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Dossier 15-M - Los indignados

Par Bruno Rogero : Étudiant de Master 2 TLEC - Université Lyon 2
Publié par cbini le 24/08/2013
Ninguno de los detenidos el 15 de mayo fue enviado a prisión preventiva, por lo que todos fueron puestos en libertad en las 72 horas siguientes a su detención. En cambio, la gestión de la acampada, convertida en una pequeña ciudad dentro de la ciudad, era la ocasión de poner en práctica las ideas que se pudieran llegar a acordar, de modo que lo que había empezado como un medio al servicio de un fin a corto plazo –visibilizar aquellas detenciones y reivindicar la puesta en libertad de los concernidos– se convertía en un experimento sociopolítico con varias decenas de miles de participantes que habría de durar varias semanas.
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Los indignados

 

El llamado «movimiento 15-M», como se apuntaba en el texto anterior, no nace de un programa ni es la reacción a ningún acontecimiento concreto; de hecho, algunos autores sostienen que es más una práctica que un conjunto de posiciones, siquiera estratégicas o tácticas. En todo caso, es un episodio de movilización que sí parece tener algunas resonancias de aquellos vecinos mediterráneos (Tunicia y Egipto) de que hablábamos:

  • es mucho más la constatación de un malestar que un diagnóstico sobre sus causas o un tratamiento que proponer;
  • parece haber aprovechado bien esa sensación de que, al no basarse mucho en la iniciativa de ningún grupo en concreto, todo el mundo podía hacerlo suyo;
  • en relación con esto, una gran importancia de la convocatoria a través de Internet (por boca a boca en redes sociales y correo electrónico como por propaganda en páginas web y blogs) y por teléfono móvil;
  • la estrategia de tomar sin violencia plazas públicas, tantas veces como haga falta, para colocar el debate público, literal y figuradamente, en el centro del terreno político.

Ninguno de los detenidos el 15 de mayo fue enviado a prisión preventiva, por lo que todos fueron puestos en libertad en las 72 horas siguientes a su detención. En cambio, la gestión de la acampada, convertida en una pequeña ciudad dentro de la ciudad, era la ocasión de poner en práctica las ideas que se pudieran llegar a acordar, de modo que lo que había empezado como un medio al servicio de un fin a corto plazo –visibilizar aquellas detenciones y reivindicar la puesta en libertad de los concernidos– se convertía en un experimento sociopolítico con varias decenas de miles de participantes que habría de durar varias semanas.

 

¿Cómo se percibió esto entre la población, entre los grandes partidos, entre los no tan grandes... ?

 

Hay que tener en cuenta dos cosas: se ha tratado de un movimiento muy presente en los medios de comunicación de masas (en parte porque ha hecho desde el principio su propio esfuerzo de comunicación, un gran esfuerzo, mediante Internet) y, para la mayoría de habitantes, la imagen preponderante es la que viene de dichos medios de comunicación más que la de los propios medios de los convocantes de las manifestaciones y, luego, de los acampados.

Probablemente el mejor ejemplo de esto sea la insistencia de los medios de comunicación en llamarlos «los indignados» o «el movimiento de los indignados», estableciendo una relación entre los activistas y el reciente éxito editorial de Stéphane Hessel, que, ciertamente, había tenido un gran éxito y había prefigurado un nuevo ciclo de protestas, pero no había sido el primero ni mucho menos el único en hacerlo. De hecho, a Hessel no le faltarían críticos en el movimiento surgido el 15-M cuando declaró que para este «no tener un líder definitivamente puede ser un problema».

Por la mencionada relación con los mass media, la población supo de la manifestación antes incluso de que tuvieran lugar –algo muy poco común, que hace pensar que esos convocantes casi anónimos también tuvieron la curiosidad, y tal vez cierta simpatía, de los periodistas– y estuvo al corriente, como poco, de que la movilización se estaba extendiendo en el tiempo en forma de acampada.

El improvisado campamento se había dotado de una gran estructura de voluntarios organizados en comisiones y grupos de trabajo y muchos fueron a la acampada para ayudar en ellos, muchos más fueron simplemente a ver qué aspecto tenía todo aquello y aún más numerosos fueron quienes pasaron por allí por ser, posiblemente, la plaza más frecuentada de Madrid y sólo tangencialmente se llevaron algún tipo de impresión de la acampada. Según pasaron los días, las acampadas se multiplicaron por la geografía española y también por allá donde los emigrados hispánicos intentaban participar de lo que ocurría «en casa», hasta acercarse al centenar de acampadas, por lo que, a partir de cierto punto, no vale ya la pena hablar de «la acampada», en singular.

