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Una vida en el siglo XX (espagnol)

Par Teresa Albareda Carulla, Marta Martinez Valls : Etudiant-chercheur
Publié par Christine Bini le 02/10/2008
Traduction en espagnol de l'interview en catalan de Teresa Albareda.

 

Introducción

A principios del siglo XX y ante todos los avances tecnológicos que se habían experimentado en las décadas anteriores, empiezan a florecer por toda Europa nuevos ideales: inspirados por las tesis de Marx o de Proudhon, muchos son los que creen que un mundo diferente es posible. Jean Jaures se considera el padre del socialismo francés, en 1917 la revolución bolchevique marca un momento decisivo en toda la historia mundial. En España se proclama la segunda República en 1931 y en Francia se instaura un gobierno socialista en 1936. Sin embargo, este movimiento se verá reprimido muy rápidamente: 18 de julio del 1936, alzamiento militar en España, 1 de septiembre del 1939, estalla la Segunda Guerra Mundial. Durante este período oscuro del siglo pasado muchos son los que tienen que recorrer los caminos del exilio, y muchos los oprimidos que tienen que quedarse en su país, a pesar de las duras represalias de los gobiernos: anarquistas, republicanos, judíos y tantos otros que tuvieron que vivir al margen. En este momento en que se intenta recuperar la memoria histórica y evitar que se olvide lo ocurrido, pocos son los que pueden darnos un testimonio vivo de lo que pasaron. Teresa Albareda es una mujer casi centenaria. Una mujer del bando de los rojos, los oprimidos, de los marginados, y aún más siendo mujer. Porque no se trata de una persona cualquiera, Teresa es realmente un ser excepcional, que nos ha querido contar con lucidez y un punto de vista muy crítico su experiencia, los trágicos años de la guerra civil y su exilio permanente. Queremos agradecer ante todo a Teresa y a su hija Amàlia Prat su disponibilidad y toda la atención que nos han acordado, a pesar de sus muchas ocupaciones.

La entrevista

Presentación

Teresa, el próximo día 1 de mayo cumplirá 97 años, ¡felicidades! 1 de mayo, una fecha un tanto simbólica teniendo en cuenta la orientación que quiso dar a su vida y sus ideales, ¿verdad?

Pues sí, ya se lo he dicho a mis hijas más de una vez, nací en una fecha predestinada, y no podía ser sino una mujer rebelde!

Ahora usted vive en Anglesola, un pueblecito cerca de Tàrrega y de Lleida. En una casa de payés. ¿Fue aquí donde nació?

Nací en 1911 en un pueblo agrícola de al lado de Cervera, Pallarols ; un poco más tarde un tío mío, al volver de la Argentina, se desplazó hasta Anglesola y compró la casa donde vivo ahora, que mi hermana mayor, de veinte años más que yo, me dejó cuando murió.

¿Cómo recuerda los primeros años de su vida? 

Mis primeros años, los recuerdo junto a mi madre, y con un padre que cuando volvía del huerto, me llevaba a escondidas un melocotón que yo me comía con deleite ; tan sólo tenía tres años, pero la imagen de la calle empinada y de mi padre bajando del huerto no se me ha borrado de la memoria. Mi padre murió poco después, y toda la familia, mi madre con siete hijos, tuvimos que trasladarnos a Terrassa.

Terrassa era una ciudad industrial en esa época...

Exactamente. Todos mis hermanos encontraron trabajo allí, era una ciudad industrial en plena expansión, pero yo, siendo niña, me quedaba en casa y cuando podía, que no era siempre, me mandaban a una escuela que había en el barrio donde aprendí a leer y a escribir. Mis hermanos se espabilaron, aunque dos hermanas murieron jóvenes, algunos se casaron en Terrassa, otros a Arenys... y yo, al cumplir los once años, ya tuve que ir a la fábrica, a recoser los defectos de los tramados, que se ve que tenía maña. Dejar de ir a la escuela me resultó doloroso, me gustaba mucho, pero en casa necesitaban mi sueldo...

