¿España es diferente?
En su reciente ensayo España no es diferente, Santiago González-Varas mantiene que aunque nuestro país no es «ni por su historia, ni por su cultura o cualquier otro factor, esencialmente diferente de los demás Estados europeos, en la actualidad España está presentando ciertas diferencias que pueden ser incluso más acusadas durante los próximos años» (8). Los mitos de la peculiaridad hispana, que generalmente se presentan en contraposición a una visión de Europa poco revisada, se mostrarían también en Estados como Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia (9). Sin embargo, prosigue el ensayista, concurre en el contexto europeo una verdadera anomalía española, la que consiente que «los jefes de ciertas Comunidades Autónomas [...] se presenten en el extranjero en viajes oficiales como emisarios de un país propio enfrentado con el Estado donde se ubican». No le falta razón a González-Varas en su apostilla, pero creemos que ésa es nada más la cresta de un peligroso iceberg, pues la gran originalidad española es aún más extremada y, sobre todo, arrastra repercusiones civiles mucho más graves. La nación plurinacional y plurirregional que es España luce condición de Estado plenamente democrático, una categoría que en realidad se arroga. Muy al pesar, a la voluntad y al esfuerzo de la gran mayoría, España no es, en la totalidad de su territorio, una democracia, ya que en dos de sus países, el vasco y, en buena parte de sus límites, el navarro, las libertades individuales han sido embargadas por una capilla que mantiene en situación de alarma permanente a la ciudadanía, muy en primer lugar vasconavarra y luego del resto de España; que extorsiona, secuestra, impide la expresión y el voto libres, amenaza de muerte y mata; probablemente los únicos territorios de la Unión Europea donde hay ciudadanos que se ven obligados a exiliarse hoy día. Sobre esas comarcas del actual reino de España no hay democracia.
Franco, la prueba del nueve de cualquier mutación susceptible de provocar sorpresa, comodín que viene explicando toda anormalidad' y todo atraso' contemporáneos y, en prodigioso giro reactivo, todo salto hacia la modernidad, pierde terreno ante los ojos extranjeros que nos miran. Recíprocamente, la gangrena terrorista de ETA y sus aledaños lo ganan. En medio subsiste una democracia liberal que se descubre intimidada, en su existencia diaria, por el fraude separatista que sostiene el terror. Nuestra cata histórica no puede surtirse de explicaciones simplistas o de elisiones interesadas. Ni sobre el espectacular cambio social forjado en los ochenta que, en realidad, se había iniciado en los sesenta a pesar de las sujeciones del aparato. Ni sobre las inevitables soluciones de compromiso y la vuelta de página de la transición española presentadas como modélicas, a pesar de haber sido edificadas sobre la renuncia a una breve, pero no por ello menos honrosa, legitimidad democrática, la republicana. Ni sobre la reconciliación de todos los españoles tras la brecha abierta en el 36, «Paz, Piedad y Perdón» del histórico discurso de Azaña en 1938, jamás cumplidos acaso vislumbrados ahora, con el inicio de las exhumaciones de fosas comunes, la rehabilitación política, social y económica de los represaliados y las iniciativas de homenaje y desagravio al exilio. Ni sobre el desafío que dirige hoy a los derechos fundamentales de todos los hombres el chantaje del nacionalismo etnicista lerdamente enmascarado de reivindicación de derecho elemental del individuo.
Dos son, como vemos, las horas últimas de España que más interés despiertan, tanto por sí mismas como por sus conocidas consecuencias, dentro y fuera: la Guerra Civil y la Transición. Su estudio y el de los caminos que nos condujeron a ellas resultan substanciales para entender lo que somos hoy. El peligro, cuando relatamos y calificamos episodios de la historia cercana, está en la tentación y, en momentos de emergencia, en la costumbre, de deslizarse por una rampa de ideas recibidas, maquinales simplificaciones y arengas emocionadas. Pero no se admitan otras excusas fuera de ésta de la efusión, y sólo por ser largo el vínculo emocional en las distancias cortas. Tanto más cuanto que los estudios históricos sobre el siglo XX español gozan de magnífica salud, la bibliografía especializada es ya abundante y, a pesar de lo inflamable de los períodos, los autores más solventes empiezan a acercar posiciones.
