Vous êtes ici : Accueil / Civilisation / Histoire espagnole / Du Moyen-Âge au Siècle d'Or / JIMÉNEZ DE RADA

JIMÉNEZ DE RADA

Par Mathilde Baron : Doctorante - Université Toulouse II Le Mirail
Publié par Christine Bini le 30/06/2008
Rodrigo Jiménez de Rada es una figura destacable entre los doctos eclesiásticos del siglo XIII. Nació probablemente en 1170 en Puente la Reina, en Navarra. Después de haber estudiado Derecho y Teología en el extranjero, conoció una rápida ascensión en la jerarquía eclesiástica, del obispado de Osma al arzobispado de Toledo. Participó con Alfonso VIII en la Batalla de las Navas de Tolosa, acabando dos años más tarde canciller de Castilla, durante los reinos de Enrique I y de Fernando III. Así, no fue sólo un gran eclesiástico que defendió la primacía de la archidiócesis de Toledo sobre la de Tarragona, sino también un ambicioso político dispuesto a comprometerse en campañas militares, a veces sin éxito. Murió en el Ródano, el 10 de junio de 1247, cuando regresaba de Lyón, donde se había entrevistado con el Papa Inocencio IV. Su cuerpo fue embalsamado y trasladado, según su voluntad, al monasterio de Santa María de Huerta, donde aún hoy sigue enterrado.

 

JIMÉNEZ DE RADA Y EL EPISODIO DE LA PROFANACIÓN DE LA MEZQUITA MAYOR DE TOLEDO

Introducción

  Rodrigo Jiménez de Rada es una figura destacable entre los doctos eclesiásticos del siglo XIII. Nació probablemente en 1170 en Puente la Reina, en Navarra. Después de haber estudiado Derecho y Teología en el extranjero, conoció una rápida ascensión en la jerarquía eclesiástica, del obispado de Osma al arzobispado de Toledo. Participó con Alfonso VIII en la Batalla de las Navas de Tolosa, acabando dos años más tarde canciller de Castilla, durante los reinos de Enrique I y de Fernando III. Así, no fue sólo un gran eclesiástico que defendió la primacía de la archidiócesis de Toledo sobre la de Tarragona, sino también un ambicioso político dispuesto a comprometerse en campañas militares, a veces sin éxito. Murió en el Ródano, el 10 de junio de 1247, cuando regresaba de Lyón, donde se había entrevistado con el Papa Inocencio IV. Su cuerpo fue embalsamado y trasladado, según su voluntad, al monasterio de Santa María de Huerta, donde aún hoy sigue enterrado. Fue al final de su vida cuando Jiménez de Rada empezó a escribir su gran obra, el De rebus Hispaniae, crónica en latín que abarca toda la historia peninsular, desde la fundación mítica de España hasta el reinado de Fernando III. Esta obra tiene una importancia sin precedentes en la historia de la cronística. Como lo recuerda Juan Fernández Valverde :

Las crónicas locales, que incidían especialmente sobre los asuntos de cada reino, se habían ido creando en los siglos precedentes como ramas desgajadas del gran tronco de las historias generales que, arrancando en un pasado bíblico y grecorromano, seguían considerando a Roma como el eje del mundo y continuaban aplicando el criterio cronológico de las Seis Edades, con un cierto regusto analístico en el relato de los sucesivos acontecimientos. En el caso español, el ejemplo más claro era el de San Isidoro. (1)

Así, después del cataclismo de la invasión árabe, que supuso también la pérdida de un gran número de documentos, la historiografía astur-leonesa logró recomponer un patrimonio histórico, pero centrado en los focos que constituían estos reinos. Si la Crónica Najerense evidencia una voluntad de ensanchar la perspectiva, la obra de Lucas de Tuy focaliza de nuevo su interés alrededor de León. Respecto a estos intentos, Jiménez de Rada posee su originalidad: no sólo recopila, sino que analiza, compara y refunde las crónicas anteriores con el objetivo de escribir una historia  « por encima de las fronteras de los reinos y al margen del transcurrir de los tiempos » (2)  como lo pone de manifiesto en el Prólogo del De rebus Hispaniae : « ad historiam Hispanie contexendam » (3) . Con esta dimensión supranacional, la obra vino a ser considerada como la cumbre de la cronística hispano-latina medieval, incluso en la misma Edad Media : fue la fuente de inspiración principal de la grande Estoria de España redactada bajo el reinado de Alfonso X. Fue también la última gran crónica en latín. Con lo cual cierra un ciclo e inicia otro. Procuraremos difundir más datos acerca de esta obra y de su autor a lo largo de nuestro estudio, cuya óptica es la del comentario de un texto en particular : el episodio de la profanación de la mezquita mayor de Toledo por los cristianos. El objetivo del estudio es mostrar cómo el contenido de este relato está estrechamente vinculado a unos acontecimientos biográficos, políticos e históricos que condicionaron su producción. También se pretende demostrar que este extracto es representativo de unas teorías  político-sociales subyacentes en la totalidad del De rebus Hispaniae. Así, se comprobaría que ningún relato historiográfico es inocente, y que « l'Histoire est discours », según las palabras del medievalista francés Georges Martin (4) . – Proponemos seguir cinco pistas de estudio a partir del texto: entre mito literario e historia, ¿cómo clasificar el episodio?; la figura del rey; la fe; el papel de la reina y de Bernardo; Rodrigo y los mozárabes. Así intentaremos poner de relieve unos de los aspectos de la escritura y del pensamiento de Jiménez de Rada, y explicar sus raíces y sus implicaciones. 

