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Dar voz a los que no tienen voz (Luis Sepúlveda)

Par Luis Sepúlveda
Publié par Christine Bini le 18/06/2012
Cette page présente un texte écrit par l'écrivain chilien Luis Sepúlveda pour l'édition 2012 des Assises Internationales du Roman de Lyon.

 

Ce texte a été écrit pour les Assises Internationales du Roman 2012 - Lyon - et sera publié en traduction par les éditions Bourgois dans Le Lexique nomade 2012

 

Supongo que el primer documento que da voz a los que no tienen voz es un poema épico llamado “La Araucana”, y el autor es un soldado poeta , Alonso de Ercilla, que acompañó al conquistador García Hurtado de Mendoza en la conquista de Chile, en 1557. En ese poema, Ercilla de cuenta del valor del otro, del indio, del que era diferente y al mismo tiempo digno y valiente.

Y tal vez la manifestación literaria más conocida en eso de dar voz al que no tiene o no puede dar a conocer su voz, es el  “J´accuse” de Emile Zola, pues efectivamente el capitán Dreyfuss no tuvo la posibilidad de dar a conocer su verdad, pero, pese al enorme valor del escrito de Zola, la verdad no terminó por imponerse en todo su esplendor.

En la literatura latinoamericana, a partir del siglo XVIII, son muchos los ejemplos de escritores que dieron voz a los que no tenían ninguna posibilidad de decir “existo”, “vivo y no soy invisible”.

Cuando el chileno Baldomero Lillo publicó sus espléndidas y duras novelas “Sub Terra” y “Sub Sole”, en ellas dio voz a los miserables de una manera tan efectiva como el “Germinal” de Victor Hugo, pero deteniéndose en identificar con absoluta claridad a los responsables de las duras , paupérrimas, inhumanas condiciones de vida en las que consumían sus existencias los mineros del carbón, en el sur de Chile, y los mineros del salitre en el desiertote Atacama. Baldomero Lillo dio su voz a esos hombres y mujeres y colaboró para que ellos mismos incorporasen palabras como justicia y  derechos a sus vocabularios de obreros.

Lo mismo se puede decir del brasileño Guimaraes Rosa pues cuando publica “Grande Sertâo”, deja que el narrador sea el hombre que recorre una tierra llena de calamidades sociales, y en esa descripción mediante un lenguaje popular crea la más sólida denuncia social.

Y en nuestra época, creo que el más consecuente escritor empeñado en dar voz a los que no tienen voz es el polaco Rynzard Kapuscinski. Un libro de relatos como “ Ébano” es la identidad del continente africano en su esfuerzo por terminar con el colonialismo y una pobreza que para las potencias coloniales resultaba ser algo tan natural como el color de la piel de los africanos.

Son muchos los escritores y escritoras que, por fortuna, entendieron la relación dialéctica que se da en la dualidad persona-escritor. Como personas tenemos el deber de relacionarnos con la vida y la sociedad mediante una ética rigurosa, que mientras más rigurosa es más nos humaniza. Y con la literatura nos relacionamos mediante un fuerte vínculo estético. Pero la ética y la estética están destinados a cruzarse, y es así que lo más notable en los escritores y escritoras que a mi me interesan, es que otorgan a su literatura la misma carga ética con la que se enfrentan al quehacer social, y sus vidas se enriquecen  con la estética que otorgan a la literatura.

No se casual ni es un puro recurso literario que el sueco Henning Mankel se valga del  argumento de una novela negra escandinava, para dar voz a las víctimas del apartheid en Sudáfrica. Tampoco es casual que Doris Lessing hiciera de su obra una constante tribuna en la que los que no tienen voz expresan su desencanto y también su esperanza.

A mi me resulta particularmente difícil imaginar una literatura carente del conflicto entre el hombre y lo que le impide ser feliz. No podría enfrentarme a la literatura, a la escritura, sin la conciencia de ser la memoria de mi país,  de mi continente y de la humanidad. Me tocó vivir la segunda mitad del siglo XX, siglo marcado por la confrontación entre dos potencias que hicieron de la guerra y la paz un chantaje para atemorizarse  mutuamente, y decidieron que en sus zonas de influencia la libertad, la justicia social y la dignidad humanas eran un asunto reservado a las élites.

Sé que a veces soy visto como un individuo extraño que sacrifica su talento y capacidad de triunfar ( sólo que nunca he sabido en qué se puede triunfar sin aplastar a otros) y malgasta su tiempo en narrar historias de gentes sin mayor interés.

Y es así por ejemplo que en lugar de narrar la esforzada vida de un hombre de negocios que consigue ser el mayor accionista de una fábrica de grifos para el agua potable, prefiero contar la historia de un humilde maestro preocupado porque algunos grifos gotean, pierden agua, y para evitarlo, en el ocaso de su vida comparte sus conocimientos con la gente humilde de su barrio, y le doy mi voz para que explique el portento del agua, la ductilidad de  ciertos metales, el nexo entra una herramienta y la mano para la consecución de un deseo.

Hace algunos años visité el campo de concentración de Bergen Belsen, en Alemania. De ese lugar sabía que, entre cientos de miles de víctimas de los nazis, una niña llamada Anna Frank también había sido asesinada ahí, y sus restos estaban en cualquiera de las fosas comunes, de la tumbas colectivas, de los monumentos al horror. Bergen Belsen y todos los campos de concentración de cualquier lugar del mundo son lugares que se visitan en silencio, porque la voz se niega a describir lo que el ojo ve, lo que la memoria ve, y sin embargo uno sabe que tendrá que hacer el esfuerzo para nombrar todo lo visto con la fuerza inaugural que tienen las palabras.

En un rincón de Bergen Belsen, cerca de los hornos crematorios, alguien, y yo no sé quién ni cuándo,  escribió una palabras que son la piedra fundacional de mi ser escritor, el origen de todo lo que escribo. Esas palabras decían, dicen, y lo dirán mientras existan los empeñados en sacrificar la memoria: “Yo estuve aquí y nadie contará mi historia”.

Me puse de rodillas frente a esas palabras y le juré a quien quiera que sea el que las escribiera, que yo contaría su historia, que le daría mi voz para que su silencio dejara de ser una pesada lápida del más infame de los olvidos. Por eso escribo.

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Pour citer cette ressource :

Luis Sepúlveda, "Dar voz a los que no tienen voz (Luis Sepúlveda)", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), juin 2012. Consulté le 20/05/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/textes-inedits/dar-voz-a-los-que-no-tienen-voz-luis-sepulveda-