El franquismo no hizo sino revalidar la imagen de España como país excepcional, como peculiaridad dentro de un concierto, tan bien condensada en aquel publicitadísimo y nada inocente eslogan, Spain is different, que el Ministerio de Información y Turismo creara en 1963 para atraer a nuestras playas a turistas europeos de más arriba de los Alpes. Sin embargo el eslogan, cuyo éxito póstumo prueba el hecho de que aún provoque controversias, no es, como se suele pensar, responsable de la idea que lo sostiene, pues la red de la excentricidad ibérica se empezó a tejer, como mínimo, hace doce siglos, en plena Edad Media, cuando a España no se le ocurría aún ser España : una malla de símbolos culturales que tuvo su hilo axial en la invasión musulmana. La derrota de las tropas de Abd al-Rahmán al-Gafiquí por Charles Martel en Poitiers inició la configuración de un espacio anómalo en la periferia del horizonte europeo; la península Ibérica «volvió a convertirse en tierra de frontera y, por tanto, como en los tiempos prerromanos, lugar exótico y fantástico» (10). Luego, la propagación de la leyenda de Santiago y el éxito de su vía de peregrinación, la coexistencia de razas y religiones (excepción absoluta dentro de una Europa monocultural y monoétnica), o el carácter de «territorio de guerra poco menos que permanentemente abierta» harían de España marca de prometedoras aventuras. Tierra marginal, pues, escenario de peligros y albures pero también pórtico de un emporio insólito que ofrecía suntuosas mercancías : esencias, sedas, alhajas, especias... Oriente había penetrado a Occidente por conducto hispano.
No sería, sin embargo hasta la puesta de moda del grand tour, el viaje que, antes de sentar cabeza, realizaban en el siglo XVIII los hijos europeos de buena familia, con el objeto de procurarse el aprendizaje cosmopolita que ni el liceo ni los salones podían dispensar, que se espaciaría, a través de los libros de viajes, aquel estereotipo aglutinado durante siglos, el que consagraba a España como la excepción, como el otro: un país que, en términos negativos, se estimaba violento, supersticioso, negligente y atrasado. Tanto la costumbre como su desahogo literario se extendieron aún más en el siglo siguiente, revistiéndonos con la mucho más amable dignidad de país romántico por antonomasia y estableciendo, por último, la imagen internacional que pervive, la mejor impuesta, la más repetida, casi la única visión desde fuera y una de las más manoseadas dentro. Italia era en el XIX el destino predilecto para los romeros alemanes y para muchos ingleses y franceses; pero España ofrecía algo con lo que Italia no competía: Oriente en Occidente, un ámbito mítico fundado sobre cuatro espacios urbanos, las piedras angulares en las que se apoyaba el compás romántico de extranjería bien costeado: Sevilla, Córdoba, Ronda y Granada. El enorme éxito de aquella imaginería andaluzada se debe, en buena medida, a los giros retóricos de un Lord Byron o un Washington Irving, en primera hornada, seguidos de los suscritos por Victor Hugo, Théophile Gautier o Prosper Mérimée. Y, ya montados en el estereotipo de vía ancha, a los aditamentos de Alexandre Dumas y George Borrow.
Al mismo tiempo que los viajeros ingleses y franceses izaban su imagen oriental de España, asociándole atributos seductores como «belleza, melancolía, ruinas, honor caballeresco, hedonismo o pasiones intensas», los esforzados arquitectos oriundos de la identidad trabajaban en la suya o, mejor dicho, en las suyas, porque, como mínimo, hubo dos. En primer lugar, la confeccionada por los sectores conservadores, que hilvanaba su repertorio sobre la base del catolicismo contrarreformista (marcado por su oposición proverbial a lo musulmán, a más de antisemita y antiprotestante), la monarquía y la cultura castellana, y que definía el supuesto carácter nacional como belicoso y regido por sentimientos nobles. La versión liberal, entretanto, promovía su modelo a partir del mito de la Guerra de la Independencia y lo afianzaba por medio de la reivindicación del constitucionalismo, la soberanía popular, la convivencia entre religiones, la regeneración y la europeización; el progreso, en suma.