1. Entre mito literario e historia

  El relato de la toma de la aljama de Toledo en el De rebus Hispaniae presenta una inverosimilitud mayor. Don Rodrigo no fecha el acontecimiento con precisión sino que sólo lo presenta como posterior a la elección de Bernardo de Sédirac como arzobispo. Afirma que esa elección ocurre el 18 de diciembre de 1086. El episodio que nos interesa sería entonces posterior. Sin embargo, existe un privilegio del 18 de diciembre de 1086 que menciona en efecto la elección de Bernardo, pero que dota también la catedral « officio erepta diabolo » (5). La toma de la mezquita es, por lo tanto, anterior. Esta inexactitud cronológica suscita ya unas sospechas, aunque no influya en sí sobre el valor histórico del contenido del episodio tal como lo cuenta don Rodrigo. No obstante, tanto la mismísima escritura, con artificios estilísticos literarios, como la estructura narrativa del extracto, nos inducen a considerarlo como un pegadizo legendario. En comparación con la versión de la Primera crónica general, parece que Jiménez de Rada cuenta el episodio de manera más concisa y minimalista. En realidad, al analizar el extracto con mayor detenimiento, uno puede comprobar que esta concisión es más bien una sutil sobriedad. El uso del quiasma en nuestro extracto ilustra está comprobación. Don Rodrigo utiliza esta figura literaria, frecuente en latín tanto en los textos antiguos como tardíos, para describir con gran fuerza expresiva el estado de espíritu del rey « indignatus animo et dolore accensus » o el empeño de la reina: « Regina Constancia hortante »/« ad instanciam uxoris sue regine Constancie ». El quiasma, cuyo efecto retórico es el decir mucho con pocas palabras, encaja perfectamente con un discurso de tonalidad histórica pero dramatizado. Con la hipérbole, por otra parte, se introduce de manera complementaria en el discurso lo inverosímil. El texto rebosa de hipérboles y basta con mencionar la descripción del rey o de la actitud de los árabes, presentados como una muchedumbre imposible de contar, una « multitudinem » : « arabes autem, ut erant prudentes, eleuatis uocibus et flexis poplitibus, cum lacrimis audientiam postularunt ». Los ablativos absolutos y otros complementos circunstanciales dan a la escena un giro dramático totalmente exagerado. Pero además de estos rasgos estilísticos característicos, es la misma estructura del episodio la que remite al campo de la leyenda o del mito como relato de fundación o de justificación de un conjunto de hechos presentes. En este caso, se trata de justificar la toma de la mezquita que, en el momento en que está escribiendo Jiménez de Rada, se está transformando, por la propia iniciativa de nuestro arzobispo, en una nueva catedral gótica. Unos capítulos antes, don Rodrigo cuenta que un pacto obligaba en efecto a Alfonso VI a dejar para siempre la mezquita a los moros (6). ¿Cómo se puede explicar entonces que ya no sea suya? Según el relato del De rebus, es la perfidia de la reina y del electo Bernardo que rompe el equilibrio de esta situación inicial. Pero afortunadamente, el orden está reestablecido, gracias a la flexibilidad de los árabes que liberan al rey de su promesa y todo acaba por arreglarse, según un esquema narrativo tradicional. No exactamente, en realidad, porque la situación inicial no es realmente reestablecida: ¡los musulmanes han perdido su mezquita! La clave reside en la penúltima fase: para volver a la situación inicial, Jiménez de Rada hubiera podido dejar que se ejerciese el furor del rey para castigar a los culpables; Alfonso VI hubiera entonces devuelto la mezquita a los musulmanes. Pero así, no se hubiera justificado la realidad histórica de la conversión de la aljama, evidentemente. Por lo cual, el Toledano está obligado a utilizar un subterfugio al sugerir que la toma de la mezquita fue, al fin y al cabo, una cesión voluntaria por parte de los musulmanes. En efecto, estos temerían una hipotética venganza de los descendientes de la reina, después de la muerte del rey, en caso de que decidiera matarla. Como subraya Ana Echevarría (7) , es precisamente este subterfugio que da al episodio su carácter inverosímil y que nos induce a calificarlo de « legendario ». Se añade el que don Rodrigo vuelve a utilizar de manera manifiesta unos arquetipos típicos, por ejemplo el tópico negativo acerca de la figura femenina, como fuentes de la trama narrativa de su relato. Así, además del fallo cronológico, el estilo, los tópicos vinculados a los personajes y la misma estructura del episodio son pruebas de que este pasaje no es un relato histórico, sino más bien un mito histórico-literario.  « La historia y la epopeya son hermanas », afirma Ramón Menéndez Pidal, en la introducción de su primera edición de la Primera crónica general. Y sigue:

Arraigan en los mismos sentimientos y persiguen fines análogos. En ambas se realiza una doble aspiración humana: la de sobrevivir en el recuerdo de las generaciones venideras, y la de revivir la existencia de las generaciones pasadas; historia y epopeya son un doble enlace que anuda el pasado con el presente y el futuro. Pero ambas tienen condiciones de vida muy diversas, y sus asuntos, sus recursos y su desarrollo son muy diferentes: la una se escribe entre los doctos, y la otra se dirige a la gente lega; mas a pesar de tan diverso destino, la historia de los eruditos se deja influir bastante por la historia popular de los indoctos (8). 

Esta sentencia define perfectamente uno de los aspectos más importantes de la gran obra  histórico-literaria que introduce. En efecto, se percibe en numerosos trozos de la Primera crónica general una inspiración procedente de los cantares de gesta así como la influencia de grandes relatos míticos antiguos y bíblicos. Además, Toledo, antigua capital del reino visigodo, una  « cima de la Historia, lo es también de la otra historia, aquella de la que se apodera la imaginación colectiva para guardar en ella como algo precioso su memoria » comenta Jeanne Battesti Pèlegrin (9). Por lo cual, la ciudad se encuentra vinculada a varias leyendas: Adán, primer rey de Toledo, aventuras del rey Rocas, leyenda de la Mesa de Salomón. En Toledo nacieron entonces historias que dieron a España parte de su patrimonio cultural y que se encuentran recopiladas, con otros relatos de esencia comparable, en la Primera crónica general. Uno de los objetivos de esta crónica, como lo subraya Ramón Menéndez Pidal, es precisamente recomponer un folklore popular digno de pertenecer, según sus autores, a la Historia de España en castellano. Por eso, « la historia de los eruditos se deja influir bastante por la historia popular de los indoctos »... – El De rebus Hispaniae, aunque algo más austero, se incluye ya en este movimiento. ¿No evoca don Rodrigo en su crónica el episodio de la casa cerrada, transformándola en el fabuloso palacio de Hércules? Dentro de este palacio, cuenta el arzobispo que hay un arca que contiene el horrible destino de la Hispania visigoda. Al abrirla, Rodrigo, el rey visigodo, comete un pecado de curiosidad y precipita la caída del reino. Así se explica, en parte, la Historia y la conquista árabe. Sin embargo, Jiménez de Rada escribe ante todo una crónica cuya vocación es histórico-política, y « hay momentos en que su beligerancia hacia lo tradicional o legendario se acrecienta » nota Juan Fernández Valverde (10). En efecto, adopta una actitud muy crítica respecto a las fuentes que utiliza, por ejemplo acerca del tema del viaje de Carlomagno en el territorio peninsular: después de un meticuloso análisis topográfico, concluye don Rodrigo: « Así pues, es preciso asentir más a la evidencia de los hechos que prestar la atención a los relatos legendarios » (11). Pero, obviamente si se valora una postura crítica, no se rechaza lo legendario. Una frágil preferencia que no se respeta siempre... ¿Cómo interpretar entonces el relato de la toma de la aljama si su autor es un recopilador que pretende desmitificar la Historia pero que, por otra parte, también produce leyendas (12) ? Este episodio es probablemente inventado. Pero ¿es una falsificación que pretende ser la verdad o es un mito plenamente asumido como ficticio? Siempre hay espíritus dispuestos a creer las leyendas y si coinciden con algún rencor popular, su éxito es cierto. Eso pasó sin duda con la leyenda de la toma de la aljama tal como la cuenta Jiménez de Rada: se les echó la culpa a unos chivos expiatorios ideales y la gente no puso en tela de juicio el asunto. Se lo creyó todo como verdad histórica. Por supuesto el arzobispo intentó falsificar los acontecimientos, pero para quien no lo creía, había otra salida: cobraba el texto un valor metafórico o sea que el relato se convertía en un medio para difundir unos compromisos socio-políticos o unas amargas críticas. La actitud del lector condiciona entonces, el mismo objetivo del texto. Así, al fin y al cabo, se supera la alternativa ilusión de verdad o ficción asumida. Y de todas formas, es verídico el texto porque cualquier ficción expresa la realidad de su tiempo y de sus condiciones de producción. Queda mucho, entonces, que descifrar, para entender las verdades escondidas en el texto de don Rodrigo.  

