiliaria, habían perdido sus casas y ya no tenían trabajo porque muchos de ellos eran trabajadores informales. Otros eran trabajadores con los papeles en regla y con pequeños trabajos que la crisis económica destruyó. Todos ellos se dieron cuenta de que habían perdido todo lo que habían construido durante 15 o 20 años. Sin embargo, en ese momento en Colombia había la esperanza de un proyecto de paz y de una vida mejor. En otros sitios, como en Francia, empezó la violencia terrorista. En realidad, esta última siempre ha existido, pero por aquel entonces iba en aumento  y mucha gente, ante la inseguridad económica y el resurgir de la violencia, pensó  que tal vez sería mejor regresar. Así pues, hubo muchos regresos porque la situación cambió.

En mi caso fue más bien por decisiones familiares, pero cuando empecé a plantearme regresar, me di cuenta de que había mucha gente que estaba volviendo: los aeropuertos estaban llenos de gente,  llenos de familiares esperando a personas que regresaban para siempre. Y estas personas eran las mismas que habían emigrado a finales de los ochenta y a principios de los noventa, y ahora regresaban un poco derrotados: los que se fueron eran el tema de mi novela El Síndrome de Ulises, y los que regresaron fueron el argumento de mi novela Volver al oscuro valle. Mis novelas también tienen que ver con mis propios movimientos: yo me fui a Europa en el año 1985, para Francia en el año 1990. En el año 1985, mi viaje fue muy poco asimilable a una experiencia de emigración porque yo emigraba como estudiante becario, con lo cual tenía una situación muy privilegiada. Pero fue después, en el año 1990, rumbo a París, cuando tuve que comenzar a vivir sin nada, sin ninguna ayuda, cuando conocí muy a fondo ese mundo.

Así nos habló usted de su salida de Colombia hace años, y hoy usted hace una novela sobre su vuelta a Colombia. Además, con el recurso a personajes viajeros como el cónsul o a lugares como los hoteles que desempeñan un papel central en la novela; ¿podríamos ver una base autobiográfica en su obra?

Sí, yo siempre he utilizado lo biográfico como una especie de base a partir de la cual puedo trabajar imaginación o ficción: me gusta que exista una base de algo que yo conozco por haberlo vivido. Para mí, la credibilidad es algo muy importante: un libro puede ser muchas cosas, pero tiene que ser creíble. La construcción de lo persuasivo, de la persuasión, es la base de toda lectura. Si el lector deja de creer, entonces ya no importa lo que le estés contando, el lector se va. Me parece que, como escritor, yo no soy una persona que indague mucho, que haga muchas investigaciones. Hay un tipo de escritor diferente, por ejemplo, Mario Vargas Llosa que es el que más representa esto, que decide hacer una novela cuyo protagonista es … (piensa) bueno no sé, un panadero austríaco, por ejemplo. Entonces lo que hace es dedicarse durante un año a estudiar la psicología de un panadero austríaco para después ponerse a escribir la novela de  ese panadero austriaco.

Yo nunca he funcionado así. No me parece inclusive que esto tenga interés alguno, desde el punto de vista de mi escritura. Me interesa leerlo en los que lo hacen bien. Entonces por eso mismo, porque no estoy dado a ese tipo de investigaciones, siempre prefiero utilizar como base a personajes que tengan actividades y vivan o hayan vivido cosas que no conozco. Ésa sería la base autobiográfica, pero no es porque yo consideré que mi vida pueda tener algún valor: su único valor es el de permitirme construir una base que haga que los libros sean creíbles y persuasivos.

En su obra, a veces estamos ante situaciones insoportables, como la escena de violación de Vanesa por su padrastro que es bastante fuerte o la pelea entre el cónsul y el profesor de la facultad, que el lenguaje coloquial refuerza o prolonga. ¿Por qué presentarnos esto?

Todas las cosas que pasan en las novelas no me han pasado a mí. La base de la novela está en los personajes centrales y en sus vidas y eso sí es algo que yo puedo conocer. Luego hay una cantidad de historias pequeñas que ya son, digamos, de ficción: por ejemplo, las historias que tienen que ver con el personaje argentino, las historias que tienen que ver en Volver al oscuro valle con otros personajes pero que no son la base central de la novela. Pues ahí sí opera la ficción. No necesito investigar durante un año en una biblioteca para saber lo que siente una mujer cuando tiene en la memoria el recuerdo de una violación de niña. Eso es algo que, por pura intuición, por conocimiento humano y también por haber vivido y convivido con mujeres y haberles conocido sus historias, puedo representar de una manera relativamente creíble.