En 1925 era usted muy joven, ¿qué influencia tuvo en sus ideas el primer golpe de estado de Primo de Rivera?

No me acuerdo mucho de aquella etapa. En casa todos estaban pendientes del trabajo, y yo, después de un par de años de colegio, que debo al Sr. Magí, un buen vecino que se ocupó de encontrarme sitio en una escuela de los alrededores y que insistió para que mi madre me dejara ir, entré a la fábrica a recoser los defectos de los tramados.

Los años de la República

¿Y la República? ¿Cómo vivió todo esto? ¿Qué supuso para su familia, sus amigos?

Yo tenía veinte años cuando se proclamó la República. Recuerdo que estábamos al trabajo y empezamos a oír un gran alboroto entre los jefes, y al salir a la calle, todo el mundo tiraba calle abajo, hacia el ayuntamiento, todos estaban excitados y eufóricos. Una amiga mía, que trabajaba conmigo, una de las mejores amigas que he tenido a pesar de que ella no tenía ideas políticas, estaba espantada ante todo aquel bullicio, pero la convencí para que fuéramos hasta allí. Banderas, clamores y discursos, un ambiente festivo y alentado que todavía recuerdo, y en medio de todo esto, la sensación de que habíamos conseguido un gobierno progresista que cambiaría el destino de la clase trabajadora...

¿Y la palabra Andorra, en aquel entonces, qué representaba para usted?

Yo a penas si sabía nada, de esas Valls. Pero había leído que era un país sin ejército y de lengua oficial la catalana, lo que me lo hacía bastante atractivo. Durante todos esos años tuvo tiempo de conocer a su compañero sentimental y de empezar a fundar una familia. Cuando era muy jovencita me gustaba ir a las ferias en las que había paradas de libros. La lectura era mi distracción preferida, y a veces no tenía dinero ni para comprarme un solo libro. Recuerdo que íbamos con la Manela a visitar una de ellas, tal vez la Feria del libro, y que vi a uno que costaba más dinero que el que llevaba conmigo. El Pere también estaba allí, nos conocíamos de vista, de algún encuentro en el ateneo o en el Cercle de les Lletres (Círculo de las Letras)... Me quiso comprar el libro fuere como fuere, y así empezó nuestra relación... Durante nuestro noviazgo, nuestra única diversión era ir algún domingo con el centro excursionista de Terrassa hasta las colinas de los alrededores, sobretodo a Sant Llorenç del Munt. Nos casamos en 1933, y nuestro viaje de novios consistió simplemente en coger un barco en el puerto de Barcelona, ida y vuelta hasta Valencia, me parece que en menos de una semana. Pero para mí ya fue algo excepcional...

La guerra civil

18 de julio de 1936. Golpe de estado franquista y principio de la guerra civil. ¿Y entonces, qué?

Pues fue un desastre. Mi marido militaba a la CNT, en el ramo del textil, porque además de ser cafetero como toda su familia, había estudiado en la escuela industrial y se había puesto a trabajar en una fábrica en la que era líder sindical. Yo me quedé embarazada de mi primer hijo justo el año anterior al golpe de estado, Román nació en marzo del 1936. En un primer momento, la euforia de los sindicatos y de la clase trabajadora era increíble, nunca creyeron que perderían la batalla. Pero para mí, todo era muy confuso y embrollado, tenía miedo, mucho miedo después de que los franquistas entraran a Barcelona...

Cuando se acaba la guerra su compañero tiene que exiliarse. ¿Tuvo tiempo de verle antes de que se fuera?

Sí, estábamos juntos, pero yo me tenía que quedar en casa para cuidar de la familia de mi marido y del niño.

L'après-guerre - la posguerra

¿Cómo se las apañó entonces?

Cuando mi marido tuvo que exiliarse a Francia yo vivía con los padres y las hermanas de él a Terrassa, con un hijo de tres años que no volvió a ver a su padre hasta los once. Vivir en casa de él me resultó muy pesado, su familia no compartía para nada sus ideas, eran gente más bien acomodada y reaccionaria y me culpaban a mí por haberle inflado la cabeza con nuestras ideas comunes.

