Vous êtes ici : Accueil / Civilisation / Histoire espagnole / Les grandes figures / Juan Carlos de Borbón y su imagen pública

Juan Carlos de Borbón y su imagen pública

Par Bruno Rogero : Étudiant de Master 2 TLEC - Université Lyon 2
Publié par Christine Bini le 08/09/2013
Juan Carlos de Borbón et son image publique.
bandeaujuancarlos500_1378624096485-jpg

 

1. Breve como 38 (¿o más?) años

El 22 de noviembre de 1975, a unas semanas de su 38 cumpleaños, Juan Carlos de Borbón y Borbón se convertía definitivamente en Rey de España. Decimos «definitivamente» porque lo era de manera interina, provisional, desde el 30 de octubre y ya lo había sido puntualmente del 20 de julio al 2 de septiembre del año anterior.

La baja por enfermedad de Franco había sido transitoria, pero la muerte es definitiva y estaba previsto, desde la ley de Sucesión de 1969, que Juan Carlos ocupara la jefatura de Estado cuando el Generalísimo no pudiera hacerlo, fuera por enfermedad (como en 1974) o fallecimiento (como a partir del 20-11-75). Se trataba del primer monarca que tenía España desde abril de 1931, cuando su abuelo Alfonso XIII abdicó tras conocerse los resultados de unas elecciones municipales en que las candidaturas republicanas sobrepasaron ampliamente los resultados de las monárquicas; entretanto, España había tenido 44 años, entre II república, guerra civil y dictadura franquista, para perder la costumbre monárquica y la presencia o ausencia de un nuevo rey no era un debate que se considerara especialmente relevante entre la oposición (clandestina), ni en las filas del régimen, ni mucho menos entre quienes aspiraban a devolver el régimen a la línea más falangista, más nacionalista y autárquica.

A mediados de 2013, podemos decir que el reinado de Juan Carlos I está resultando posiblemente el más estable desde su antepasado Philippe d'Anjou o Felipe V (que reinó desde 1700 o 1714, según en qué zona, hasta 1746), ¿cómo se convirtió lo impredecible en normal?

A finales de 1955, España entraba en la ONU y un Juan Carlos adolescente venía a España para comenzar su instrucción militar. Decimos «venía» puesto que el joven Borbón había nacido en Roma, donde su familia estaba exiliada aquel 1938 y donde seguiría hasta 1942, cuando se trasladarían a Suiza y después a Portugal; si bien el entonces príncipe ya había hecho parte de su escolaridad en España, esta vez parecía venir para quedarse y, al ser casi un adulto, su presencia sería más pública.

La España de mediados de la década de 1950 era la más estable en lo que se llevaba de siglo, dado que la economía española comenzaba a recuperarse de la guerra y las hambrunas posteriores, toda la comunidad internacional (a excepción de México y Yugoslavia) reconocía a la administración franquista y no al gobierno de la República en el exilio como representantes de los españoles y se estaba agotando la actividad guerrillera de los antifranquistas derrotados en 1939 y reforzados tras la liberación de Francia en 1944 (los últimos maquis serían apresados en 1965). El régimen, desde la guerra, había aglutinado a todos aquellos que temían o rechazaban los nacionalismos periféricos y la conflictividad de obreros y campesinos, es decir, a una compleja gama de republicanos de derechas (como los generales Queipo de Llano y Cabanellas), monárquicos liberales (como Eugenio Vegas Latapié, que sería preceptor de Juan Carlos), nostálgicos de la monarquía absoluta e integrista (Comunión Tradicionalista), fascistas monárquicos (como el Bloque Nacional de José Calvo Sotelo) y fascistas antimonárquicos (como FE-JONS, la Falange Española-Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista); el discurso político franquista, sin embargo, se simplificó enseguida: durante la propia guerra , FE-JONS y Comunión Tradicionalista fueron obligados a fusionarse en FET-JONS –que luego pasaría a denominarse Movimiento Nacional–, los demás partidos fueron disueltos o prohibidos y la Iglesia Católica bendijo la «cruzada» del bando franquista y se convirtió en la principal bandera del régimen, el llamado «nacional-catolicismo». Las Cortes franquistas habían declarado España una monarquía en 1947, pero Franco, que no tenía aún problemas de salud ni edad como para preocuparse a corto plazo por su sucesión (había nacido en 1892), no designó a nadie antes de aquel 1969; ni siquiera tenía motivos para temer ser derrocado: siendo poco conocido antes de la guerra, todos los que podían quitarle protagonismo murieron durante esta y todos los que intentaron contestar su liderazgo fueron apartados. En cuanto a sus relaciones con la realeza, Juan de Borbón, el segundo hijo de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos I, había propuesto unirse al ejército de Franco, hasta en dos ocasiones, en 1936, pero el Generalísimo no le quiso y parece que la historia se repitió durante la dictadura. Juan, que llevaba años en conversaciones con la oposición antifranquista, rompió con esta, aceptó de hecho la dictadura y la Casa real y el régimen establecieron relaciones más cómodas.