¿Cree usted que el contexto violento provoca tales actos porque, como dijo usted en La guerra y la paz en Colombia, “nuestra forma de ser humanos es esencialmente la misma que en otras latitudes” ((Santiago Gamboa, La guerra y la paz, Debate, 2017, p.197.))?

La violencia está en la experiencia de cualquier persona, así sea del país que sea. Es decir, en Noruega, lo más violento que sucedió en los últimos 50 años fue un asesinato en masa de un joven fascista ((Se trata de Fjotolf Hansen conocido también por el seudónimo Andrew Berwick (en castellano: Andrés Breivik). Es un terrorista noruego,​ autor de los atentados del  22 de julio de 2011 durante los cuales mató a ocho personas por la detonación de un coche bomba en medio de Regjeringskvartalet en Oslo, y posteriormente cometió un tiroteo en el campamento de verano de la Liga de la Juventud (AUF) en la isla de Utøya asesinando a 69 adolescentes participantes.)) que mató a cerca de 65 jóvenes social demócratas durante una reunión. Es tremendo. Aquí en Colombia, no tengo el recuerdo de que una sola persona en una acción como esa haya cometido un crimen de esas magnitudes, o también en los crímenes que suceden en Estados Unidos: esas son personas un poco enajenadas que agarran y asesinan a 30 personas en un día. La violencia en Colombia es diferente, es terrible y produce muchísimas muertes, pero está basada y opera en un modo completamente distinto. Entonces, cualquier persona en el mundo, venga de donde venga, tiene una experiencia terrible de la violencia por su propia nación: por ejemplo, un japonés tiene en la memoria los atentados en el metro con gas sarín ((Se refiere Santiago Gamboa al atentado con gas sarín del 20 de marzo de 1995 perpetrado por miembros de la secta Aum Shinrikyo en el metro de Tokyo. Hubo 13 muertos y más de 6.300 heridos.)), un francés tiene en la memoria los atentados terroristas del Bataclan ((Alude a los atentados del 13 de noviembre de 2015 reivindicados por el Estado islámico. Recordemos que un primer ataque tuvo lugar en Saint-Denis, cerca del Estadio de Francia, otros ataques tuvieron lugar después en las calles de París. El ataque más largo y mortífero fue el del Bataclán con 90 muertos y centenas de heridos.)) y de ese día terrible de sangre en París, o de los atentados en Niza; una persona que vive en España tiene los recuerdos de los atentados de Atocha ((Se trata de los atentados del 11 de marzo de 2004 perpetrados por Al-Qaeda en la estación de Atocha en Madrid durante los cuales murieron 200 personas y 1900 resultaron heridas tras la explosión de varias bombas. ))… Uno es mucho más sensible a la violencia de los países que a uno le importan más: yo soy colombiano y la violencia de Colombia me influencia muchísimo más que la violencia contra la población tamil en Sri Lanka, aunque por supuesto también soy sensible a esto, pero me impresiona menos e influye sobre mí mucho menos que la violencia de mi propio país. La violencia en México también me toca muchísimo porque es una violencia muy cercana a la colombiana operada también por el narcotráfico, por la cercanía de la frontera, por las mafias y los cárteles de la droga mejicanos… En fin, cada país tiene una vivencia: lo que yo digo es que la violencia no es el invento de una sola región.

