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Los relatos de Ednodio Quintero: el edificio de la ficción

Par Carmen Ruiz Barrionuevo
Publié par Christine Bini le 05/01/2010

Carmen Ruiz Barrionuevo - Universidad de Salamanca

Narradores como Teresa de la Parra (1889-1936) y Rómulo Gallegos (1984-1969) colocaron a la literatura venezolana de la primera parte del siglo XX en un lugar de preeminencia entre las del continente americano, y sin embargo esta misma literatura parece no haber encontrado su continuidad en la denominada época del Boom, a la que apenas se incorporaron los escritores venezolanos con la excepción de Adriano González León (1931), que en 1968 se erigiría como ganador del premio Biblioteca Breve con su novela País portátil (1969). Y no obstante las obras de Julio Garmendia (1898-1977), Guillermo Meneses (1911-1979), Oswaldo Trejo (1928), o Salvador Garmendia (1928-2001) vendrían a matizar la crítica y la autocrítica que en los años sesenta y setenta ejercen los intelectuales venezolanos, al destacar el escaso valor de la escritura de su país, con la manifestación de que Venezuela no habría asumido, en general y en la época actual, las renovaciones técnicas que la Nueva Novela incorporó en la mayoría de los países del continente (1) . En efecto, resulta incuestionable que la narrativa venezolana, salvo casos excepcionales, creció apartada del escaparate mundial que supuso el Boom, y en las últimas décadas pocos autores han encontrado respaldo fuera de sus fronteras, entre otros, Arturo Uslar Pietri (1906-2001), Miguel Otero Silva (1908-1985), José Balza (1939), Denzil Romero (1938-1999), Luis Britto García (1940), o dentro de las jóvenes promociones, Juan Carlos Méndez Guédez (1967), residente en España. Aunque al menos, y junto a ellos, la obra de Ednodio Quintero se abre paso desde hace una década al expandir sus publicaciones con eficacia en México, en España y otros países latinoamericanos.

Frente a la senda abierta por los autores de las generaciones precedentes en la asunción de textos totalizadores, y ambiciosos proyectos que no excluían la práctica del relato, --son claros los ejemplos de Adriano González León, José Balza y Carlos Noguera (1943)--, los escritores venezolanos que irrumpen en las tres últimas décadas del siglo XX se dan a conocer en el gusto por lo breve y fragmentario.  Es esta una observación que ya realizó en 1998 Julio Miranda al señalar que El fenómeno acaso más inconfundiblemente propio de la nueva narrativa sería la importancia cuantitativa del cuento breve o brevísimo, microrrelato, minicuento, ficción súbita' o mínima' o como quiera --¡aún!bautizársele, dándole a dicha categoría funcional la extensión máxima de dos páginas impresas (2). Rasgo en el que se incluyen las obras de  Ednodio Quintero y de otros narradores coetáneos como Sael Ibáñez (1948), Humberto Mata (1949) Laura Antillano (1950) Gabriel Jiménez Emán (1950) y Armando José Sequera (1953) entre otros, que en la década del 70 se inician en la escritura con el gusto por el fragmento y por el cuento breve, aunque ello no implique, por necesidad, su persistencia en el género y, en casos varios, estos intentos se hayan convertido en eficaces ejercicios para abordajes de mayor extensión. Este es el caso de Ednodio Quintero, que deriva desde la década de los 90 hacia textos más amplios, la novela y la novela corta, y que el propio Miranda considera emblemático de la evolución de la narrativa más reciente en Venezuela (3).
Ednodio Quintero nació en Las Mesitas (Trujillo) en 1947. Él mismo ha ficcionalizado su nacimiento al recordar su entorno y su origen familiar:

 

Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña. Viví hasta una edad irremediable -los seis años en aquella aldea de los Andes, un sitio olvidado de los cartógrafos de Dios, y cuyo imaginario colectivo se correspondía más con el de alguna región de la España del siglo XIII que con el impreciso del país tropical de mediados del XX: Venezuela. Mis ancestros de origen español, campesinos de Andalucía y Extremadura, se habían asentado en esas tierras altas hacía ya trescientos años. Mis ancestros indígenas, provenientes de la rama norteña de los chibchas, vivían allí desde un tiempo remoto. De los primeros heredé mi vocación mediterránea y la lengua de Cervantes y Quevedo, de los segundos, el cabello rebelde, mis ojos de japonés alucinado y mi conciencia de guerrero (4).