Se especuló con la posibilidad de que Franco se inclinara, para el puesto de rey, por Alfonso de Borbón Dampierre, hijo del primogénito de Alfonso XIII –Jaime de Borbón, que había renunciado al trono por ser sordomudo y que luego quiso reclamarlo– porque tenía el apoyo de la facción falangista de la élite de Franco además de que, desde 1972, estaba casado con la nieta del propio Generalísimo; como se especuló, al contrario, con la posibilidad de que aceptara a Juan o de que esperara a que Alfonso de Borbón y Borbón (1941-1956), hermano pequeño de Juan Carlos, madurara, pero Juan de Borbón fue finalmente obviado y después, como es tradición, se propuso a su primogénito y este aceptó. Alfonso, de todos modos, había muerto trece años atrás en casa, de un disparo accidental de Juan Carlos con la pistola que le habían regalado, para desgracia de toda la familia.

2. Empiezan los problemas

El Príncipe empezó a ir a la universidad en 1960 y, en la España de aquella época, donde la monarquía, decíamos antes, no suscitaba grandes adhesiones ni rechazos, la universidad no era, probablemente, el mejor lugar donde podría estar Juan Carlos, ya que allí las pasiones eran algo mayores y, si a la oposición antifranquista –por lo general, más dada a atacar la monarquía que a defenderla– aún le costaba levantar la voz, los estudiantes falangistas y tradicionalistas sí solían atreverse y, como ya se ha dicho, tampoco eran muy amigos de la monarquía. El joven Borbón, en la universidad como en algunos pueblos que visitaría, tuvo que acostumbrarse a que algunos de sus compañeros de clase abandonaran el aula cuando él entraba o a recibir palabras, gestos y miradas de desprecio, así como algún que otro objeto arrojado, pero encontraría un primer aliado en quien, a lo largo de estas décadas, ha sido uno de los mayores adalides de la monarquía en España, si no el mayor: Luis María Ansón, entonces dirigente de las JUME (Juventudes Monárquicas Españolas) y que después dirigiría el diario ABC y, más tarde, fundaría uno propio, La razón.

Durante los siguientes años, la principal tarea de Juan Carlos de Borbón fue normalizar su presencia en España. Se reunió a menudo con Franco para discutir de la actualidad, contó con la protección de personas que jugarían papeles importantes en aquella época y más recientemente (general Alfonso Armada, Torcuato Fernández Miranda, general Sabino Fernández Campo), pero, más allá de aparecer en algunos actos públicos con Franco u otras figuras del régimen, nunca apoyó, ni mucho menos rechazó, ninguna medida política. La población, no obstante, pudo acostumbrarse no sólo a su presencia en actos públicos, también a sus apariciones en la crónica rosa a medida que se iban conociendo su boda con Sofía de Grecia (1962), los nacimientos de sus dos hijas Helena y Cristina (1963 y 1965, respectivamente) y, en fin, el nacimiento del futuro heredero al trono, Felipe (1968).

No es de extrañar, con estos antecedentes, que nadie supiera predecir si el reinado de este décimo Borbón duraría un año o cincuenta, ¿prefería Juan Carlos la continuidad con el Régimen o una apertura a un régimen liberal? ¿El mismo nivel de centralización, algo menor, un estado federal, incluso... ? ¿Estaba cultivando relaciones con personajes de todos los sectores del Régimen, o sólo de algunos? Y ¿de la oposición? Y ¿en relaciones internacionales, cómo y dónde se situaba, qué opinaba de la OTAN o de la Comunidad Económica Europea? Nada de esto sabía el español medio y poco, incluso, los miembros o dirigentes de los partidos y facciones que, en algunos casos, comenzaban a pensar en la época postfranquista como una realidad concreta que se avecinaba y a la que había que empezar a adaptarse.