De ese modo, se desarrollaron actitudes hacia los campamentos que podemos intentar resumir en tres bloques: 1) el de los más afines, para quienes eran una especie de ágoras del siglo XXI, las plazas públicas donde todos los debates eran posibles, 2) el de los opuestos, que las consideraban concentraciones humanas que ocupaban sin autorización legal espacios públicos y atraían a todo tipo de personas (también masas de vendedores callejeros de cerveza, vendedores de drogas ilegales y toxicómanos sin techo), concentraban residuos y perjudicaban a los comerciantes de la zona –que solicitarían el desalojo de la acampada el día 25–, al tapar sus escaparates con carteles y tiendas de campaña y atraer más activistas que turistas, 3) el de los escépticos, que valoraban cierta buena intención en los acampados, pero consideraban su experiencia insostenible más allá del corto plazo (¿cuándo se disuelve una acampada que no tiene una reivindicación concreta?); algunos de ellos, además, temían que el movimiento estuviera siendo manipulado por alguna mano invisible o pudiera empezar a serlo.

Esto último requiere que recordemos el contexto: se habían convocado elecciones municipales y autonómicas para el 22 de mayo, pero sus resultados no serían medidos sólo en función de aspectos municipales y autonómicos, sino que se considerarían también un indicador del desgaste del partido que ocupaba el gobierno central (el PSOE) y de la evolución de las demás formaciones políticas. Más aún, hacía tres meses que, también de manera anónima y por Internet, se había lanzado la campaña «Nolesvotes», que, sin llamar a los votantes a inclinarse por ninguna opción, sí les pedía que no lo hicieran por el PSOE, el PP o CiU (la federación catalanista conservadora que ha gobernado aquella comunidad autónoma en nueve de las diez últimas legislaturas), las tres formaciones con más imputados por corrupción y las mismas que acababan de aprobar una ley para proteger la propiedad intelectual en Internet, muy controvertida, entre otras cosas, por permitir el cierre temporal de páginas web mediante un procedimiento de urgencia (la llamada «Ley de economía sostenible» y conocida como «Ley Sinde» por el nombre de la entonces ministra de Cultura, Ángeles González Sinde). Varias de las personas que habían lanzado dicha campaña lanzaron también Democracia Real Ya, la primera de las plataformas que llamaron a la movilización el 15 de mayo, todo lo cual despertó suspicacias: ¿era el 15-M una campaña soterrada de Izquierda Unida? ¿Era, al contrario, una maniobra de personas cercanas al PP que pensaban que su partido no saldría tan perjudicado como el PSOE? ¿Era un intento de desprestigiar a toda la profesión política para favorecer la entrada en el gobierno de personas con un perfil más técnico que político (en Italia, Mario Monti sería designado jefe de gobierno seis meses más tarde) o para permitir la toma de medidas excepcionales?

Para mayor suspicacia, se dieron como circunstancias paralelas que, por un lado, medio año antes se había sabido de las conversaciones que mantenía el Rey con agentes sociales extraparlamentarios (importantes empresarios, un ex-secretario general de CCOO y el famoso divulgador científico y ex-ministro Eduard Punset, que apoyaban el informe «Transforma España», donde se defendía una serie de cambios políticos estructurales) sobre las políticas que estos entendían que España necesitaba y que le habían hecho llegar, y no al presidente del Gobierno, en forma de declaración y, por otro lado, a lo largo de 2012 y 2013, miembros de la policía hacían varias demostraciones de rechazo del papel de barrera de contención del malestar social que, entendían, se les estaba asignando, a la vez que el gobierno anunciaba la creación de las Unidades de Prevención y Reacción (UPR) de la Policía Nacional, que colaborarían en tareas antidisturbios con las tradicionales UIP (Unidades de Intervención Policial) y el presidente de la Asociación Unificada de Militares Españoles reclamaba la supresión de gastos militares superfluos en tiempo de austeridad presupuestaria, lo que le valdría prisión militar en condiciones, aseguraba él, de maltrato. Algunas de estas noticias fueron acompañadas de rumores en el mismo sentido y ha sido, pues, frecuente la sensación de que la conflictividad social estaba aumentando y de que diferentes instancias podían intentar aprovecharlo para promover medidas excepcionales.

Cada cual pensó lo que le pareció y es innegable que la primera reforma de la Constitución en casi 33 años se hizo en agosto de ese mismo 2011 en nombre de la lucha contra la crisis –se impuso un máximo irrebasable al déficit público–; en todo caso, todas esas eran observaciones y elucubraciones más o menos relacionadas con las elecciones y con las personas que habían promovido aquello, pero no con la masa de quienes se implicaron y la política del que enseguida se llamó «movimiento 15-M».

 

Pour citer cette ressource :

Bruno Rogero, "Dossier 15-M - Los indignados", La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), août 2013. Consulté le 23/02/2018. URL: http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/civilisation/economie/la-crise-economique-espagnole/dossier-15-m-los-indignados