Cuando se dice que Colombia tiene una cultura de la violencia, en realidad se puede decir de cualquier país del mundo: así hace 65 años, en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, hubo combates y crímenes contra la humanidad infinitos. Es decir que con los muertos de la Segunda Guerra Mundial se podría hacer un país de 50 millones de habitantes. Nosotros en Colombia no somos los que hemos inventado la violencia: la violencia es una forma de cultura. La violencia viene existiendo prácticamente desde el origen de la cultura occidental: son dos libros, La Ilíada y La Odisea. Para empezar, la Ilíada es la historia de una guerra, es decir que la guerra forma parte de la cultura, la guerra está en la formación de las naciones. Francia tiene como canto y como libro de su identidad La Chanson de Roland y Roland era un militar que cantaba las guerras, la muerte y la defensa de un territorio contra un invasor. Es lo mismo con El Cid Campeador en España, Siegfried en Alemania, pero lo que pasa es que ahí el enemigo es metafórico, ya que se transforma en un dragón, pero es lo mismo: son guerras, es muerte. Ningún país es propietario de la violencia: la violencia es inherente al ser humano, es una parte de su cultura, de su forma de expresarse desafortunadamente y siempre ha sido así a lo largo de la Historia. Lo que pasa es que la violencia adopta formas diferentes en cada región, de acuerdo con las necesidades y de acuerdo con lo que propicia y genera esa violencia. La violencia de orden territorial no es la misma que la de la Segunda Guerra Mundial en Europa ya que la primera es una violencia territorial y política: lo político no fue lo que causó la guerra. Si Hitler se hubiera quedado dentro de las fronteras de Alemania, nunca hubiera habido guerra y tal vez el holocausto no hubiera intervenido, pero el problema y la guerra comienzan cuando Hitler comienza a invadir países vecinos: es un problema político que se expresa territorialmente. Las guerras de América Latina durante los años 1960 y 1970 eran guerras también políticas, eran guerrillas, eran luchas de clases, eran rebeliones armadas. Después apareció el narcotráfico, que es una cuestión eminentemente económica pero que también tiene que ver con el hecho de que, en América Latina, hay sociedades económicamente muy estáticas con mucha gente pobre, muchas desigualdades y con gran falta de oportunidades. Y así es como el narcotráfico se transforma en una experiencia increíble de ascenso social: funciona muy bien porque hay mucha gente pobre que no tiene más posibilidad que ir y sumarse a esa actividad. Es tal vez la única experiencia de ascenso social, de cambio, de movilidad social, que ha habido en Colombia por lo menos durante dos siglos. Entonces, cada uno tiene una expresión violenta. En el Cono Sur durante las dictaduras, la expresión violenta también era política: que alguien fuera comunista era suficiente motivo para que se lo matara, como sucedió en otras épocas de la historia en otros países. Así, todas las violencias tienen un motivo, una explicación, un origen: a uno siempre le molesta la propia y a veces considera que son bárbaras las ajenas. Pero todas las violencias llegan a lo mismo: un cadáver en el suelo y mucha sangre.

¿A su parecer, la literatura colombiana habría de enfrentarse directamente con el problema de las FARC adoptando el método seguido por Héctor Abad en El olvido que seremos, indagando en los orígenes de la violencia al igual que Juan Gabriel Vázquez en El ruido de las cosas al caer, o bien ahondando al mismo tiempo en el contexto global y en el  colombiano como lo hace usted?

No estoy de acuerdo con lo que acabas de decir, yo no creo que las FARC tengan nada que ver con El olvido que seremos porque el crimen del padre de Héctor Abad es de los paramilitares y tampoco en el libro de Juan Gabriel se trata de los orígenes de la violencia, sino que trata del narcotráfico en los años 1990 en Colombia. El origen de la violencia en Colombia está en los años 1950 y 1960 en la desigualdad y otras cosas. Ahí lo que Juan Gabriel cuenta es una consecuencia, una manifestación de la violencia.

La literatura intenta explorar los motivos a través de las historias humanas. Yo no creo que la literatura deba regirse por un criterio sociológico: uno escribe lo que necesita escribir y no tiene la obligación de explicarlo. Del mismo modo que un escritor francés no tiene la obligación de explicarme a mí, lector de Colombia, la sociedad francesa del siglo XXI. Hay unos como Houellebecq en que se ve bien y otros en que se ve poco: depende de los intereses de cada escritor. Cada escritor escribe con cierta libertad. Aquí en América Latina, el escritor utiliza los temas que tiene alrededor y por eso los temas importantes son los relacionados con la violencia. Pero si te pones a leer la obra de Houellebecq, ahí también hay violencia, pero es la violencia que está en torno a él, es la violencia terrorista que es también la violencia silenciosa de la frialdad de las relaciones humanas. Héctor Abad y Juan Gabriel Vásquez sencillamente hablan de las violencias que les tocó vivir y que conocen y la utilizan literariamente. Pero hay otras obras de Juan Gabriel, como Historia secreta de Costaguana o de Héctor Abad, que hablan de otras cosas totalmente diferentes. O sea que no creo que haya un proyecto literario en la literatura colombiana específico que trate de desentrañar la violencia, sino que cada persona utiliza la violencia en dosis que considera necesarias para darles un espesor o para darles lo que quiera a sus libros.

