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Entrevista con Mario Bellatin - Presentación

Julia Azaretto
Publié le : 10 mai 2009
 Es que eso es la escritura: El copista, el que escribe; el que escribe y no importa qué.
 
 
Al empezar a escribir un artículo sobre el reconocido autor mexicano Mario Bellatin, se puede sentir algo de vértigo y de adrenalina. Por su excepcional singularidad yo lo calificaría como un artista y no como un escritor. ¿Artista de letras? No, artista basta, porque esta palabra agrega a la obvia dimensión intelectual el carácter artesanal o manual de la escritura. Escritores los hay buenos y malos, geniales, mediocres, clásicos, contemporáneos, nacionales o extranjeros, comerciales, literarios, de cuentos, de poesía y de ensayo. Pero artistas en el mundo de las letras son, a mi parecer, escasos. Mario Bellatin artista, ¿por qué? Primer antecedente: Bellatin, estudiante de comunicación en la Universidad de Lima escribe su primer libro. En lugar de ponerse ansiosamente a buscar un editor, opta por la publicación a cuenta de autor con el sello de una editorial absolutamente inexistente y ¡hasta envía invitaciones para la presentación del libro! En un primer momento las ventas se realizan mayoritariamente entre sus compañeros de facultad con bonos, lo que le permite financiar parte de la impresión. La experiencia es un rotundo éxito, y hoy Bellatin afirma que con esa publicación costeó los gastos y se pagó derechos de autor. Incluso, al parecer, ganó más dinero que con algunos editores. Pero lo más importante fue que esa experiencia sentó el precedente necesario para que luego las editoriales fuesen a buscarlo. Desde ese momento, Bellatin ya fabricaba imposturas para lograr un objetivo literario. Bellatin artista significa que el autor emplea todos los medios de los que dispone -inclusive (tal vez habría que decir sobre todo) aquellos de otras artes o disciplinas intelectuales-, para la escritura.
 

Al ser llamado por algunos escritor raro, Bellatin responde con un libro, cuyo título, no desprovisto de ironía, muestra abiertamente su blanco: Lo raro es ser un escritor raro. Yo afirmo que lo es. Y es fundamental que lo sea, pues su rareza oxigena el sofocado espectro de la novela. Con formas nuevas, sorprendentes y, a veces, incomprendidas (no olvidemos la genial reflexión de Dubuffet en su ensayo Cultura asfixiante respecto de la necesaria incomprensión de lo nuevo por parte del público), el autor abre incesantemente perspectivas creativas dentro de la literatura, utilizando recursos del cine, del teatro, y de la fotografía. De hecho, para este autor, lo literario no se encuentra en el lenguaje -cargado de una pesada herencia de deber ser-, sino en el camino que cada creador forja según sus necesidades expresivas.
Mario Bellatin dirige actualmente la Escuela Dinámica de escritores en el Distrito Federal, que él mismo fundó y que considera como una obra en sí, es decir independientemente del hecho de que los que salgan de allí se transformen algún día en escritores. Además, se publicaron muchas de sus novelas alternando el orden cronológico de escritura y se tradujeron algunos títulos al francés, al alemán y al inglés. Si ingresamos en el juego literario de algunos de sus libros (El jardín de la dama Murakami, Shiki Nagaoka una nariz de ficción, Jacobo el mutante), tendría que agregar que Mario Bellatin es también traductor, biógrafo e investigador literario, ya que a la hora de escribir crea un dispositivo ficcional para que la escritura surja desde las distintas posiciones de escritura mencionadas. "Todo lo que quiero es desaparecer" acota Bellatín en una entrevista con La Clé des langues. A tal punto desea desaparecer, que en un libro introdujo la foto de su rostro en la cascada de palabras que hilvanaban la trama literaria. Las fotos funcionaban como signos de puntuación, y al carecer de sus funciones habituales, cumplían un nuevo rol. "La idea era que me leyeran la cara, a ver si así finalmente desaparecía" afirmó al describir el ejemplar. ¿Desaparecer? No, este autor no puede desaparecer de la cabeza del lector que haya empezado cualquiera de sus libros. Lo aborrecerá o se convertirá en un fanático, pero su lectura dejará ineluctablemente una huella. ¿Desaparecer? Sí, si desaparecer permite ir contra la idea del autor cuyo saber sobre el texto posee más legitimidad que el de cualquier lector. ¿Desaparecer? Sí, si desaparecer implica destruir la figura sacro santa del escritor que hace que la obra reluzca, brille o se opaque mediante sus apariciones mediáticas. Lo que cuenta, en definitiva, son las ideas que se encuentran en el libro, no el autor. Sería inconveniente confundir ideas con contenido narrativo. El contenido es la impostura necesaria que crea la sensación de verosímil para que el dispositivo ficcional funcione eficazmente. Algunos lugares inesperados para los lectores contemporáneos alojan las ideas. Desde la foto del autor en la tapa, hasta el resumen de la portada, Bellatin obra -cuando el editor se lo permite-, en esos espacios supuestamente extraliterarios para introducir ciertas piezas del rompecabezas. Y es que la obra no se acaba en el texto, o mejor dicho, el límite de la obra no coincide con el límite del texto.
 