Dada la tradición de poner sobrenombres a los reyes (Pedro «el cruel», Isabel «la católica», etc.) no faltaron, en la década de 1970, quienes, de modo burlón, se referían al hoy todavía monarca como «Juan Carlos el breve» contando con que la inestabilidad política podría con él y no al revés.

Lo que hoy día es un hecho consumado era entonces sólo una posibilidad entre muchas: la conflictividad obrera fue en aumento durante las décadas de 1960 y 1970, también lo hicieron las tensiones identitarias (especialmente en el País Vasco y Cataluña, pero no exclusivamente) y, de la mano de uno y otro fenómeno, a veces de ambos, también lo hicieron los ataques con artefactos incendiarios, explosivos o armas contra el régimen, en una dialéctica con los ataques de fuerzas policiales y parapoliciales (grupos irregulares, como los Guerrilleros de Cristo Rey, que atacaban a los que consideraban enemigos del Régimen) que costó decenas de vidas e hizo que los más pesimistas temieran una nueva guerra civil.

Para colmo, sectores de las Fuerzas Armadas, del propio aparato político franquista y de la policía, perdían la paciencia ante la posibilidad de que España se «disolviera» en varios estados y de que el castigo contra quienes atentaban contra ellos (principalmente, ETA y sus escisiones) no fuera más severo. Esta ira, que en principio estaba más centrada en los afines a ETA y en aquellos a los que se consideraba cercanos, se concretaba en los mencionados ataques parapoliciales a particulares, viviendas, librerías o imprentas, pero se convirtió en hostilidad a todo el que no ofreciera «mano dura» con la oposición tras el asesinato por ETA del presidente franquista del Gobierno, almirante Carrero Blanco (20 de diciembre de 1973) y los enfrentamientos de los dos siguientes años, que tuvieron su «respuesta» en ejecuciones (la de Salvador Puig Antich el 2-03-74 y las de tres miembros del FRAP y dos miembros de las dos ETAs el 27-09-75).

El proyecto de Juan Carlos, según se pudo ver después, no se basaba en más mano dura ni en una ruptura con el franquismo: buscaría a aquellos miembros de la élite franquista dispuestos a convertir el régimen español en uno liberal desde dentro y encontraría su principal aliado para ello en Adolfo Suárez. Esa especie de orientación centrista, como si buscaran el término medio aristotélico en todo momento, forjó la reputación de ambos durante todo el proceso llamado de Transición y, aunque la estrella política de Suárez empezara a agotarse en 1981 y lo hiciera de manera más ruidosa tras salir de la jefatura del gobierno, ha constituido probablemente la base de la tranquila carrera institucional de Juan Carlos de Borbón.

Después de un complot golpista abortado antes de concretarse («operación Galaxia», noviembre de 1978), otro más aparatoso ejecutado el 23-02-1981 (el «tejerazo» o «23-F») bajo la dirección de su antiguo mentor Armada y al menos otro, mucho más ambicioso, abortado en sus preparativos en octubre de 1982, la imagen del monarca se convirtió en un símbolo del nuevo régimen, el de la constitución de 1978, que él mismo había impulsado: mientras Juan Carlos estuviera al fondo, presidiendo actos protocolarios y ocupando con su familia las portadas de la prensa rosa, significaría que la vida política constitucional (parlamentaria, judicial, etc.) seguía su curso con normalidad.

3. Lo peor ya había pasado

La de monarca, decíamos en otro texto, no ha sido una ocupación duradera en España en los últimos dos siglos y medio. Desde algunas enfermedades hasta el mismísimo Napoleón Bonaparte, algo suele imponerse entre los reyes y su posibilidad de reinar hasta la vejez, por no mencionar que esta dinastía, la de los Borbón, ha sido derrocada dos veces (en tiempos de Isabel II, 1868, y de su nieto Alfonso XIII, 1931), lo que no les ha impedido volver al trono cada vez.