En su ensayo La guerra y la paz, usted habló de la paz como de la “suprema dignidad” ((Op. cit. p.209.))  y luego usted dice “hablar de paz con dignidad, en la realidad, es un absoluto disparate” ((Ibid, 2017, p.210.))¿Podría hablarnos de la relación que ve entre paz, dignidad, memoria, olvido y perdón que desarrolla muy bien en su ensayo?

Uno de los argumentos de la ultraderecha colombiana para oponerse al proceso de paz era justamente ese: la dignidad. Ellos consideraban que era imposible hacer un proceso de paz con alguien que hubiera cometido crímenes. Pero, el problema es que uno no hace la paz con los amigos, sino que la hace con los enemigos. Entonces, la derecha colombiana decía que como los guerrilleros habían cometido crímenes, moralmente no se podía hacer un proceso de paz, porque esto iría en contra de la dignidad colombiana. Es un poco el estilo de Shakespeare: toda dignidad debe ser restituida y el modo de restituirla es casi siempre el de la muerte. Es matando o siendo asesinado o suicidándose. Pero hay una forma de obtener la paz a través de la negociación, aunque las negociaciones siempre sean imperfectas. Cuando uno negocia con el enemigo, uno siempre tiene la sensación de que está cometiendo un sacrilegio porque, en cierto modo, está reconociendo al enemigo, a la persona que le hizo daño, que mató a su gente, que le hizo sufrir. Pero cuando ninguno de los bandos puede ganar la guerra, entonces lo que se convierte en una prioridad , es acabar con la guerra. Porque no hay nada más tonto que una guerra que ninguno puede ganar porque en las guerras se sufre, no solo se gana o se pierde, sino que todo el mundo sufre cuando son guerras civiles, como la de Colombia. Entonces, son dos ejércitos que provienen del mismo país, es decir la misma juventud pobre, con los campesinos, los indígenas, que son los que alimentan a los ejércitos. El ejército nacional se alimenta sobre todo de gente pobre, campesina y la guerrilla también:  el ejército no está compuesto por jóvenes universitarios de Bogotá o de Medellín, sino que por gente muy pobre que por lo general ha sido reclutada por fuerza. El paramilitarismo también está hecho de la misma gente indígena y afro. Hay familias en el país que tienen unos hijos en la guerrilla, otros en el ejército y otros en el paramilitarismo y todos son parientes. Los que sí son universitarios y los que sí tienen formación son los jefes o los ideólogos que les apoyan: por eso, lo que me pareció siempre lo más importante para la población colombiana de base, para la gente pobre, era acabar con la guerra. Porque los que se matan en las guerras son los pobres: los hijos de las personas que apoyan la guerra en nombre de la dignidad, no están luchando, sino que están estudiando en las universidades de Estados Unidos o en las universidades europeas. Sus hijos no están en la guerra, por eso ellos pueden, en las ciudades tranquilamente, hablar de dignidad y oponerse a la paz. Entonces, por eso me parece a mí que esta idea de paz y de dignidad hizo y sigue haciendo mucho daño en Colombia.

Lo que se desprende de su novela es una forma de tristeza: tristeza en el viaje, tristeza en la vida (Araceli y su marido que se va con otra mujer joven, la tristeza de Rimbaud con Izambard). ¿Usted intenta hacernos sentir lo que pasa en Colombia o hay otra perspectiva? ¿Y a propósito de esta tristeza, no subyace en su obra una fuerte  inspiración en el filósofo francés Emile Cioran en cuanto al pesimismo?