2. La figura del rey

  Al analizar con mayor detenimiento el papel de la hipérbole en el capítulo 24, uno se da cuenta de que su función es fundamentalmente política: la hipérbole sirve para glorificar al personaje del rey cuya descripción es ditirámbica. Don Rodrigo insiste en particular en la noble ira del monarca: « indignatus animo et dolore accensus ». Éste recorre en tres días la distancia que separa Sahagún y Toledo (lo que era simplemente imposible) y entra a galope tendido en la ciudad como un héroe-justiciero; quiere quemar Bernardo y Constanza y su caballo que piafa simboliza metafóricamente su afán de justicia: « Tunc rex aliquantum substitit tenens equm ». La evocación de la actitud de Alfonso es apasionadamente dramatizada. Otro pasaje nos proporciona un panegírico aún más claro; es el capítulo 21 del libro VI titulado « De uirtutibus Aldefonsi »:

Hic fuit strenuitate maxima nobilis, uirtute excelsus, gloria singularis ; habundauit in diebus eius iusticia, finem accepit seruitus, consolationem lacrime, augmentum fides, dilatationem patria, audaciam populus ; confusus est inimicus, obmutuit gladius, cessauit Arabs, timuit Affer ; ploratus et ululatus Hispanie usque ad istum mansit. [...] elegit laborem indiuiduum comitem uite sue ; delicias miseriam reputabat et belli dubia experiri delectabile et iocundum, id deperditum deputans uite sue, in quo belli pericula non agebat. Rex accrecens magnanimus Aldefonsus, rex accrecens sedit in forti ; arcus eius confisus in Dominio inuenit graciam in occulis Creatoris ; magnificauit eum in timore inimicorum et in populo suo elegit eum zelare fidem, dilatare regnum, exterminare inimicos, concludere aduersarios, multiplicare ecclesias, restaurare sancta, restituere dissipata (13). 

Jiménez de Rada alude aquí a un reinado ideal y describe el florecimiento del reino en todos los campos: justicia, religión, patria, paz interior y exterior gracias a las victorias militares. El « buen gobernar » del rey se manifiesta. Su virtud, su valor, todas sus cualidades personales justifican primero su reinado. Luego recibe el apoyo de Dios. Esto nos hace pensar en antiguos ideales políticos formulados por San Isidoro en sus Etimologías, a la base de la organización monárquica visigoda. El título del capítulo correspondiente en la Primera crónica general alude de manera evidente a la pareja, cualidades personales y buen gobernar: « El capitulo de las buenas obras et de las uertudes deste rey don Alffonso (14) » . Allí también leemos una alabanza al rey. – No nos extrañan tantas alabanzas: es el regalismo habitual de estas crónicas, aunque se puedan distinguir matices. Por ejemplo en la Primera crónica general, el rey no es el único héroe. Comparte el protagonismo con unos rebeldes tales como el Cid cuyas peripecias ocupan largos capítulos. En cambio, en el De rebus Hispaniae, no se alude para nada a sus aventuras. Para Jiménez de Rada, el único héroe es el rey. Sin embargo, este regalismo sufre discretas excepciones. Así, la presentación de la figura de Fernando III, coetáneo de don Rodrigo, no encaja con este modelo. Nuestro arzobispo es de una frialdad y de una sobriedad sorprendentes a la hora de describir este monarca. Como apunta Juan Fernández Valverde, « Ni siquiera el capítulo X del libro IX titulado Sobre la alabanza del rey Fernando y su esposa Beatriz responde a su propósito (15)» . ¿Por qué? ¿Están favorecidos Alfonso VI y sus coetáneos? Recordemos que tanto la crónica de Jiménez de Rada como la de Lucas de Tuy o de Berceo, nacen, en el siglo XIII, en un contexto muy particular. Ana Echevarría subraya que es la época de la « reanudación de las grandes conquistas » y que estas obras historiográficas tienen un papel de « justificación y propaganda a la vez (16)» . Las figuras de los « reyes fuertes » federan y se vuelve a promover, en torno a ellas, el ideal de Reconquista. Por eso están glorificados. Pero si se glorifican los monarcas de los siglos pasados para apoyar la política de los reyes coetáneos a la redacción de estas crónicas, se tendría que alabar a estos últimos tanto como a los primeros. ¿Por qué entonces apartar a Fernando III? ¿Habría pasado algo entre el rey y el arzobispo? ¿Qué tensiones hubo que repercutieron sobre la crónica?  

3. La fe

  Para contestar, hay que analizar con más profundidad la comparación entre Alfonso VI y Fernando III. La figura de Alfonso VI se construye esencialmente alrededor de un tema fundamental: el del cumplir su palabra.  Don Rodrigo presenta a Alfonso como el buen rey por excelencia, en gran parte porque respeta, a pesar de numerosos obstáculos, los compromisos que tiene. Esta lealtad se asimila a un rasgo característico de la personalidad del monarca porque aparece desde la primera descripción del rey que encontramos en el De rebus. Después de la evocación de las diversas cualidades de Alfonso VI, en el mismo capítulo, el arzobispo recuerda como éste ayudó a Al-Mamun, rey musulmán de Toledo, a luchar contra otro jefe árabe, el rey de Córdoba, « pro federis debito », « propter pacta que olim precesserant inter eos (17)» .  En efecto, antes de ser rey, cuando se había refugiado en Toledo par huir de su hermano Sancho, se había comprometido con Al-Mamun: « [...] sollempniter est receptus et multis muneribus honoratus. Et rex Toleti, interposito iuramento securitatis, sibi prestitit caucionem [...] (18) » . Renuevan nuestros protagonistas sus juramentos mutuos durante un episodio de una gran belleza en el que Al-Mamun y Alfonso parecen grandes amigos a pesar del presagio de conflictos futuros:

Iterum quadam die cum Aldefonsus iuxta Almemon causa solacii consederet, ceperunt erigi capilli uerticis Aldefonsi et Almemon cepit comprimere manu sua ; set capilli tanto amplius ceperunt erigi quanto amplius premebantur. Et sapientes Arabum hoc notantes suaserunt regi ut interficeret Aldefonsus, quia  pronosticum hoc signabat ipsum ad urbis dominium eleuandum. Almemon uero noluit fedus promisse fidei uiolare, set iurari peciit ne eo uiuente sui regni terminos infestaret, et rex Aldefonsus Almemoni spontaneus hoc iurauit (19). –

En el capítulo 19, mientras Alfonso está todavía refugiado en Toledo, unos mensajeros vienen a avisarlo de la muerte de su hermano. Por consiguiente, tiene que subir al trono. Al ser rey, se convierte en un enemigo potencial de Al-Mamun. Sin embargo, en vez de esconderle la noticia y de irse en secreto, se muestra leal y se lo dice todo, sin temer su reacción :

 [...] rex Adelfonsus confidens in Domino sic respondit : Honorifice me recepit et necessaria liberaliter ministrauit et ut filium me tractauit ; quomodo eum celare potero que dominus michi fecit . Et accedens ad eum, quod per nuncios acceperat, reuelauit (20). 

Para mostrarle su gratitud, Al-Mamun le ofrece muchos regalos y antes de dejar que se vaya,

hoc exegit, ut rex Aldefonsus iuramentum sibi et filio primogenito, quod de securitate fecerat, innouaret et, cum necessitas inmineret, contra uicinos Arabes adiuuaret ; et ipse et filius primogenitus Aldefonso se federe simili obligarunt. Erat autem minor filius de cuius federe nil dixerunt, nec Aldefonsus fuit ei in aliquo obligatus (21). 

Puede que este último detalle lo haya inventado el arzobispo ; pero es fundamental. Permite salvar la virtud del rey. En efecto, después de la muerte de Al-Mamun, Alfonso va a asediar Toledo que está entre las manos del hijo menor. De no estar liberado de su juramento, se encontraría en contradicción con su palabra. La precaución narrativa es entonces imprescindible. Parece que es la misma lógica de preservación de la integridad de la figura real que dirige el desarrollo del relato de la toma de la mezquita aljama. Por eso se les echa la culpa a Bernardo y Constanza. El rey se indigna al aprender lo que hicieron, no porque hayan violentado a la comunidad musulmana, sino porque han manchado su honor y desacreditado su palabra : « Non vobis injuria facta fuit, sed mihi, cuius fides fuit hactenus illibata ; sed iam de cetero de fide non potero me iactare [...]». Pero como los musulmanes lo liberan  « voluntarie », todo se acaba « sin fidei laesione ». La cláusula del respeto de la gran mezquita como propiedad sempiterna de los musulmanes es históricamente criticada. Las fuentes árabes no la mencionan y parece por primera vez en el De rebus Hispaniae antes de ser adoptada por la Crónica de Veinte Reyes y la Primera crónica general. Es posible que la haya inventado Jiménez de Rada. Pero ¿por qué? Porque desde hace más de diez capítulos, don Rodrigo se empeña a construir la figura de un rey que respeta sus compromisos y, como un autor de literatura épica, acumula los obstáculos en el camino de su héroe para demostrar con más fuerza su virtud. Además, este guión le permite echar les la culpa a personajes que quiere probablemente desvalorizar frente a la figura ejemplar del rey. Pero la demostración a la cual se dedica Jiménez de Rada no es sólo la de la virtud de Alfonso VI, sino también la de la vigencia de un modelo de organización socio-política de la monarquía, que pretende defender. Hemos visto que la idea de compromiso, de obligación, es omnipresente y que se expresa a través de una terminología abundante: fedus, pactum, iuramentum, fides. En su estudio sobre los « fundamentos y la configuración del poder en el reino », tales como los enuncia Jiménez de Rada en el De rebus Hispaniae, Georges Martin nos ayuda a aclarar esta terminología confusa y a saltar del campo moral al campo socio-político (22). El buen príncipe es el que favorece a la aristocracia. A cambio de su larguitas, los aristócratas deben dar pruebas de su fidelitas. Jiménez de Rada distingue dos tipos de fidelitas : la fidelitas naturali domini, que es una « dependencia innata del sujeto respecto al rey como amo supremo de los hombres nacidos en el reino (23) »  y otra fidelitas « que no recibe ningún calificativo sino que consiste en una dependencia adquirida mediante el hominium (24)» . Este esquema parece sencillo. En realidad se complica bastante : don Rodrigo introduce una tercera noción, el dominii debitum que supera las dos primeras ; extiende el hominium a la dependencia natural ; menciona, por fin, otras prácticas de obligación : pactio, pactus, foedus, juramentum. No obstante, existe una « matriz terminológico-nocional alrededor de la cual, en la axiología latente del De rebus Hispaniae, todas las formas de obligaciones gravitan : la fides (fe)». La fides compromete tanto al sujeto respecto a su soberano, como al rey respecto a sus sujetos. Puede regir  tanto el trato entre dos monarcas como unas relaciones ínter nobiliarias. « El compromiso de la fe se presenta, en el De rebus Hispaniae, como obligación fundamental [...] la fe abarca la totalidad de las relaciones políticas (25)»  :

 Quid fide gloriosus ? Impossibile est deo placere quempiam sine fide, si prima gracia in iustificatione impii fides a theologis predicatur et per hanc dampnatus homo gracie redonatur. Quid fidelitate pocius appetendum ? Cum enim sit utilis et honesta, sine hac Deus, qui omnia potest, noluit mundum regi, quia si hec periret, homo homini non subesset nec quisquam ab alio tutus esset et conuictus inter homines non adesset, set nec quisquam sufficeret sibi solus et ita congregatio hominum deperiret : igitur cuncta pro nichilo facta essent ; fides itaque sit preuia omnibus, per quam quilibet Deo placet, qui est Dominus dominorum ; fidelitatem etiam circa inferiores tanquam pupillam occuli inuiolatam custodiat et illesam[...] (26). 