Juan Carlos I, sin embargo, ha sobrevivido a intentonas golpistas y a al menos un proyecto de asesinato de un francotirador de ETA (Palma de Mallorca, agosto de 1995). Políticamente, ha hecho más que sobrevivir: la encuesta que la fundación FOESSA encargó en 1970 indicaba que la monarquía sólo era la opción preferida para después de la muerte de Franco por un 20,8% de encuestados (frente a un 29,8% para la continuidad del régimen y un 40% para la república) y en 2007, tras treinta y dos años de reinado, el 69% de los españoles declaraban que preferían una monarquía parlamentaria a una república.

Uno de los tópicos más intrínseco a la España postfranquista es el que dice que el español no es monárquico, es juancarlista. Se asume que es más la persona que la institución quien ha generado apego a lo largo de todo este tiempo. Quien pregunte –y, más aún, quien preguntara hace poco– a un español promedio su opinión sobre el Rey escuchará fácilmente decir que se trata de la cara más visible de las relaciones exteriores españolas («nuestro mejor embajador», se dice a menudo) y que parece un hombre simpático, uno más, e incluso es probable que aparezca el adjetivo «campechano» (que trata los demás sin poner distancia), adjetivo que se usa poco para hablar de cualquier otra persona. Como esos reyes de cuento que se visten como individuos corrientes, o incluso como pobres, y se pasean entre la gente corriente para «tomarle el pulso a su pueblo», corre desde hace años la legendaria anécdota de un amable motorista que habría regalado una botella de gasolina a un hombre o una mujer (según la versión de la anécdota) que se encontró tirado/a en la carretera en mitad de la noche y sin combustible en el depósito; la sorpresa venía al final de la anécdota, cuando el motorista se quitaba el casco o levantaba la visera y resultaba ser Juan Carlos de Borbón, nada menos. Una leyenda sin significado político, pero que se incluía en algún libro de texto de primaria al menos a principios de la década de 1990 y que ilustraba –además de la vigencia de la fábula española– la capacidad de arraigar en lo emocional, en el inconsciente colectivo, de la monarquía en general y de Juan Carlos en especial, que llegó al trono siendo simbólicamente joven, grande y fuerte para suceder a un Francisco Franco octogenario, menudo y enfermo.

Más aún, se puede ver en cualquier hemeroteca, e incluso en noticias del presente, cómo todos los presidentes del Gobierno y sus partidos (UCD, PSOE y PP) han cultivado buenas relaciones con él, fuera a un nivel protocolario (como en la mayoría de casos) o incluso con rumores de buena sintonía personal (como se dijo de Adolfo Suárez y de Felipe González, que permanecería trece años y medio en la jefatura del gobierno). Las dos principales formaciones nacionalistas vasca (PNV) y catalana (CiU) también han tenido con él un buen trato, pese a mayores diferencias ideológicas y, aun con excepciones, el monarca ha procurado evitar ahondar en esas diferencias al utilizar en actos públicos el vasco o el catalán.

Incluso la coalición Izquierda Unida, tercera fuerza política estatal desde su nacimiento en 1986 y que cuenta con credenciales tan poco monárquicas como nuclearse en torno al Partido Comunista de España o haber acogido al partido Izquierda Republicana, asumió la convivencia institucional con la monarquía desde que empezó el proceso de transición y quien fuera su coordinador general en los años 1989-2000, Julio Anguita, actuó en consecuencia y frecuentó al monarca cordialmente con ese cargo y con el de alcalde de la ciudad de Córdoba (1979-1986). Sólo esa tranquilidad anterior permite entender el revuelo armado en septiembre de 1996, cuando Anguita recordó que su formación había aceptado la monarquía como una concesión en el contexto de transición, pero que aspiraban a una república, a largo plazo. Durante el resto de su mandato al frente de IU, Anguita recordaría este tema, pero lo cierto es que el dilema entre esa posible ruptura institucional o la continuidad nunca ha ocupado mucho del debate público y las pocas veces que los grandes partidos han mencionado la posibilidad de cambiar la Constitución no se han considerado otros objetivos que el de reformar el Senado (igual que hay voces, fuera de la política profesional, que hablan de suprimirlo) y eliminar la preferencia de los varones sobre las féminas en la sucesión al trono, lo que llevaría la igualdad de sexos hasta la mismísima institución monárquica.