¿Qué consecuencias tuvo la victoria de Franco en su pueblo?

En Terrassa la desbandada fue muy fuerte. Éramos miles a recorrer los caminos del exilio, a pie, en camiones cargados a tope, en coches estropeados... Nos movía el miedo, sabíamos quién se quedaba en el bando rojo y las terribles represalias que esto comportaba.

Usted fue muy valiente, Teresa, porque cruzó la frontera dos veces, una para Francia y otra de vuelta a España con un hijo pequeño, y eso a pesar de la opresión franquista. ¿Cómo fue la huida hacia Francia?

Después de no saber nada de nuestros maridos y al llegarnos la noticia de que estaban presos en un campo francés, no dudamos ni un momento en coger a los niños y pasar la frontera por el Perthus. Yo estaba cansada de aguantar los reproches de la familia de mi marido, de aquí mi decisión. Éramos dos amigas, yo iba con Román que tenía tres años en mis espaldas y ella con una niña de la misma edad ; tuvimos que vender la habitación de matrimonio para poder contar con un poco de dinero y llegar hasta Francia. Después de pasar el Perthus con un miedo terrible de que no nos vieran los guardias y con los niños enfermos de sarampión, nos ingresaron al campo de mujeres de Argelers donde, desgraciadamente, la niña de mi amiga, la Carmen, murió. Román aguantó fuerte, pero también estaba muy débil por culpa de la fiebre, que a penas si podíamos controlarla en una playa húmeda y fría y con sólo un plato de lentejas para comer.

¿De qué manera les acogió la gente de allá? ¿Qué esperaban de aquel nuevo país?

La verdad es que siempre pensamos que aquella derrota no duraría, que en Francia la gente entendería nuestro compromiso con la libertad. Pero no fue así. El gobierno francés se vio sobrepasado por tanta gente, y el trato... pues hubo de todo. Siempre recordaré, al bajar del tren a Argelers, unas mujeres con biberones y leche caliente para nuestros hijos. Otros, que estaban más enojados, nos gritaban: ¡Españoles, idos a robar el pan a Franco y no os comáis el nuestro! Había de todo. En el campo, nos trataban duramente, pero también había quien te consolaba de tu terrible destino... Un gendarme nos dijo que las mujeres que quisieran hacer faenas podrían ganarse algún dinero. Yo lo hice. Unas chicas jóvenes me guardaban al niño, y en casa del gendarme, la madame me enseñó una casa que se acababan de comprar. Le dije que era muy bonita, que se parecía a la que yo tenía en Terrassa. Ella, sorprendida y enojada, me contestó: ¿Tiene una casa como ésta? ¿Y así, por qué la ha querido hacer, la revolución? Por cosas distintas a los bienes materiales, señora, le contesté. Me miró toda contrariada y me dio un trapo para que lo pasara por los muebles. Me enfadé tanto que al día siguiente no quise volver, alegando que mi hijo me necesitaba, por miedo de enojar al gendarme.

¿Porqué decidió regresar a España?

Nos vimos con nuestros maridos, pero muy poco. Al final, decidimos regresar a casa porque ellos se habían alistado en campos de trabajo que más tarde les conducirían hasta la Ligne Maginot, cerca de la frontera alemana. Con mi desconsolada amiga que había perdido a su marido y a su hija, emprendimos el camino de vuelta a casa, pero en la frontera nos detuvieron y nos llevaron a la cárcel para mujeres de Figueres, donde cada día nos obligaban a cantar el Cara al sol con el brazo alzado. Yo tuve que avisar a la familia de Terrassa para que vinieran a buscar a Román. Aquel tiempo en la cárcel fue penoso...

¿Y la vuelta a Terrassa, después? ¿La gente de su casa debía de ayudarla?