Aquí se asocia la fides a la fidelitas. Ambas aparecen como « valores que ordenan el mundo (27)» . Pero Rodrigo añade una última distinción, de natura ontológica : la fidelitas rige las relaciones interpersonales mientras que la fides determina también la relación del hombre con Dios, testigo de su compromiso. Fides y fidelitas salvan la « Ciudad de los hombres » del caos y abren el camino hacia la « Ciudad de Dios ». Entonces, la fides no es sólo un « compromiso personal condicionado por el respeto de una obligación recíproca (28)»  en el cual se apoya todo el sistema monárquico que defiende Rodrigo y que supone « la adhesión personal de los sujetos aristocráticos (29)»  ; es también un concepto que da a la organización política una legitimidad teológica, bajo la mirada protectora del Todo-Potente. – La actitud de Alfonso VI en nuestro episodio es por lo tanto uno de los ejemplos de la fe puesta a prueba e ilustra un aspecto fundamental del pensamiento socio-político difundido por Jiménez de Rada en el De rebus Hispaniae. Pero al insistir tanto en este tema respecto a Alfonso VI, y al obliterarlo totalmente con Fernando III, ¿no exprimiría también don Rodrigo un rencor personal en contra de ese último monarca ? – Juan Fernández Valverde se pregunta que es lo que ocurrió entre el arzobispo y Fernando III que pudiera explicar que, en el capítulo 18 del libro VII, con su discurso sobre la fe, don Rodrigo pareciera « echarle en cara algo al rey [...] (30)» . Peter Linehan alega unas razones que aclaran el asunto (31). Era común pensar, entre los historiadores, que Jiménez de Rada hubiera abandonado la cancillería de buen grado en 1230/1231 y que tal vez hubiera sugerido al rey el nombre de su sucesor, Juan de Soria. Por lo menos, « en la medida en que él podía inferir, la transmisión de la cancillería castellana se hizo con su pleno acuerdo (32) » . Peter Linehan pone en tela de juicio esta versión de la historia y demuestra que la transmisión de la cancillería fue más  bien la decisión del rey solo. Esta decisión entroncaba con un gran proyecto de «unificación tanto de las cancillerías de los reinos como de los mismísimos reinos, bajo la autoridad de una sola persona (33)» . En otros términos, esto no fue en absoluto sugerido por Jiménez de Rada, sino que él mismo fue la víctima: lo despachó Fernando III. Además, al morir Juan de Soria « don Rodrigo hubiera debido recuperar la cancillería, ya que lo había prometido Fernando III en un privilegio solemne de abril 1230: la cancillería tendría que volver a sus manos o a las de su sucesor libere et quiete » en este caso. « Pero en 1246 nada de eso ocurrió (34)» . Al contrario, la cancillería pasó a Pedro Martínez, un discípulo de Juan de Soria. Concluye Peter Linehan: « Quo volunt reges vadunt leges; el proverbio que citaba don Rodrigo a propósito de la abrogación de la liturgia visigoda se aplicaba a su propio caso (35)» . – Entonces, entre 1230 y 1247, en el escenario de las intrigas palatinas, se da la deposición del arzobispo de Toledo. Fernando III, que intenta sofocar el poder del eclesiástico y pretende gobernar según le place, fomenta, con Juan de Soria, estrategias para apartarle de la vida política. También es la época de las acusaciones difamatorias que lanza la Orden de Santiago contra don Rodrigo. Físicamente disminuido, ¿entra el arzobispo en una fase de depresión? Jiménez de Rada escribe el De rebus alrededor de 1240: es el tiempo de las palabras después del tiempo de los actos. Es también el tiempo de la amargura para el eclesiástico traicionado por su rey. No extraña, entonces, que haya construido una amplia teoría de la fe y de la lealtad de la cual excluye a Fernando. Tal vez pretenda darle una última lección de conveniencia política y moral.  

4. El papel de la reina y de Bernardo

  Para que quede sin mancha la figura del rey, se necesitan chivos expiatorios: Constanza y Bernardo. La Primera crónica general no discute la culpabilidad de estos dos personajes al reproducir el mismo relato del acontecimiento que en el De rebus. Sin embargo, unas cien páginas más allá, en el pasaje de la muerte de Bernardo, uno puede leer, una frase que parece denegar la versión antes propuesta:

Fallesciendo ya ell poder de la natura de la uida en el onrrado primas don Bernaldo, passosse alli deste mundo et fuesse a Jhesu Cristo. Et mandosse leuar a la çipdad de Toledo, et enterrar en la eglesia de Sancta Maria, la que con el rey y con la reyna fizieran o era la meçquita de los moros antes (36).

Por supuesto se puede interpretar la referencia al rey como la mera mención de su papel en la consagración de la iglesia. Pero también se puede entender como denegación de su total inocencia en la toma de la mezquita. En el De rebus, no ocurre. En lo que se refiere a la muerte de Bernardo, Jiménez de Rada se conforma con decir: « [...] in ecclesia, quam de mezquita ad titulum beate Virginis consecrarat, optinuit [...] sepulturam [...] (37)» . Don Rodrigo asume plenamente su versión de los acontecimientos y la culpa recae principalmente sobre la reina, presentada como la instigadora de la profanación. Es la que actúa en la sombra y manipula a Bernardo, considerado como un simple ejecutante: « Cumque Rex ad partes Legionis ivisset, ipse electus, Regina Constantia hortante, de nocte adscitis militibus christianis, maiorem Mezquitam ingressus est Toletanam». En el mismo capítulo, don Rodrigo afirma que es también responsable del cambio de rito ya que Alfonso,

ad instantiam uxoris sue Regine Constancie quae erat de partibus Galliarum, misit Romam ad Gregorium Papam septimum, ut in Hispaniis, omisso Toletano, Romanum seu Gallicanum officium seruaretur.

En el capítulo siguiente, « De commutatione Officii Toletani », el rey, « a Regina suaso », amenaza al pueblo que no quiere abandonar el antiguo rito. Más adelante, organiza un duelo para decidir qué rito será adoptado. El caballero que representa el oficio toledano vence, pero « Rex adeo fuit a Regina Constantia stimulatus, quod a proposito non discessit, duellum iudicans ius non esse ». Clemente Palencia ha mostrado que, en realidad,  no es  Constanza de Borgoña sino Inés de Aquitana la que presencia el duelo. Pero a Rodrigo, poco le importa. Doña Constanza se ha convertido en la figura de la culpabilidad frente al rey siempre inocente. ¿Por qué? Está claro que Jiménez de Rada reanuda aquí con el tópico de la mujer manipuladora.  Si el medievo peninsular rebosa, de manera general, de figuras femeninas fuertes en el campo político, cuenta también con uno ejemplos particulares de mujeres que intervinieron precisamente en el campo religioso: ¿no fueron las mujeres de Leovigildo y Hermenegildo quienes les exhortaron a defender respectivamente el arrianismo y el cristianismo latino? Acabó por estallar una guerra civil.  Este tópico se arraiga simplemente en la tradición bíblica, que proporciona figuras tan negativas como la de Eva o de Jezabel. La mujer es responsable del pecado, y en particular del pecado original que condiciona el destino de todo un pueblo. Entronca también con la mitología antigua. Así, la Cava, hija del conde Julián, es otra Helena de Troya que será, en este caso, « Gallie Gothice et Hispanie exicialis excidii causa (38)» , según el mismo Jiménez de Rada. En efecto, Rodrigo, el rey visigodo, seducido por los encantos de esta mujer, la violará, lo que despertará la ira del conde dispuesto a pactar con los musulmanes y a traicionar el reino para vengarse. Por lo tanto, las mujeres son culpables ideales para poder atribuirles las culpas que los reyes no pueden asumir. Por ejemplo, el asesinato de Sancho II en Zamora fue primero imputado a Alfonso VI, pero, pronto, la culpa recayó sobre su hermana Urraca. Es más, se repite exactamente, en fuentes cristianas posteriores, el esquema explicativo de la esposa que incita al rey a despojar a los musulmanes de su mezquita: doña Berenguela, primera mujer de Alfonso VII, habría sido al origen de la conversión de la mezquita que llamamos hoy « del Salvador » de Toledo, en 1159. Esta mezquita había sustituido la mezquita mayor en su papel de aljama. Así, doña Berenguela, que aquel día se encontraba muy nerviosa,