4. Algunas ásperas islas en un mar de tranquilidad

Quizá por esa identificación entre la estabilidad del marco constitucional y la de la imagen del monarca esta última se ha tratado como una mercancía frágil. Un humorista se jactaba de la libertad de expresión que existe en España explicando que habla uno mal del presidente «y no pasa nada», hace lo mismo con el líder de la oposición «y no pasa nada», pero, decía «Hablas mal del Rey» y el resto de su frase lo adivinábamos en sus labios, porque no se le oía decir nada, como si una rápida mano censora hubiera cortado el sonido de su micrófono. Lo cierto es que ni Juan Carlos ni la Casa real, institución que les aglutina a él y a toda su familia directa y a sus abundantes nietos, suelen querellarse contra nadie, pero el ministerio fiscal sí ha perseguido a quienes consideraba que cometían un delito de «injurias contra la Corona».

En 1994, el escritor barcelonés Quim Monzó hacía, en el programa Persones humanes, de la televisión autonómica catalana TV3, un monólogo humorístico sobre la monarquía en general, ironizando sobre el arduo trabajo institucional que desempeñan los miembros de las casas reales y, mencionando a veces a la española, pero también a la británica y a la monegasca, halagaba a la realeza una y otra vez para acabar concluyendo que se trataba de una gran representación protocolaria que no significaba nada para nadie. Otro presentador, este en la estatal TVE, el humorista conocido como Gran Wyoming, invitaba a Monzó a su programa poco después y la dirección del ente televisivo vetaba la aparición de Monzó y, ante la persistencia de Wyoming en invitarle, cancelaba el programa de este (El peor programa de la semana). Probablemente sea el caso con más resonancia en la España de aquella época, pero también el que se cerró de manera más conciliadora: el siguiente programa que presentaría el Gran Wyoming (Caiga quien caiga, retransmitido de 1996 a 2002) fue muy mordaz con la clase política, pero cultivó una buena relación con la familia real, lo que pareció ser suficiente aval para que los mismos políticos que hasta entonces les habían evitado empezaran a dejarse fustigar por aquellos reporteros que regalaban gafas de sol a los borbones.

De todos modos, no fue un caso aislado. Antes, seis personas entre españoles y turistas habían sido llevados a los tribunales por injurias al Rey, sólo entre 1989 y 1991, incluido el joven José Espallargas que había añadido elementos obscenos a la imagen de don Juan Carlos que figuraba en el sello de correos con que mandó una carta a su novia. A un nivel más grave, el movimiento independentista vasco, cuyo discurso impugnaba e impugna todo el marco postfranquista, nunca ha reconocido nada español como propio y menos en el caso del Rey, al que consideran, ante todo, el sucesor de Franco y jefe del mismo estado al que se enfrentan. Esto y el clima de tensión política de 1981 explican, quizá más que el contenido del propio texto, que tres artículos escritos por Xabier Sánchez Erauskin y publicados por el periódico independentista Punto y hora de Euskal Herria le valiera a su autor un año de cárcel (nueve meses efectivos y tres de libertad condicional).

En el año 2000, la revista independentista de investigación Ardi Beltza («la oveja negra») había publicado una «biografía no autorizada» bajo el pseudónimo colectivo Patricia Sverlo que no tuvo repercusiones legales; sus autores habían asegurado, entendiendo que los hechos eran amenazantes aguas que nadie quería remover, que toda su información era veraz y que no esperaban demandas ante los tribunales porque consideraban que, en lo referente a la monarquía, imperaba la ley del silencio. En 2003, Arnaldo Otegi, líder independentista vasco, se refirió al Rey como «jefe de los torturadores», por lo que se le condenó a un año de prisión, aunque el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo acabaría reconociendo años después que sus declaraciones no eran difamantes, por lo que entraban dentro de la libertad de expresión y Otegi debía ser indemnizado.

Más sorprendente ha sido la falta de interés de la prensa rosa española por aquellos aspectos de la Casa real que pudieran degradar su imagen o, simplemente, quitarle glamour. En la prensa extranjera se ha hablado de las posibles relaciones extramatrimoniales del monarca, cosa que en España no ocurriría hasta que en 2012 emergiera la aristócrata alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, por más que la ex-«miss España» Bárbara Rey asegurara en 1997 que había sido amenazada y su piso, allanado, por tener documentos sobre su romance con «una alta personalidad» cuya identidad es vox populi. En la prensa italiana y de otros países, de hecho, se ha hablado en ocasiones de Paola Nicolis di Robilant, nacida en 1960 de una posible relación pasajera de Juan Carlos con la periodista Olghina Nicolis, condesa de Robilant, que es quien alega dicha paternidad para su hija, con apoyo de fotos de la época y que cartas que supuestamente le habría escrito De Borbón.

