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Instrucciones para creer en crear (un collage)

Par Rodrigo Fresán
Publié par Elodie Pietriga le 13/12/2019
Texto inédito escrito en el marco de las ((Assises Internationales du Roman)) organizadas en Lyon por la Villa Gillet en mayo de 2019.

 

La reflexión a pedido de segundos y terceros acerca del cómo creo (o acerca de lo que creo del crear) siempre me produce una rara inquietud.

  ¿De verdad quiero saberlo?

  ¿Me sería útil para algo?

  ¿Tendría algún sentido pensar o creerme que de verdad tengo algo cierto --alguna certeza-- que decir al respecto?

  Alguna vez escribí que los lectores son como ese público de espectáculos de magia que llega allí con dos actitudes muy diferentes: están los que quieren descubrir cómo funciona el truco y están los que se rinden sin esfuerzo alguno a la ilusión. Podría jurar que los últimos la pasan mejor que los primeros.

  El mismo principio, pienso, es trasladable a los escritores. 

  Escribiendo --metiéndose en un tumulto de dobles fondos y puertas trampa para acabar saliéndose con la suya-- se es mitad ilusionista experto y mitad expuesto ilusionado ofreciéndose como voluntario para encerrarse en un gabinete atravesado por sables, o flotar, o desvanecerse. Irse a escribir --irse a todas partes pero, mágicamente, sin moverse de su escritorio-- era la más cabal y precisa puesta en práctica de estar desaparecido en acción y, a la vez, de ejecutar gran prestidigitación: porque al escribir se desilusiona a los seres queridos y se ilusiona a los desconocidos que quieren. Y --a diferencia de lo que ocurre con los magos profesionales-- no se habla mucho para distraer y no se cuenta con una hermosa ayudante para distraer aún más. No: escribiendo se trabaja a solas y en la oscuridad y en la locura del arte y se hace lo que se puede y se entrega lo que se tiene y la duda como pasión y la pasión como trabajo y todo eso.

  De ahí que yo me siente a escribir sin saber demasiado y teniendo siempre muy presente aquel magistral ensayo de Donald Barthelme, publicado en 1987, y al que tantas veces he releído: Not-Knowing. Allí Barthelme postula todo el proceso de la escritura como un constante y sabio no saber hasta que se iba sabiendo a medida que se escribía y con el escritor convertido en "una especie de pararrayos atrayendo una acumulación de perturbaciones atmosféricas, un San Sebastián absorbiendo en su pecho desgarrado las flechas del zeitgeist". Eso que mucho antes pero ya en absoluta sincronía John Keats había definido como "capacidad negativa".

  Alcanzar el knowing a través del not-knowing.

  Y el método --en lo que a mí respecta-- es un poco parecido al de la inexacta pero precisa ciencia del collage.

  El collage que, otra vez, para Donald Barthelme (quien consideraba al Rubber cement "la invención más genial jamás iluminada por el ser humano en toda su historia" y quien escribió varios cuentos a base de pegar pedazos de figuras diferentes y en uno de ellos se lee eso de "Los fragmentos son el único formato en el que confío") era "el principio central de toda forma artística en cualquier forma en todo el siglo XX", "cuya función era la de alcanzar una nueva realidad" a partir de elementos dispersos consiguiendo, si tiene y se tiene éxito, ser algo en sí mismo: "An Itself". Una representación cabal de "la ansiedad como principio central de toda forma artística, etc., etc.", para así acabar asumiendo que "El objetivo de toda literatura es la creación de un extraño objeto cubierto con piel que te rompa el corazón".

  Collage es, sí la palabra mágica y la contraseña y el Córtate, Sésamo y el Pegacadabra.

  El collage que, en mi infancia escolar, era una autorización a romper con todo, un vale todo como premio.

  En el collage todos son hijos dilectos del caos que precede a la inauguración de un nuevo mundo y propio y personal y pegaban y unían los fragmentos presionando sobre una cartulina con la yema de los dedos.

  El collage es hacer pedazos algo ajeno (y, en ocasiones, arrancarle fragmentos y epígrafes y citas a ciegas o a reconocer cuando se las veía).

  El collage es hacer algo propio a partir de pedazos de otros.

  El collage es destruir creando.

  El collage es fusionar: verbo tan sci-fi en esos tiempos de mi niñez en los que la idea del futuro todavía existía como algo autónomo e inalcanzable y no había sido, sí, fusionado por/con un presente que ya era futurista en una especie de collage atemporal donde también cabía lo retro y lo vintage pero siempre como recortes  del aquí y del ahora.

   El collage que eran los libros mixtos y simultáneos de los tralfamadorianos en Slaughterhouse-Five de Kurt Vonnegut, novela de la que siempre cito un párrafo que yo podría presentar como estética y credo: "Los libros de ellos eran cosas pequeñas. Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos era un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe una relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro, ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo".

  El collage que es la abolición de lo histórico y que --aunque originalmente fuese Made in China milenaria-- es el pariente moderno y francés del cut-up (¡Brion Gysin y William S. Burroughs!).

  El collage que ha sido, a principios del siglo pasado, el modus operandi favorecido por los surrealistas pero que a mí, en verdad, siempre me pareció la mejor representación posible de una realidad fragmentada como la de hoy: sin tiempo y en cualquier espacio.

  El collage que a mí siempre se me hizo hiperrealista.

  El collage que fue la técnica utilizada por The Beatles para las portadas de Revolver y Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band y para el póster interno con fotos sueltas y letras dispersas de The Beatles y para grabar/armar canciones-en-fragmentos como "A Day in the Life" y "You Know My Name" y "Happiness is a Warm Gun" y "Revolution 9" y buena parte del lado B de Abbey Road. Y, ah, todas esas voces y ruidos y ladridos y risas y despertadores y, argh, todas esas malditas conversaciones telefónicas en los discos de Pink Floyd. Y todas esas referencias ajenas en esas letras que sólo puede firmar Bob Dylan.

  El collage en todas esas películas (en especial en 2001: A Space Odyssey, que era un collage en sí misma: tres partes).

  El collage en el pop art (¡Robert Rauschenberg!)

  El collage que, finalmente, es la manera y el estilo en los que trabaja la memoria: esa forma primera de la escritura. Descubriendo, en perspectiva y mirando hacia atrás, todas esas conexiones y líneas. Uniendo a un fragmento con otro en los que no se había reparado al unir los diferentes pedazos hasta comprender que la memoria, después de todo, es la experiencia, y lo importante no es lo que le pasa a uno sino lo que uno hace con lo que le pasa.

  Y lo que escribe que pasará con todo aquello que ya pasó pero sigue ahí, pegado, para siempre y --si hay suerte-- consiguiendo que la gente se pregunte no cómo se hizo sino respondiéndose que es una suerte que alguien, no importa cómo, lo haya hecho.

  Y luego decirse a sí mismo --me lo digo ahora-- que, por suerte, mañana pensaré algo completamente diferente en cuanto a lo que creo acerca de lo que creo.

  Así, a seguir creyendo en seguir creando.

 

 

Pour citer cette ressource :

Rodrigo Fresán, "Instrucciones para creer en crear (un collage)", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), décembre 2019. Consulté le 02/04/2020. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/textes-inedits/instrucciones-para-creer-en-crear-un-collage

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