se entró a guarecer y encomendar a Dios en el lugar donde es ahora esta iglesia, que entonces era mezquita de moros, y cesando la tempestad propuso hacer con el Rey su marido que esta mezquita fuese iglesia de cristianos dedicada con título y advocación de San Salvador en honor de la Epifanía (39). 

  La iniciativa recae otra vez sobre la esposa, pero, por lo menos, no hay ninguna traición o perfidia manipuladora por su parte, a diferencia de lo que ocurre en el relato de la toma de la mezquita mayor. ¿Por qué entonces resulta tan negativa la figura de doña Constanza? Hay un detalle que no deja de repetir Jiménez de Rada: su origen francés. Lo menciona por ejemplo desde el principio del capítulo 24: « [...] ad instantiam uxoris suae Reginae Constantiae quae erat de partibus Galliarum [...] ». Es importante en la medida en que se plantea luego, en el capítulo 25, la oposición entre « officium Toletanum » y « officium Gallicanum » que designa el rito romano. Don Rodrigo cuenta que el pueblo entero está a favor del « officium Toletanum » pero que se impone por fuerza el « officium Gallicanum » a causa de las artimañas de Constanza de Borgoña. Se percibe cierto rencor frente a  una forma de invasión francesa. De ahí un tópico antifrancés del cual Bernardo de Sédirac también es víctima. – El electo Bernardo es también culpable de la profanación de la mezquita y de la violación de la palabra del rey. Por lo cual, el monarca quiere quemarlo junto con su esposa. Sin embargo su responsabilidad parece menor ya que es sólo un ejecutante. Además, la descripción que hace don Rodrigo de este « virum religionis et prudencie », en el capítulo 24, es al  principio muy positiva:

Hic cum fuisset ab infantia litteratus, omisso clericatu, militiae se adscripsit,: exinde vocatus ab Hugone Cluniacensi Abbate, cum eo laudabilem egit vitam. Deinde cum Res Aldefonsus vellet Sanctorum Facundi et Primiviti, ex ea causa quam diximus, monasterium ampliare, mittit ad venerabilem Hugonem Cluniacensem Abbatem, ut ei virum providum et religiosum mitteret, qui in praedicto monasterio Sanctorum facundi et Primiviti Abbatis officio fungeretur ; et sicut in Galliis illud monasterium praecellebat, ita et itsud omnibus monasteriis eiusdem ordinis in Hispaniis praesideret. Praedictus autem Abbas Cluniacensis Bernardum quem ob sanctitatis meritum carum habebat, cumaliis monachis destinavit. Qui mox veniens, factus Abbas, omnibus se exhibuit amabilem et benignum, adeo quod cum Deus omnipotens Toletum Christianae restituit potestati, mox ipse post modicum intervallum fuit electus in Archiepiscopum et Primatem.

Pero pronto se deteriora : « Cumque rex ad partes Legionis ivisset, ipse electus, Regina Constantia hortante, de nocte adscitis militibus christianis, maiorem Mezquitam ingressus est Toletanam [...] ». Quizás fuera ya algo irónico empezar la descripción de Bernardo por la explicación de su  « vocación »  por no haber otro remedio : « et postmodum infirmitate coactus, in monasterio Sancti Aurentii Auxitani, beati Benedicti regulae, sumpto habitu, se dicavit ». Pero sobre todo, al adjuntar sin ninguna transición esta descripción al episodio de la profanación de la mezquita, don Rodrigo crea en el espíritu de su lector la impresión de que la primera acción concreta de Bernardo no es nada más que una traición, como si se hubiera comportado bien para ser electo y que una vez satisfecha su ambición, mostrara su otra cara. La descripción es entonces voluntariamente ambigua. ¿Cómo explicar tal ambigüedad? – – Es normal que Rodrigo muestre cierto respeto a su predecesor, que hizo mucho para que la sede toledana recobrase su antiguo esplendor. Ve sin duda en Bernardo un hombre algo brusco pero hábil, cuya pugnacidad admira. Ambos arzobispos fueron hombres ambiciosos e influyentes entre papas y reyes. Bernardo de Sédirac era el hombre de confianza de Urbano II; Rodrigo Jiménez de Rada se puso igualmente al servicio de la Santa Sede, de la cual fue uno de los principales representantes, a pesar de ciertas tensiones al final de su vida. – No obstante estas convergencias, don Rodrigo privilegia el tópico antifrancés a la hora de relatar la profanación de la mezquita, así que se deteriora la imagen de Bernardo a pesar de todo. Es importante subrayar que la defección de los caballeros francos, justo antes de la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212 contribuyó a alimentar este tópico. Es verdad que Jiménez de Rada recibió una formación francesa: después de una estancia en Bolonia, estudia en París donde adquiere el título de Magister theologiae. Pero esto no es prueba de un interés particular de Rodrigo por el país vecino. Era costumbre en las ricas familias navarras mandar a sus hijos al extranjero para estudiar, y sólo hay tres studia generalia en Europa: el de Salerno para la Medicina, el de Bolonia para el Derecho, el de París para la Teología y las Artes. ¿No suscitó su estancia en París ninguna francofilia? Admiraba por lo menos el gótico francés cuya arquitectura pretenderá reproducir y superar transformando la antigua mezquita mayor en catedral. Pero parece que, a pesar de todo, al echar la culpa sobre los franceses, no sólo en el episodio de la toma de la mezquita, sino también en la imposición del rito romano, don Rodrigo se posiciona a favor del clero mozárabe contra la llegada de los franceses que traen consigo la aplicación concreta de la reforma gregoriana. ¿ Es exacta esta impresión? ¿Cuáles eran las relaciones de nuestro arzobispo con los mozárabes?  