La vuelta fue desastrosa. A parte del jaleo que hubo entre mis suegros y cuñadas por haberles obligado a venir a buscar a Román en la cárcel de Figueres, la animosidad para conmigo por no haber hecho regresar a mi marido fue considerable. Entre ellos, o entre la gente de la tienda, comentaban: No ha tenido suerte, el Peret, con una mujer como la suya que no le ha sabido convencer de volver a su casa, a su sitio. Y yo tenía que aguantarme, porque no sabía adónde ir ni de qué manera rebatir su poca sensibilidad. Mi marido nunca volvió a su casa ni, a pesar de ser el hijo mayor y heredero, nunca recibió ninguna compensación de parte de su madre ni de sus hermanas. Lo perdió todo por culpa de sus ideas, y nunca se quejó, entendía que la falta de cultura de su familia les hacía ver las cosas de manera diferente.

Ésta debe de ser una de las razones por las que se quiso emancipar un poco de su familia política... ¿Cómo se lo montó?

Decidí coger un piso pequeño para vivir sola con mi hijo y volver a la fábrica ; pero el niño, que estaba acostumbrado a una vida más plácida, me reprochaba constantemente haberlo separado de la familia de su padre. Pasamos unos años con bastante penuria. Tan sólo tenía tiempo para ir a la fábrica y atender al niño. Mi gran amiga, la Manela, me ayudó en todo, así como mi hermana mayor, la María, que desde Anglesola me enviaba paquetes con comida. La Manela nunca se separó de mí, ni de mi hijo, y rezaba para que todo volviese a la normalidad y que me reencontrara con mi compañero, aunque yo me burlara de la religión. Nos respetamos respectivamente y nunca se rompió la amistad que nos unía. Pero aquellos años fueron tan oscuros, y siempre esperando noticias de los maridos desaparecidos...

¿Continuó invistiéndose en acciones revolucionarias en aquella época?

La verdad es que tenia que trabajar, ¡y mucho!, para poder vivir. Pero no dejaba de ir a los centros culturales, que en aquel momento estaban bien desiertos y diferentes de lo que habían sido los ateneos populares de la República. Pero todavía se encontraba algún que otro libro, o alguna conferencia, tan diferentes, también, de las de la Federica Montseny o de la Clara Campoamor, que había escuchado con deleite...

¿En aquel entonces no tenía ningún tipo de relación con Andorra?

No, a penas si había oído hablar de aquel país, aunque el hecho de que no tuviera ejército se me había quedado grabado en la memoria.

Mientras tanto su compañero se había quedado en Francia, que ya estaba en plena segunda guerra mundial. ¿Qué fue lo que pasó?

Después del campo de Argelers, mi compañero fue detenido en 1939 en un campo de trabajo al que enviaban a los presos para reforzar la Ligne Maginot y evitar la avanzada de los alemanes. De allí fue a parar en el campo de Mauthausen, en Austria. A partir de 1939 ya no supe nada más de él, hasta mayo de 45, cuando los aliados americanos abrieron los campos. Yo continué mandando paquetes a Mauthausen, a pesar de la mala cara de su familia que me decía que era inútil, que el Peret debía de estar muerto, y yo les contestaba que si no era él, otro habría a quien le harían provecho... Tenía el ánimo desecho como tantas y tantas mujeres, pensaba que quizás sí, todo se había acabado, y las perspectivas franquistas nos dejaban tan poca esperanza...

Pero se salió de esto, el Pere... En aquella época no había teléfonos ni todas estas tecnologías modernas que nos permiten comunicar, y a pesar de todo se volvieron a encontrar. ¿Cómo?

Fue un milagro que se salvara. Para mí fue impactante, sólo pensaba en cómo estaría, y cómo nos podríamos volver a encontrar, y él ver que su hijo había crecido tanto... Mi marido no fue liberado hasta 1945, cuando las tropas aliadas entraron en el campo y liberaron a los pocos presos que quedaban allí, porque muchos habían muerto durante aquellos seis trágicos años. No tuve noticias suyas hasta el final de la guerra, cuando me dijo que estaba libre y que la Cruz Roja internacional le había trasladado a un hospital de París. La primera postal desde aquella ciudad de la luz me hizo recuperar la esperanza. Después de recorrer Francia durante un par de años, en casa de amigos anarquistas, el Juan y la Rita del Var y el Juan y la Ascención de Toulouse, se sintió con fuerzas, más recuperado gracias al buen trato de estos buenos amigos, de ir hasta Andorra, donde me dijo que me esperaría.