No, yo siempre he tenido predilección por personajes solitarios, un poco tristes. Son personas que tienen problemas, que tienen la necesidad de comprender algo para poder seguir adelante. No sé por qué, alguien tendría que hacer un estudio literario para ver qué relación tiene con la psicología. Pero yo no puedo decir por qué esos personajes y no otros. Pero sé que los personajes, digamos con vidas normales, de clase media alta y educada, con un buen trabajo y sus propios problemas, pues a mí, esos personajes me cuestan muchísimo trabajo y no los uso nunca: no me interesan literariamente. Los personajes que a mí me interesan, son personajes que están un poco como al borde del abismo y que intentan con todas sus fuerzas ser diferentes y no caer en el abismo. Pero decirte por qué lo hago, no sería literatura, sino psicología.

En cuanto a Ciorán, más que inspiración, yo diría influencia. Cioran es un autor muy importante para mí, he leído casi toda su obra: en mi biblioteca, está muy presente. Lo he leído en diferentes momentos de la vida, y me parece que es uno de los grandes, no sólo pesimistas, sino también pensadores: leer la historia y leer a los demás filósofos a través de Ciorán es muy interesante. Me gusta su mirada sobre otros autores como Condorcet ((Gamboa se refiere a Nicolas de Condorcet, matemático, filósofo, hombre político y editor francés, que fue uno de los representantes de la Ilustración francesa (“Les Lumières”). Es famoso por sus trabajos pioneros sobre la estadística y las probabilidades, pero también por su análisis de los modos de sufragio posibles (“la paradoja de Condorcet”), por sus escritos filosóficos como el citado Gamboa a continuación y por su refundación del sistema educativo y del derecho penal en Francia.)): se burla de él, dice que escribió “la Biblia del optimismo” en su Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain (1795) y que fue un optimista que acabó siendo denunciado por un bodeguero y que se suicidó en la cárcel. A Ciorán le da risa pensar que un optimista en el género humano termine traicionado y suicidándose: es una mirada muy cínica y brutal sobre el mundo.

Usted retoma figuras como la del cónsul o la de Juana y temas como el del viaje o el del regreso que ya ha esbozado en otras novelas como Plegarias nocturnas: ¿Quiso hacer una suerte de crónica de lo que pasó en Colombia y en el mundo en distintos momentos con los mismos personajes para mostrar el cambio acaecido? Es decir, ¿mostrar el paso del tiempo en el mundo?

No, no hay finalidad específica. Me pareció que eran personajes que todavía tenían una relación viva conmigo mientras que a veces unos de mis personajes terminan con el libro: cuando termino de escribir el libro, termina ese personaje. Yo lo veo así. Es el caso por ejemplo de muchos de los personajes del Síndrome de Ulíses, hombres y mujeres: me parece que nunca volví a sentir sus presencias. En cambio, en cuanto a los personajes de Plegarias nocturnas, Juana y el cónsul, sí que sentí que todavía estaban allí, que todavía estaban queriendo decir algo. Por eso, escribí Volver al oscuro valle, aunque no inmediatamente: lo que pasa es que ese libro todavía no se ha publicado en Francia pero va a publicarse pronto. Entre Plegarias nocturnas (2012) y Volver al oscuro valle (2016), escribí dos o tres libros: primero Océanos de arena: diario de viaje por Oriente Medio (2013) que es un libro de viajes sobre el Medio Oriente, después en el mismo año publiqué el ensayo La guerra y la paz (2014) que has mencionado, y finalmente en octubre de ese mismo año, publiqué una novela breve, titulada Una casa en Bogotá (2014), que es una especie de juego literario al estilo de Georges Perec ((Georges Perec es un escritor francés que fue miembro del OULIPO (Ouvroir de Littérature Potentielle), grupo de literatos que escribían  sus obras imponiéndose reglas que podían ser formales, literarias o matemáticas. Por ejemplo, su novela La Disparition (1969) no comporta ninguna vocal “e”. )). Ahí fue cuando me planteé la idea del regreso, cuando tuve la sensación de que esa historia la podía contar con los personajes de Plegarias Nocturnas, con los que habían sobrevivido claro. Así pues, no, no hay motivo.

Notas

Pour citer cette ressource :

David Crémaux-Bouche, "Entrevista a Santiago Gamboa", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), janvier 2021. Consulté le 13/04/2021. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/entretiens/entrevista-a-santiago-gamboa