Esta posibilidad nunca se menciona en la prensa rosa española, pese a su irrelevancia política y a la normalidad de los hijos ilegítimos en la historia de la monarquía (Juan de Austria, personaje clave en la lucha entre españoles y otomanos por el Mediterráneo en el siglo XVI era hijo bastardo de Carlos I; a Leandro Alfonso Ruiz Moragas se le reconoce oficialmente ser hijo de Alfonso XIII, con quien tiene un innegable parecido, circunstancia que le convierte en medio tío de Juan Carlos I y el cantautor Joaquín Sabina, exponente de ese extraño juancarlismo monárquico-republicano de muchos españoles, se permitía decir en una canción costumbrista de 1998 que lo ilustra especialmente bien que «Sin hijas bastardas, no habría monarquía».

5. Se acabó lo que se daba

Las relaciones entre el Rey y los medios de comunicación, pese a ser tradicionalmente tan buenas, ya no son lo que eran. Teniendo en cuenta lo que sabemos de la España del siglo XXI y de este tema en concreto, tres factores podrían haber ayudado a llegar hasta aquí:

  • cierta revolución mediática: sólo hubo dos cadenas de televisión en España hasta 1983 en Cataluña (en que empiezan a emitir las autonómicas TV3 y Canal 33) y la comunidad autónoma del País Vasco (en que empiezan emitir ETB1 y ETB2, también autonómicas) y el número aumentará lentamente en 1985 (con la gallega TVG) y a partir de 1989, sobre todo, en que se ponen en marcha las otras autonómicas y otras tres privadas estatales. Con la década de 1990, sin embargo, llegarían las antenas parabólicas y, mucho más importante, con la de 2000 llegarían las conexiones a Internet y la TDT (televisión digital terrestre). A medida que esto ocurría, la posibilidad de un consenso entre redactores se difuminaba y, al contrario, la posibilidad de ser transgresor contra cualquier consenso anterior se volvía más posible y más tentador, pues ayudaba a desmarcarse de los demás medios.
  • La aparición de medios de comunicación como la cadena de TDT La Sexta o el periódico Público que se dirigían a un público a la izquierda del de la mayoría de los demás medios y que, además, utilizaban un estilo más sensacionalista que el de otros medios más afines al PSOE que el PP (como el periódico El País).
  • El auge de medios de comunicación más afines al PP que al PSOE y que endurecieron sus posiciones anteriores (como el diario El Mundo o la cadena de radio COPE) y la aparición de otros nuevos, como Libertad Digital o el grupo Intereconomía, también caracterizados por la dureza de sus posiciones y su alarmismo en comparación con los anteriores.

Cuando hablamos de «llegar hasta aquí», nos referimos a la sucesión de hechos impredecibles de los últimos nueve años. A finales de 2004, el Rey se encontraba con el entonces lehendakari (en vasco, «el que va primero», el presidente de aquella comunidad autónoma) Juan José Ibarretxe y lo cordial del gesto que compartieron, menos que un abrazo pero más que un apretón de manos, fue criticado en una carta pública por Rosa Díez (antigua dirigente del PSOE que había compartido gobierno autonómico con el partido de Ibarretxe, el PNV, pero que se estaba alejando de ambos desde 1998, en un proceso que le llevaría a fundar en 2007 el partido Unión, Progreso y Democracia para defender una política menos cooperativa con los nacionalismos periféricos). Díez consideraba que Ibarretxe y su partido desdeñaban a las víctimas de ETA e interpretó el gesto de Juan Carlos como más amistoso que protocolario, por lo que lo consideró esa cordialidad poco sensible con las víctimas de ETA, en una crítica sin precedentes.

Unos meses después se promulgaba el nuevo estatuto de Cataluña, que sustituía al anterior (de 1979) a la hora de sentar las bases de la política autonómica catalana, y el monarca recibía una andanada más dura y proveniente de más a la derecha. Federico Jiménez Losantos, entonces locutor de la cadena COPE y redactor de Libertad Digital, que había sido secuestrado y herido en 1981 por un comando independentista catalán que le había dicho que abandonara Cataluña (cosa que él, a su liberación, haría), denunció lo que, aseguraba, era un golpe de estado y un dinamitado de las instituciones desde dentro, precisando que el monarca, al no oponerse, estaba colaborando con él tanto como su abuelo Alfonso XIII había colaborado con el que llevó al general Primo de Rivera al poder en 1923.