Andorra

¿Fue así como decidió marchar hacia Andorra?

Como ya te he dicho antes, él estuvo poco más de un año en Francia, a casa de unos amigos que lo curaban de sus heridas. Después, recibí una carta desde Andorra, del Bar Central de la Plaça d'Escaldes, en la que me decía que había encontrado trabajo de camarero y que quería que me fuera a encontrarme con él. Me costó mucho tomar la decisión de marchar, y más aun teniendo un hijo de diez años que ya había organizado su vida escolar en Terrassa.

Entonces no era nada fácil cruzar la frontera, sobretodo cuando se estaba fichado por el gobierno militar. ¿Cómo se las apañó?

Pues cogí el autobús, sin papeles, hasta un pueblo cerca de la frontera andorrana que se llama Arcavell. Allí subí por una cuesta que llevaba al pueblo y una buena mujer me dijo que si me subía hasta el pico, vería abajo del todo el primer pueblo andorrano, Sant Julià. Los pies no me tocaban al suelo de la alegría, pero cuando llegué a lo más alto, estaba todo cubierto por la niebla y los caminos se borraban. Decidí hacerme una yacija con hojas secas y pasar la noche debajo de unas encinas. Al día siguiente, al amanecer, oí un tintineo de esquilas y de entre la niebla aparecieron unos pastores con su rebaño. Què és allò, una dona? (Qué es esto, una mujer?), dijo uno. Se acercaron a mí y yo les pregunté por dónde tenía que tirar para llegar a Andorra. Ellos me señalaron un punto y un pueblo diminuto, Sant Julià. Bajé aquella cuesta sin que los pies me tocaran al suelo y, cuando llegué al pueblo, cogí un autobús que me llevó hasta Escaldes.

¿Y su compañero? Cuando me vio tan desaliñada y después de tanto tiempo, se emocionó... ¿Cómo fueron aquellos  primeros años?

No me acuerdo mucho, sólo sé que lo encontré tan cambiado... Estaba muy delgado, demacrado, pero conservaba las ganas de vivir y de volver a empezar. Era un hombre mentalmente muy fuerte. Pero muy poco nos duró la vuelta a la felicidad. Nació nuestra hija Aurora, que lleva este nombre por el símbolo de una nueva aurora para nosotros, los vencidos, y un año más tarde volví a quedarme embarazada de un hijo que yo no deseaba porque era demasiado pesado tener que luchar para tres hijos. Pero un buen médico republicano exiliado en Andorra no quiso practicarme el aborto por principios morales, y me dio buenos consejos para tirar adelante con la familia. Mi compañero murió cuando las niñas tenían once y doce años, de las secuelas del campo de concentración, dejándome con dos niñas pequeñas y un chico ya adulto que no se quería quedar en Andorra. Román se marchó a Alemania, y yo me quedé sola allí.

¿De qué vivía con su marido?

Después de hacer de camarero en el Bar Central, junto con otro republicano, cogieron los dos el Casino d'Escaldes y lo llevaron juntos. Fue un éxito, era un lugar donde se encontraban tanto los jóvenes como la gente mayor, y mi marido intentó hacérselo suyo pidiendo ayuda en Terrassa. Tan sólo necesitaba treinta mil pesetas que su propia madre le negó. No pudo cumplir su sueño. Mi hijo Román, que tenía diez años entonces, ingresó la escuela francesa y el maestro dijo que era un alumno ejemplar. Le hubiera gustado continuar, era un buen estudiante, pero su padre cada día estaba peor y se vio obligado a ir a ayudarle en el café.