 
Se estableció en Mérida en 1965, donde cursó Ingeniería forestal y más tarde ejerció como profesor universitario. Fue director y fundador de la revista e editorial Solar, organizador de la I Bienal Nacional de Literatura Mariano Picón Salas, así como autor de guiones cinematográficos con Rosa de los vientos (1975) y la adaptación de la novela Cubagua (1931), original de Enrique Bernardo Núñez, en 1987. Pero fundamentalmente ha ido creciendo como narrador en las últimas décadas desde los cuentos iniciales de La muerte viaja a caballo (1974), formada por  36 relatos de corta extensión, a la que luego siguieron Volveré con mis perros (1975), y El agresor cotidiano (1978), entregas que considera su prehistoria narrativa, y cuyos cuentos ha seleccionado y reescrito posteriormente. Luego, las colecciones La línea de la vida (1988) y, muy especialmente, el antológico Cabeza de cabra y otros relatos (1993), sedimentan su producción para alcanzar su máxima dimensión con El combate (1995) y El corazón ajeno (2000), títulos que nos dan prueba de la ambición y congruencia de su manejo de la ficción breve de la que es maestro indiscutible. Pero la obra de Quintero, que se considera fundamentalmente un escritor de vocación, ("No sé cuándo me hice escritor. Creo que fue apenas a los cuarenta años cuando supe -con alegría y horrorque ése era mi único destino") (5) ha incursionado al pasar del tiempo en textos de mayor envergadura, como lo prueba su novela La danza del jaguar (1991), a la que siguieron varias novelas cortas, entre ellas una especialmente recordada, El rey de las ratas (1994), y la más reciente Mariana y los comanches (2004). La publicación ahora de esta antología, que traduce al francés algunos de sus relatos más significativos, es una buena ocasión para que su obra gane otros lectores y otros ámbitos que habrán de apreciar la importancia y el rigor de su producción.

Incluso con este breve resumen de su trayectoria podrá percibirse que estamos ante un escritor de amplia dimensión, que ha pensado y proyectado su obra narrativa dentro del contexto de la narrativa venezolana pero a la vez desligada de ella, sin ataduras de ningún tipo, atento a lo que considera la obligación mayor del escritor, la fidelidad a sus propios principios literarios que ha volcado en algunos ensayos incluidos en sus libros reflexivos, De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997), donde se pueden también avizorar sus gustos literarios, su pasión por Cortázar y la literatura japonesa, de la que es un minucioso conocedor (6). Es justamente a partir de la década de los noventa, en el momento en que ya llevaba casi dos décadas escribiendo relatos de variada extensión, cuando comienza esta labor meditativa de su propio trabajo. Un texto inicial en este sentido fue Al margen de la novela, que presentó en Morelia (México) en el VI Encuentro Internacional de Narrativa en 1990, y como él mismo dice, "A partir de entonces, y paralelamente a mi labor de narrador, he continuado mi indagación en torno a la narrativa como fenómeno artístico y existencial", negando esa afirmación de Kafka según la cual un escritor no puede hablar sobre la narración "O narra o calla. Nada más. Su mundo empieza a sonar en él o se sume en el silencio" (7). Por eso podemos encontrar en estos libros variadas reflexiones sobre su propia labor aunque curiosamente, dada la mayor inflexión de los textos más largos en la última parte de su obra, Quintero se explaya en más ocasiones acerca de la novela y de los novelistas que acerca del cuento y de su poética. Es significativo que el único texto que dedica en exclusiva al relato se titule, con un guiño evidente, (Poé)ticas del cuento, en claro homenaje al que considera fundador del cuento moderno, Edgar A. Poe, y cuyos rasgos resume con precisión: brevedad, estructura cerrada, economía de medios, y manipulación del lenguaje con el fin de obtener un determinado efecto en el lector, aunque empiece por reconocer que "Tal vez por haber escrito cerca de un centenar de cuentos, se me hace cuesta arriba hablar en abstracto de este género de la narrativa, tan seductor para quien se inicia en el arte de narrar y de tan difícil realización" (8). En el mismo texto, al igual que Poe y que el uruguayo Horacio Quiroga, Ednodio Quintero se aventura a marcar "ciertas estrategias mínimas que tal vez nos den algunas pistas en este fascinante y dificilísimo arte de escribir cuentos", y al igual que ellos a la vez que intenta apresar la norma, se protege con una mirada irónica que se puede vincular con su propio quehacer literario. Porque las estrategias que Quintero nos presenta recuerdan a las de sus antecesores, Poe y Quiroga, muy en especial cuando comienza aconsejando "Eliminar cualquier ripio, casi todo sobra en un cuento" (9); recordemos que Quiroga había dicho que Un cuento es una novela depurada de ripios, y si el uruguayo en su Decálogo del perfecto cuentista (1927) había indicado a todo escritor de cuentos como norma fundamental: "No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas" (10), el venezolano aconseja: "La primera frase debería plantear un dilema -o al menos un asunto de interés", bien que luego avanza por otras premisas que abundan en la coherencia y la conformación de una estrategia de imprescindible tensión; en la dosificación de los datos al introducir nuevos elementos; en la hábil inserción de las pistas falsas y el doble sentido que capta la atención del lector; en el uso de la atemporalidad que imprime a la narración "cierto aire metafísico", así como en la necesidad de ejercitarse en los finales ganando la mano a cualquier perspicacia del lector. Claro que el final irónico que cierra el decálogo en una undécima propuesta viene a concluir que "Si desea convertirse en un cuentista original, es decir en usted mismo, no haga caso de ninguna de las recomendaciones anteriores" (11) . Si comparamos sus opiniones con las de otro gran narrador venezolano, José Balza, las opiniones de Quintero, aunque difieren, reflejan la misma enjundia reflexiva. Balza también cree en la importancia de una buena técnica que asegure una exacta trabazón del texto, pues tiene como premisa que "El estilo y la distribución de un cuento constituyen su absoluto", aunque al contrario que sus predecesores, ha llegado a la conclusión de que "El cuento no vive de su final sino de la parte intermedia" (12), pues esa trabazón interna se realiza en el decurso del texto, y no resulta suficiente un brillante comienzo ni un final sorpresivo, sino que, como toda obra literaria, también el cuento necesita una composición trabajada en cada una de sus partes. Para Balza todo relato, como todos sus "ejercicios narrativos", son resultado de actos introspectivos de la memoria, que deben ordenarse en sus percepciones  en una exigencia compositiva de la escritura que también exige la obra del autor que nos ocupa.