5. Rodrigo y los mozárabes

  Como explica Jean-Pierre Dedieu, desde el siglo VI, el mundo cristiano de Occidente vivía recogido en sí mismo. Pero alrededor del año mil, «comienza una profunda renovación (40)» . El papado y las órdenes religiosas en plena expansión son unos de los motores principales de esta dinámica que se ve concretizada en una sed insaciable de territorios hacia el sur. El papa Gregorio VII es sobre todo un actor fundamental. Sus ambiciones personales encuentran su consagración en el gran proyecto de restauración de una Iglesia cristiana occidental grande y fuerte sobre la cual podría ejercer su autoridad que considera como universal e ilimitada. Este proyecto de centralización del poder implica primero la recuperación del territorio considerado como cristiano y en aquel momento entre las manos de los musulmanes, y segundo, una unificación de la cristiandad occidental mediante la difusión de una reforma generalizada. La Península, en parte ocupada por los musulmanes y en manos de la iglesia mozárabe, cuya historia quedaba para siempre manchada por la herejía adopcionista, era el objetivo principal del gran proyecto gregoriano. Así se justificaba el impulso de Reconquista hacia el sur, pero también las tentativas de sofocación de la iglesia mozárabe mediante la imposición del rito romano. En la época de Jiménez de Rada, en pleno siglo XIII, ya habían pasado 150 años desde la introducción del rito romano, y se había aplacado, en teoría, el mozarabismo. En realidad, numerosos núcleos de resistencia se constituyeron en varios monasterios, e incluso cuando el Papado lograba fagocitarlos, muchas prácticas litúrgicas se mantenían. En la época de don Rodrigo, las heridas viejas de más de dos siglos todavía no habían cicatrizado (41) . El arzobispo era profundamente y sinceramente un hombre de la nueva cristiandad romana. Pero esto no impedía que tuviera una mirada crítica sobre el pasado y que volviera a utilizar unos tópicos amargos que presentaban a los franceses como culpables de todo lo malo que había ocurrido. Así se podría explicar que el arzobispo apoyara las protestas del clero parroquial mozárabe de Toledo. Por ejemplo en febrero de 1238, tuvo lugar una sublevación de este clero que se negó a participar en la procesión en honor de San Eugenio, primer arzobispo de Toledo y evangelizador imaginario de la ciudad, de origen francés, según la leyenda. Francisco J. Hernández afirma que se puede ver en estos acontecimientos

[...] una rebelión de los clérigos indígenas contra el viejo símbolo del dominio extranjero sobre la Iglesia de Toledo [...] (42)

En julio de este mismo año, don Rodrigo decidió, « dedicar la capilla central de la nueva catedral al Ildefonso local y olvidar al Eugenio francés ». En efecto, entre las quatorce capillas de la catedral « Ninguna quedó adscrita a San Eugenio.(43) » . Mostraba así el arzobispo que apoyaba al clero parroquial autóctono. Pero, en cambio, odiaba profundamente a los canónigos del cabildo de la catedral, también en mayoría de estirpe mozárabe. Así se explica, sobre todo, el apoyo del arzobispo a la sublevación parroquial. En efecto éste se opone, en dicha cuestión, al cabildo. Resulta que don Rodrigo está en conflicto permanente con los canónigos. Según Francisco J. Hernández (44), el arzobispo, al que atribuye una insaciable « hambre de oro », envidioso de algunas prerrogativas del cabildo, intenta perpetuamente despojarle de sus posesiones y de sus rentas territoriales. Don Rodrigo necesita dinero para financiar el aumento del número de racioneros que impone para ilustrar el esplendor de su arzobispado. Mandará que lo pague el cabildo. Busca fondos, sobre todo, para llevar a cabo la realización del gran proyecto que debe asentar su gloria presente y póstuma : la construcción de la nueva catedral gótica. Despojar el cabildo le parece, otra vez, la solución apropiada. Por supuesto, el cabildo se defiende frente a estas agresiones constantes y acaba por encontrar en la persona del papa alguien que escuche las quejas que sus representantes expresan. El rencor del arzobispo, impotente, se puede leer entonces en sus escritos, cuando llama con desprecio a los mozárabes « Mixti Arabes ». Francisco J. Hernández sitúa este rencor en un contexto más amplio, vinculado a las especificidades de la Reconquista en Toledo :

La limpieza étnica con que se forzaba el cambio de la noche a la mañana vaciando las ciudades reconquistadas no pudo ocurrir aquí, porque la población indígena cristiana, islamizada hasta la médula en todo menos en su religión, logró permanecer y ocupar mayoritariamente la ciudad después de la conquista de Alfonso VI en 1085. Y eso supuso la continuidad de una cultura representada por la  forma de mezquita que don Rodrigo estaba empeñado en destruir porque suponía la presencia del enemigo dentro de la ciudad, el enemigo que él veía agazapado en la sangre de los mozárabes, sus Mixti Arabes. Y, en el fondo tenía razón. Porque aunque no fuera mestiza, sin duda lo era su cultura, y la cultura tiene más fuerza que la sangre (45). –

Efectivamente, fue Rodrigo quien construyó esta catedral, « instrumento de asimilación » de la comunidad mozárabe. Así que a la vez que difunde el tópico antifrancés, no apoya, ni mucho menos, a los mozárabes, sobre todo cuando impiden la afirmación de su potencia.

CONCLUSIÓN

El episodio de la profanación de la mezquita aljama de Toledo, tal como lo cuenta Jiménez de Rada, no es un relato objetivo de la realidad histórica. Primero, es un discurso que expresa unos rencores muy profundos relacionados con la experiencia personal de su autor. Pero, sobre todo, es un manifiesto ideológico : no sólo es una alabanza de los monarcas castellanos representados por la figura de Alfonso VI, sino que también es la ilustración parcial de los fundamentos de un tratado socio-político latente en la totalidad del De rebus Hispaniae. A esto se añade la dimensión propagandista de este escrito en un contexto de Reconquista y de reanudación de las ofensivas contra los moros. Pero no se trata de un discurso aislado sino que tiene un complemento necesario en la piedra : la transformación arquitectural de las mezquitas-catedrales en nuevas catedrales góticas. Esas obras gigantes son los actos que apoyan el discurso, la ideología transmitida a los doctos como a la muchedumbre popular. Precisamente, Rodrigo no fue sólo un cronista, sino también él que emprendió las obras de la nueva catedral de Toledo. Al intervenir en estos dos campos, ha conseguido don Rodrigo, y a pesar de las vicisitudes, dejar la imagen de uno de los intelectuales más importantes del medievo peninsular. 