¿Cómo se vivía en Andorra en aquella época?

La verdad es que nos encontrábamos bien allí. No había ninguna diferencia social entre la gente, a pesar de la buena posición de unos y la posición relativamente precaria de los otros. En el barrio, los vecinos eran conscientes de lo que habíamos pasado, y aunque no habláramos mucho de aquello para no alzar sospechas se veía que te tenían cierta consideración. Mis hijas se criaron en un ambiente bastante distendido. Desgraciadamente, al cabo de pocos años, en 1959, mi marido moría de una insuficiencia renal a consecuencia de las secuelas del campo...

Este país siempre quiso tener una posición neutral durante las dos guerras. No obstante esto no es del todo cierto, ¿verdad?

La verdad es que de los asuntos políticos y de los pactos entre los países fronterizos no se sabía gran cosa a no ser que estuvieras en el mundo de la política. Tan pronto se veían gendarmes como guardias civiles, pero no sabías lo que los llevaba allí... Y habían chivatazos, en el café de mi marido se oía decir de todo.

Durante la segunda guerra mundial hubo visitas por parte de los nazis... Andorra también fue un lugar de refugio para muchos exiliados, fueran republicanos o fascistas, rojos o grises... ¿Cómo se convivía?

Se tenía que ir con cuidado al hablar de ciertas cosas. Mi marido era muy hablador, no le importaba mostrarse tal como era, no medía cuánto sus palabras eran peligrosas. Pero la verdad es que, cuando murió, gente de los dos bandos fueron al entierro, incluso policías. Claro que más de uno también le tenía envidia o recelos. Una vez, en uno de los carnavales con más regocijo, unos propietarios de enfrente del café, molestos por la concurrencia que se amontonaba para entrar en la sala de baile, se infiltraron hasta los lavabos y los atascaron. Aquests refugiats de merda sabran el que és bo (Estos refugiados de mierda sabrán lo que es bueno), dijeron a lo que parece. Eran unos andorranos de derechas, católicos y apostólicos, que nunca comulgaron con los exiliados, sino que más bien les ponían trabas.

¿Qué tipo de comunicaciones había entre España y Francia?

El contrabando era cosa comuna, estaba integrado en los usos y costumbres de aquel país. La resistencia era poca, todo el mundo estaba ocupado a vivir como podía. Aunque sí hubo más de una historia turbia, tal como lo explican los libros de historia, como el paso de judíos por la montaña, robos, ejecuciones, etc.

¿De qué manera tira adelante una mujer sola con tres hijos en un mundo como aquel?

No fue fácil. Además, mi hijo, al morir su padre, no se quiso quedar en Andorra. No le gustaban ni el país ni el trabajo, y se quiso ir a Alemania. Desde allí, siempre me envió dinero para que no me tuviera que poner a trabajar. Me sentí realmente sola, de no ser por la Manela que subía periódicamente y por la ayuda de una de las hermanas de mi marido, la Cristina, que cuidaba a las niñas como si fueran hijas suyas. Incluso quiso que hicieran la primera comunión, a pesar de nuestra negativa... Se las llevó a Terrassa y volvieron la mar de contentas, con agujeros en las orejas y unos pendientes de oro. A mí me enfureció que no respetaran nuestros criterios y ¡¡ le pregunté por qué no les había puesto un anillo en la nariz, también !!

Usted se quedó bastante tiempo en Andorra: ¿nos podría explicar un poco de qué manera se fue desarrollando aquel pequeño país, cómo se vivía?

Yo me encontré muy aislada. A la gente sólo le interesaba el comercio, el negocio, y nosotros todavía creíamos que otro mundo era posible. Me sorprendió que no hubiera más cultura en un país que no estaba bajo la bota fascista. La única cultura que me llegaba seguía siendo por parte de los refugiados de Francia, con publicaciones de todo tipo sobre el franquismo, las ideas y la cultura. Era como un pequeño oasis, recibir periódicamente noticias de los exiliados.

