A través de la obra de Unamuno se encuentra dispersada una reflexión en torno a una sed de eternidad insaciable, ante la cual se encuentra el carácter inevitable de la muerte. Es el caso de su poema La Guadañina:
«Era la guadañina colorada,
fresca y alegre;
guadañando cantaba,
y luego en el descanso
al compás afilando la guadaña.
De su frente morena
el sudor se enjugaba
con el revés de la morena mano;
la sacudía luego, sosegada,
e iba el sudor aquel a ser refresco
de alguna flor poco después segada,
mientras en su cáliz una rubia abeja
de las últimas mieles le libaba.
Caían flores entre el heno; en tanto
la guadañina canta que te canta.
Era fresca y alegre, buena moza,
por el sol tostada;
rollizos brazos para un dulce sueño,
después de amar ¡qué almohada!
Y aquella boca de amapola ardiente
de que el canto brotaba
¡qué boca para besos
de los que al cuerpo dejan sin el alma!
Y el seno palpitante,
al compás del vaivén de la guadaña,
¡qué fuente de beber
la sé encendida de la eterna calma!,
¡de la eterna calma!
Era fresca y alegre, buena moza;
¡llamábanle la Muerte!» (5)
Se trata de una temática que atraviesa la totalidad de su obra, de Vida del Quijote a El espejo de la muerte. En Del sentimiento trágico, dicha sed parte de un fondo de irracionalidad donde se construye un cuerpo que no quiere morir, sino que como para Spinoza, se trata de un cuerpo afectivo marcado por el conatus, una potencia que lleva a cada ser a afirmarse, a serse y a serlo todo. Un cuerpo que resiste a ser reducido a simple hecho , a una realidad positiva sometida al principio de no contradicción; una realidad, un «yo» constituido por la contradicción.
El «yo» es para Unamuno un cuerpo viviente que no quiere morir nunca. Un cuerpo individual determinado por la memoria y un cuerpo colectivo determinado por la tradición. El principio de identidad se construye para Unamuno por la triada: ser, pensar, sentir; una toma de conciencia que lanza al hombre concreto a su condición trágica, al deseo de infinitud de un cuerpo que intenta afirmarse en tensión con su finitud. Afirmarse «afirmarse con la sangre, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida» (6), ser con la vidaTiene que integrarse la vida en el pensamiento, pero no de un modo puramente vitalista, puesto que la propia vida implica el conflicto sin esperanza de victoria por ninguna de las partes involucradas entre lo intelectual y lo afectivo.