Lo que eran, en principio, reacciones puntuales de los sectores más suspicaces con los nacionalismos periféricos, serían un anticipo de incidentes menos relevantes políticamente, pero con consecuencias más serias: también en 2005 se acusó de injurias a la Corona al grupo de rap Poetas de la calle (la condena sería de 360€ de multa) y, en octubre de 2006, un suplemento del periódico vasco Deia, afín al PNV, asegura que el monarca participó en una grotesca escena en su entonces reciente visita a Rusia, al cazar un oso que habría sido previamente emborrachado, algo que la Casa real negó.

En julio de 2007, la veterana revista de humor El jueves publica en portada una viñeta sexualmente explícita cuyos protagonistas son el príncipe Felipe y su mujer y en la que se da a entender que el Príncipe no ha trabajado nunca, lo que provoca que el juez Juan del Olmo ordenara el secuestro de la revista y los autores de la viñeta fueran condenados a 3.000 € de multa por injurias. El 13 de septiembre, dos días después de la conmemoración de la derrota de Cataluña ante el primer rey Borbón, Felipe V, Juan Carlos visita Girona (de mayoría catalanista, entre partidarios de la autonomía y de la independencia) y jóvenes independentistas queman fotos suyas, en un acto de rechazo simbólico que les supuso ser acusados en la Audiencia Nacional (tribunal especial centralizado en Madrid que sólo juzga los delitos contra la corona, los de terrorismo y los de narcotráfico), donde se pedía para ellos 15 meses de cárcel y multas, lo que provocó una oleada de protestas con más quemas de fotos y muñecos que representaban al monarca. Al mes siguiente, el veterano senador del PNV Iñaki Anasagasti se refería en su blog a la familia real como «pandilla de vagos». Mientras siguen las críticas contra él por parte de Jiménez Losantos, que le sigue reprochando en Internet y por la radio la convivencia institucional con los nacionalistas periféricos, Juan Carlos coincide en un acto público con Esperanza Aguirre (importante figura del PP bastante respetada por Jiménez Losantos) y, a propósito del locutor, discuten en tono hostil, cosa inaudita en el monarca.

En 2008 sería el alcalde de Puerto Real (de IU) quien sería juzgado y condenado (multa de 6.480€) por decir que De Borbón era «un corrupto» por ser hijo de Juan de Borbón, al que tachó de «crápula», e insistió en señalar el origen desconocido de la fortuna del Rey y en recordar la acusación, nunca demostrada ni comentada, según la cual Bárbara Rey había recibido dinero público a cambio de no hablar de su supuesta relación con el monarca.

Aún tendría que venir el incidente del «¿Por qué no te callas?». Ciertamente, si el encontronazo con Esperanza Aguirre había dado a conocer que el Rey pudiera enfadarse como todo ser humano, la cumbre iberoamericana de noviembre de 2007 demostró, en imagen y sonido, cómo De Borbón perdía la paciencia delante de una veintena de mandatarios al ser el presidente español Rodríguez Zapatero interrumpido varias veces por su homólogo venezolano Hugo Chávez. Esta vez la disputa fue más seria, puesto que el tema de fondo era la posible implicación del ex-presidente Aznar en el golpe de estado que apartó a Chávez del poder durante unos días (abril de 2002) y ambos mandatarios, con años de experiencia a sus espaldas, rebasaron claramente las formas diplomáticas, provocando discusiones al respecto en todo el mundo.

6. Un año para olvidar

Pese a que al menos un periódico había advertido de ello en los tiempos de la portada de El jueves, nadie pareció ver venir los escándalos relacionados con el segundo yerno del monarca, Iñaki Urdangarín, antiguo deportista de élite en balonmano, convertido en hombre de negocios y duque de Palma de Mallorca tras su boda con la infanta Cristina.