1975, muerte de Franco. ¿Cómo vivió el acontecimiento?

Recuerdo que las niñas fueron a celebrarlo con champán junto a otros amigos y amigas, y que yo me quise quedar sola porque estaba completamente desecha. La muerte de aquel dictador fascista había llegado demasiado tarde...

Y después, los años de la transición, la reclamación del Estatuto (y en paralelo todo el movimiento de liberación de la mujer - que usted hubiera podido ser un modelo ejemplar de ella), ¿qué pensaba de todo esto?

Lo he ido siguiendo, pero con cierta amertume. Claro, me alegraba de aquellos avances, pero a mí ya se me había acabado la esperanza.

Y ahora ha vuelto a Anglesola. ¿Cuándo fue y por qué?

Esto se tiene que explicar un poco. Mi buena hermana María, en su lecho de muerte, llamó a un notario para testar en favor mío, aunque todavía vivían tres hermanas y sobrinos. Esta casa representaba mucho para mí, aquí murieron mi madre, mi hermana, y hubiera dado lo que fuera para poderla arreglar y venir a vivir en ella. Pero tenía a las niñas, que no querían oír ni hablar de eso, se habían integrado completamente en Andorra. Entonces tuve una idea: I si utilitzés els diners que, després de mil treballs, vaig rebre com a indemnització dels camps? (Y si utilizárais el dinero que, a duras penas, he recibido como indemnización de los campos?). No había tocado nada, esperaba que las niñas fueran mayores y lo utilizaran, y mi hijo Román tampoco quería saber nada de ello. No era gran cosa, pero me sirvió para arreglar la casa de Anglesola, bajaba a menudo, contrataba a un paleta, y la casa fue creciendo... Fue toda una satisfacción poderla arreglar,  ¡e incluso le dediqué un poema!

Estos últimos años han sido muy movidos en España y en Catalunya, ¿qué piensa de la situación actual? Últimamente se están haciendo muchas cosas, sobretodo en Cataluña, para recuperar la memoria histórica... ¿Cómo ve el futuro?

No puedo evitar pensar que todo sigue igual. Tanto en España como en Cataluña. Creo que se ha perdido el sentido de la solidaridad social, que sólo importa el dinero, las guerras para el petróleo, el destrozar porque sí... No tengo una visión muy optimista del mundo en general. Cuando cada día miro las noticias, me doy cuenta de que el mundo no ha avanzado. Tecnológicamente quizás sí, pero espiritualmente, ni chispa. Y una de las cosas que más me desolan es que al morir el dictador y al iniciarse la democracia no se reconocieron en absoluto los derechos de los luchadores del bando republicano. A las viudas de los luchadores no les ha llegado ninguna compensación, ni pensión, ni reconocimiento de parte de los demócratas, por la lucha que se llevó a cabo a un precio tan alto. Se calló completamente, como si todavía estuviéramos en tiempos franquistas, por miedo de no volver a abrir las heridas, dicen los que lo justifican ; los políticos y el gobierno se fueron instalando cómodamente, sin recordar ni mencionar, ni en los medios de comunicación ni en los libros de textos, los conceptos y el programa de lo que había sido, primero la República, después su derrota por culpa de un alzamiento militar y, por fin, el exilio de tantos miles de combatientes. Es un vacío de diversas décadas que nunca más se podrá llenar.

¿Lo volvería a hacer todo esto?

No te lo sabría decir... L'amertume que me ha quedado no compensa el esfuerzo, sobretodo después de la muerte de mi marido. Siempre le digo a mi nieta que actúe con honestidad y nobleza, pero que no se complique con ideas que la pueden conducir al desastre, tal y como nos pasó a nosotros.

Febrero 2008

 

Pour citer cette ressource :

Teresa Albareda Carulla, Marta Martinez Valls, "Una vida en el siglo XX (espagnol)", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), octobre 2008. Consulté le 18/07/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/civilisation/histoire-espagnole/guerre-civile-et-dictature/una-vida-en-el-siglo-xx-espagnol-