Por fuera del texto hay elementos harto interesantes. Pues lo que Bellatin fabrica mediante sus obras son discursos que golpean -afortunadamente con rudeza- las poses literarias más irrisorias arraigadas en las mentes contemporáneas. Azota el primer golpe contra la idea que el autor construye una obra en forma lineal, utilizando el lenguaje y sus sempiternos subterfugios como únicos recursos válidos. Asesta el segundo contra las supuestas temáticas que la novela latinoamericana debe narrar, como si existiesen ingredientes literarios ad hoc para ser un escritor exitoso, digno de ser publicado y traducido en el extranjero.
Mario Bellatin, en cambio, pretende escribir sin escribir. Y asevera no dejar nunca de escribir. Por eso, para él, los diecisiete libros que ha publicado son una misma obra, o más bien, la oportunidad de que nazca una nueva obra. Lo mismo sucede con las traducciones de sus libros y con las reediciones mexicanas y extranjeras, que él considera como una nueva obra. Porque la obra no es un bloque definitivo, sino material en construcción, hecha de lenguaje, de circunstancias editoriales, de traducciones, de performances, de obras de teatro, de fotografías y de videos. La obra es el proceso mismo, el hecho de estar construyéndola, la realidad cotidiana que de modo heracliteano fluye sin cesar: "Yo no sé si hago literatura, lo único concreto y real, lo único que sé es que yo me siento y escribo". Escritura quirúrgica, por su precisión y eficacia. Como todos los textos de los buenos escritores, los de Bellatin, dejan al leerlos esa ilusoria impresión de facilidad.
 

La reflexión de Bellatin va más allá de la literatura. La escritura, el deseo de escribir, que deben comprenderse desde el punto de vista físico e intelectual, se sitúan por encima de todo. "Yo no tengo nada qué decir, sólo sé que quiero decir y para esto necesito crear formas narrativas" aclara Bellatin durante su intervención en la Feria del Libro. No hay mensaje, y el contenido parece accesorio o la impostura necesaria para el juego incesante que Bellatin establece entre la realidad y la ficción. A veces la ficción se plasma en el ámbito de lo real, pero otras, es la realidad la que aparece en el dispositivo ficcional. Bellatin trabaja con directores de teatro, cineastas y artistas visuales. Esto le permite establecer una red de cómplices para las performances que pone en marcha. Por ejemplo, la obra de teatro de su libro Perros Héroes que él dirigió pero que nunca se estrenó, a pesar de los anuncios en varios periódicos mexicanos (más tarde se propuso una reconstrucción teatral del estreno a los espectadores que se lo hubiesen "perdido"). O el Congreso de literatura mexicana que organizó en París. Allí, Mario Bellatin trataba de saber si el texto podía no tener autor. Y para desplegar el interrogante invitó a cuatro escritores mexicanos de reconocida trayectoria a un Congreso de dobles de escritores en París: Margo Glantz, Sergio Pitol, José Agustín, y Salvador Elizondo. La originalidad residía en que no fueron los escritores los que asistieron físicamente al Congreso, sino sus dobles, que habían sido previamente entrenados por los autores. Cada autor había enseñado a su doble -cuyo género podía no coincidir-, diez textos que reflejaban las preocupaciones que el autor tenía en ese momento. El doble aprendía de memoria el texto que recitaría en el Congreso; mientras Bellatin fotografiaba las sesiones de aprendizaje de los dobles. Cuando el espectador llegaba al Congreso podía acceder a la recitación del texto que había seleccionado mediante un catálogo temático: "Arte y modernidad", "La muerte en la obra", "La vida y la escritura", etc. Una vez que el espectador había elegido, el doble se ponía a recitar, mientras Bellatin grababa. El Congreso duró un mes. La primera semana había dobles. Durante la segunda semana se proyectaban videos de los dobles recitando los textos. Luego, ya no había absolutamente nada. O bueno, sí: fotos y videos. La reacción de los universitarios dejó al autor de esta singular obra -inspirada en el modus operandi del dramaturgo Kantor-, pensativo (y divertido): "¿Qué esperaban del Congreso? ¿Acaso querían ver cómo tomaba la palabra Sergio Pittol? ¿Cómo se vestía Margo Glantz? Si lo que buscaban eran ideas, pues ellas estaban allí, en la recitación de los dobles". De esta forma provoca en mí ineludiblemente la siguiente pregunta: ¿Qué espero de Mario Bellatin al decidir entrevistarlo? O, para formularlo de manera más universal: ¿Solicita el lector las ideas, como habitualmente se piensa, o en realidad las expectativas de intercambio con el autor provienen de un deseo más cercano al espectáculo?  
 
 
 
mise à jour le 1 décembre 2009
Créé le 10 mai 2009
ISSN 2107-7029
DGESCO Clé des Langues