Cuando las sospechas sobre Urdangarín ya habían saltado a los titulares, mientras empezaba a flotar la pregunta sobre si Cristina de Borbón no sabía realmente nada de los presuntos negocios turbios de su marido, De Borbón se encontró otro problema. Saber que había necesitado una operación quirúrgica de urgencia en la cadera hizo saber que la intervención había tenido lugar en Botswana y esto llevó, a su vez, a la información de que todo había empezado con la caza de un elefante en aquel país. Que, en tiempos de crisis, cuando los españoles han visto a sus gobernantes descartar primero y anunciar después los más pavorosos desastres económicos, cuando se había cambiado la Constitución por primera vez en 33 años para blindar la solvencia presupuestaria del estado y aprobado una amnistía fiscal para que los defraudadores de impuestos puedan quedarse el 90% de lo defraudado a cambio de aclarar sus cuentas, cuando se ha aprobado hacer el mercado laboral menos estable y se baten récords de endeudamiento público, de paro juvenil, de paro general y de pobreza, cuando por primera vez en más de una generación se oye hablar de malnutrición infantil en España y la Troika reclama austeridad presupuestaria, que en tales tiempos el jefe de estado vaya a una cacería de elefantes a miles de kilómetros desató una imprevisible ola de indignación. Para colmo, la noticia, que recuerda a los reyes de la época absolutista y sus derroches, se publica el 14-04-12, en el 81º aniversario de la proclamación de la II república española.

Se estaba juzgando en la Audiencia Nacional a otro grupo de música, Ardor de estómago, por injurias a la Corona (la multa sería de 900€ para cada miembro del grupo), pero fue aquel elefante quien se convirtió en símbolo de lo que algunos consideran la desconexión entre la realeza y el pueblo llano. Juan Carlos, a su regreso a España, en un gesto también sin precedentes, dirá textualmente a las cámaras «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir». Hacía menos de cuatro meses que había estallado el «caso Urdangarín» y poco más de dos semanas que se habían empezado a filtrar a la prensa e-mails comprometedores del yerno real. En paralelo al escándalo por los posibles movimientos de dinero negro en la tesorería del PP, el duque de Palma era acusado de falsedad documental, prevaricación, fraude a la Administración y malversación de caudales públicos. Es inevitable preguntarse si habrá utilizado o no su calidad de miembro de la familia real para llevar a cabo sus presuntos negocios irregulares, basados en contactos y cuestiones de imagen, igual que es inevitable preguntarse si, de ser ciertas las acusaciones, la propia infanta e incluso el Rey lo han sabido en algún momento o no. Algunas informaciones filtradas a la prensa apuntan en esta dirección y, sin embargo, los jueces no se ponen de acuerdo en si la Duquesa debe o no ser imputada. El jueves lanzará un órdago en su número 1877 con una portada mucho menos inocente que la del número 1573, pese a lo cual ese no será secuestrado.

Claramente, la veda se ha abierto y nada volverá a ser como antes. Cuando otros pilares del régimen constitucional (como el PP y el PSOE, el conjunto de la profesión política, la policía o la pertenencia a la UE) alcanzan mínimos de popularidad históricos, la imagen del monarca se ve muy comprometida. Los abucheos y pitadas cada vez que De Borbón asiste a un evento deportivo se han vuelto habituales los últimos años y muy ruidosas desde 2012.

Mientras tres de los ponentes de la Constitución ya han fallecido, los demás son ancianos y el otro motor de la Transición, Adolfo Suárez, pierde la memoria en las brumas del mal de Alzheimer, Juan Carlos de Borbón es un anciano de 75 años que ha necesitado tres intervenciones en el último año y medio y ya tuvo que ser operado por un nódulo no canceroso en un pulmón en 2010. El tiempo pasa inexorablemente y es inevitable preguntarse si se trata sólo de una mala racha o realmente se han acumulado los pequeños malestares de casi cuarenta años de reinado. ¿Y si no fuera una mala racha, se trataría de la decadencia de su reinado o de la institución monárquica? Pero, precisamente si las circunstancias son complicadas, ¿quién tendrá más experiencia que él para gestionarlas? He ahí el tipo de debates que el español de a pie puede suponerle al monarca ¿hay que apurar el tiempo que la vida le dé o dejar paso al nuevo Felipe, aun a riesgo de que España ya ni pueda ser juancarlista ni quiera ser monárquica?

 

Pour citer cette ressource :

Bruno Rogero, "Juan Carlos de Borbón y su imagen pública", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), septembre 2013. Consulté le 14/12/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/civilisation/histoire-espagnole/les-grandes-figures/juan-carlos-de-borbon-y-su-imagen-publica