 

 

 

Notas


1. Estos puntos de vista están desarrollados en Juan Liscano, Panorama de la literatura venezolana actual, Caracas, Alfadil, 1984, p. 30-177; y más recientemente, en perspectivas más actualizadas, en Karl Kohut (Ed.), Literatura venezolana hoy. Historia nacional y presente urbano, Madrid-Frankfurt/Main, Iberoamericana-Vervuert, 1999.
2. Julio Miranda (comp.):  El gesto de narrar. Antología de nuevo cuento venezolano, Caracas, Monte Ávila Eds. 1998,  p. 22. En la Introducción pp. 7-44, el compilador analiza los rasgos de esta narrativa, entre ellos el predominio de la práctica del cuento breve, el uso del onirismo y la violencia con el desarrollo de lo policial.
3. Ednodio Quintero resumiría por sí solo la evolución de gran parte de la nueva narrativa, desde los minicuentos publicados en El Nacional en 1970, recogidos con muchos otros en La muerte viaja a caballo (1974), aumentando la cantidad de páginas de cada texto en sus posteriores libros de relatos y culminando con obras tan espléndidas como la novela corta La bailarina de Kachgar (1991) y la novela La danza del jaguar (1991) Ibid. p. 24.
4. Ednodio Quintero: Kaïkousé -hacia un ars narrativa-- antecede a El combate (1995). Incluido en Ednodio Quintero, Visiones de un narrador, Maracaibo, Universidad del Zulia, 1997,  donde forma parte de Fragmentos de una autobiografía  p. 43.
5. Ibid. p. 45.
6. Véase Kenzaburo Oé: tras las huellas de Dostoievski en  su libro De narrativa y narradores, Maracaibo, Universidad del Zulia, 1997, pp. 86-101.
7.  Ednodio Quintero: Al margen de la novela en  Visiones de un narrador, op. cit.  p. 15; una larga cita de este texto inicia también la introducción a De narrativa y narradores,  op. cit., p. 9.
8.Ednodio Quintero: (Poé)ticas del cuento en  De narrativa y narradores, op. cit., p. 52.
9.  Ibid. p. 56.
10.  Horacio Quiroga, Decálogo del perfecto cuentista en  Cuentos, sel. y prol. de Emir Rodríguez Monegal, cronología de Alberto F. Oreggioni, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1981, pp. 307-8
11.  Ednodio Quintero: (Poé)ticas del cuento en  De narrativa y narradores, op. cit., p. 56.
12. José Balza: El cuento: Lince y topo: Teoría y práctica del cuento en Carlos Pacheco y Luis Barrera Linares (Comps), Del cuento y sus alrededores, Caracas, Monte Ávila, 1993, pp. 475-482.



Cet article est le prologue de l'ouvrage Le Combat et autres nouvelles

 

Pour citer cette ressource :

Carmen Ruiz Barrionuevo, "Los relatos de Ednodio Quintero: el edificio de la ficción", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), janvier 2010. Consulté le 23/04/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/litterature-latino-americaine/auteurs-contemporains/los-relatos-de-ednodio-quintero-el-edificio-de-la-ficcion