BIBLIOGRAFÍA

  CARDAILLAC Louis (dir.), Toledo siglos XII-XIII. Musulmanes, cristianos y judíos : la sabiduría y la tolerancia, Madrid : Alianza Editorial, 1992. DELGADO VALERO Clara, Toledo islámico :  ciudad, arte e historia, Toledo : Zocodover, 1987. ECHEVARRÍA Ana, « La transformación del espacio islámico (siglos XI-XIII) », in : HENRIET Patrick (dir.), Représentation de l'espace et du temps dans l'Espagne des IXe-XIIIe siècles. La construction de légitimités chrétiennes, Lyon : ENS-Éditions (Annexes des Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 15), 2003, p. 34-51. FERNÁNDEZ VALVERDE Juan (trad.), Historia de los hechos de España de Rodrigo Jiménez de Rada, Madrid : Alianza, 1989, introducción. HERNÁNDEZ Francisco J., « La hora de don Rodrigo », Cahiers d'études hispaniques medievales, 26, 2003, p. 15-72. JIMÉNEZ DE RADA Rodrigo, Historia  de rebus Hispanie, Turnhout : Brepols (Corpus Christianorum), 1987. LINEHAN Peter, « Don Rodrigo and the government of the kingdom », Cahiers d'études hispaniques medievales, 26, 2003, p. 87-100. MARTIN Georges, Les juges de Castille, mentalité et discours historique dans l'Espagne médiévale (Annexes des Cahiers de linguistique hispanique médiévale), Paris: Klincksieck, 1992. MARTIN Georges, « Fondations monastiques et territorialité. Comment Rodrigue de Tolède a inventé la Castille », in : HENRIET Patrick (dir.), Représentation de l'espace et du temps dans l'Espagne des IXe-XIIIe siècles. La construction de légitimités chrétiennes, Lyon : ENS-Éditions (Annexes des Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 15), 2003, p. 243-261. MENÉNDEZ PIDAL Ramón (ed.), Primera crónica general de España (3e edición), Madrid : Gredos, 1977.  

Notas

 (1) - Juan FERNÁNDEZ VALVERDE (trad.), Historia de los hechos de España de Rodrigo Jiménez de Rada, Madrid : Alianza, 1989, introducción, p. 41. (2) - Ibid, p. 43. (3) - Rodrigo JIMÉNEZ DE RADA, Historia  de rebus Hispanie, Turnhout : Brepols (Corpus Christianorum), 1987, p. 7. (4) - Georges MARTIN, Les juges de Castille, mentalité et discours historique dans l'Espagne médiévale (Annexes des Cahiers de linguistique hispanique médiévale), Paris: Klincksieck, 1992. (5) - Archivo Histórico Nacional, códice 987B, folio 9. (6) - R. JIMÉNEZ DE RADA, op. cit., libro VI, cap. 22, p. 204-205. (7) - Ana ECHEVARRÍA, « La transformación del espacio islámico (siglos XI-XIII) », in : Patrick HENRIET (dir.), Représentation de l'espace et du temps dans l'Espagne des IXe-XIIIe siècles. La construction de légitimités chrétiennes, Lyon : ENS-Éditions (Annexes des Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 15), 2003, p. 34-51. (8) - Ramón MENÉNDEZ PIDAL (ed.), Primera crónica general de España (3e edición), Madrid : Gredos, 1977, apéndice, p. 877. (9) - Jeanne BATTESTI PELEGRIN, « La fascinación de un mito », in : Louis CARDAILLAC (dir.), Toledo siglos XII-XIII. Musulmanes, cristianos y judíos : la sabiduría y la tolerancia, Madrid : Alianza Editorial, 1992, p. 229-243, p. 230. (10) - J. FÉRNANDEZ VALVERDE (trad.), op. cit., introducción, p. 38. (11) - Ibid, p. 38-39 y nota 90. (12) - Ver también, por ejemplo, el artículo de Georges MARTIN, « Fondations monastiques et territorialité. Comment Rodrigue de Tolède a inventé la Castille », in : Patrick HENRIET (dir.), Représentation de l'espace et du temps dans l'Espagne des IXe-XIIIe siècles. La construction de légitimités chrétiennes, Lyon : ENS-Éditions (Annexes des Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 15), 2003, p. 243-261. (13) - R. JIMÉNEZ DE RADA, op. cit., libro VI, cap. 21, p. 202. (14) - R. MENÉNDEZ PIDAL (ed.), op. cit., cap. 846, p. 519. (15) - J. FÉRNANDEZ VALVERDE (trad.), op. cit., p. 27-28. (16) - A. ECHEVARRÍA, art. cit. (17) - R. JIMÉNEZ DE RADA, op. cit., libro VI, cap. 21, p. 203. (18) -  Ibid., p. 196. (19) - Ibid., p. 297. (20) - Ibid, p. 200. (21) - Ibid, p. 201. (22) - G. MARTIN, Les juges ..., p. 260-270. (23) - Ibid., p. 263. (23) - Loc. cit. (25) - Ibid., p. 266. (26) - R. JIMÉNEZ DE RADA, op. cit., libro VII, cap. 18, p. 240. (27) - G. MARTIN, Les juges..., p.268. (28) - Ibid., p. 267. (29) - Loc. cit. (30) - J. FERNÁNDEZ VALVERDE (trad.), op. cit., p. 50. (31) - Peter LINEHAN, « Don Rodrigo and the government of the kingdom », Cahiers d'études hispaniques medievales, 26, 2003, p. 87-100. (32) - Loc. cit. (33) - Loc. cit. (34) - Loc. cit. (35) - Loc. cit. (36) - R. MENÉNDEZ PIDAL (ed.), op. cit., cap. 968, p. 649. (37) - R. JIMÉNEZ DE RADA, op. cit., libro VII, cap. 4, p. 225. (38) - Ibid., p. 100. (39) - Clara DELGADO VALERO, Toledo islámico :  ciudad, arte e historia, Toledo : Zocodover, 1987, p. 275 cita a F. PISA. (40) - Jean-Pierre DEDIEU, « El reflujo del Islam español », in : L. CARDAILLAC (dir.), op. cit., p. 41-55, p. 41.  (41) - Ver Francisco J. HERNÁNDEZ, « La catedral, instrumento de asimilación », in : L. CARDAILLAC (dir.), op. cit., p. 79-97. (42) - F. J. HERNÁNDEZ, art. cit., p. 95. (43) - Loc. cit. (44) - F. J. HERNÁNDEZ, « La hora de don Rodrigo », Cahiers d'études hispaniques medievales, 26, 2003, p. 15-72. (45) - Loc. cit.

Pour citer cette ressource :

Mathilde Baron, "JIMÉNEZ DE RADA ", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), juin 2008. Consulté le 25/04/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/civilisation/histoire-espagnole/histoire-medievale/jimenez-de-rada-