El fenómeno no fue ni mucho menos privativo de España, sino que se encuadraba de lleno en el paisaje contemporáneo. A lo largo del siglo XIX casi toda Europa se hallaba embarcada en procesos de construcción de identidades colectivas, con las élites culturales entregadas a un frenesí creativo que daría lugar a múltiples producciones «literarias, pictóricas, musicales, históricas o incluso pseudocientíficas» cuyo fin era diseñar una identidad nacional capaz de consolidar regímenes nuevos (el caso italiano, por ejemplo) o de refundamentar viejas monarquías (Francia o España) en la flamante fe nacional. Es lo que Eric Hobsbawm llamó, en expresión que ha hecho fortuna, la invención de la tradición (11). Sin embargo, como bien ha establecido José Álvarez Junco en su excelente estudio sobre la idea de España en el siglo romántico, «estos creadores no trabajan en el vacío, sino con materiales dados, preexistentes [...], que, por tanto, limitan o condicionan la tarea. De ahí que el término adecuado sea, probablemente construcción', en lugar de invención'». De los dos proyectos hispanos, el de los reformistas fue el que menor huella dejó, justamente porque su bastimento con «símbolos comprensibles» y con «materiales adecuados, esto es, con tradiciones y creencias aceptables para el conjunto o una parte significativa de la opinión» era muy inferior al que presentaba su proyecto rival, el tradicionalista, que, por otra parte, tampoco llegaría a dar consistencia interna a una identidad bien estructurada. Los diferentes procesos decimonónicos culminarían en el viejo continente con mayor o menor éxito, según el país, pero el alcance del caso español todavía se discute y entre los historiadores que lo avalan suelen reproducirse dos observaciones: fue incompleto y fue tardío.
Lo paradójico es que, andando el tiempo, se impusiera, como se impuso, incluso dentro de nuestras márgenes, no alguna de las visiones que con tanto denuedo se amasaban en el interior, sino la creada por la colonia itinerante. Sobre todo llama la atención que uno de los ingredientes básicos del perfil dibujado desde dentro, la oposición secular del cristianismo hispánico al moro infiel, perdiese la batalla frente al pabellón maurófilo, orientalista y andaluzado, que enarbolaban los viajeros. No hay duda: España es hoy, para el mundo, algo muy similar a lo que los estudiantes de Hispánicas de la Universidad de Leeds expresaron en la encuesta que hemos comentado más arriba: la suma de la impresión romántica, más el reajuste que supuso la incorporación de los mitos neorrománticos, por cierto surgidos en el siglo XX. Un estereotipo sólido al que, sin embargo, el mundo intelectual se aviene en desautorizar como infundado, sin raigambre en la mera realidad física. ¿Significa eso que nuestros visitantes improvisaron su vistosa imaginería, que no trabajaron «con materiales dados, preexistentes», que se sacaron sus iconos de la manga? Las ruinas de sinagogas que dijeron haber visto, los bandoleros, los refinados alcázares, manolas, toreros, gitanos y danzarinas, rejas, palique y guitarra, crucificados y penitentes en procesión ¿fueron alucinaciones de su anhelo de exotismo y pasiones violentas o los compuso el pueblo a su paso, como en la famosa película de García Berlanga, prestos para el grabado y el apunte lírico?
Los hubo, y bien poco tuvieron que ver escritores como Byron o Dumas con su existencia física, como poco o nada intervinieron aquellos ánimos transeúntes en la gestación y el primer desarrollo, contemporáneos de sus excursiones, del arte flamenco. Pecaron, eso sí, de incontinencia sensorial, divisando figuras pintorescas en demasiadas esquinas, pero es desatinado sostener que trabajaban ex nihilo. Jorge Luis Borges, que no era exactamente inglés ni completamente romántico, dijo haber experimentado hace menos de treinta años, ayer mismo en términos de caducidad o permanencia de símbolos, en esta parte del mundo, la fascinación que el lugar impenetrable que denominamos Oriente ha ejercido siempre para los hombres occidentales: «Hay algo que sentimos como el Oriente, que yo no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en Córdoba» (12). Es decir que, en 1980, un eminente visitante argentino percibe aún algo que otro ilustre testigo había observado en 1863, un conmovido Hans Christian Andersen que arranca unas flores en los patios nazaríes, las intercala en su cuaderno de notas y se las lleva a casa, y que eso no difiere demasiado de lo que experimenta quienquiera que visita Toledo, ve bailar a Eva la Yerbabuena, prueba las rosquillas de ángel de las Dominicas Dueñas de Zamora o pasea por Vejer de la Frontera. Entresijo y cifra de lo lejano sin salir del todo de casa; exotismo controlado, dentro de unos límites, los propios.
Esa misma extrañeza de nuestra impronta, que tan atractivo señuelo hace para el hombre septentrional, se ha esgrimido a menudo como uno de los rasgos que con más fuerza nos impedían ser modernos. Los irritados por el proverbial atraso no sólo aducen causas sociopolíticas y económicas cuando se trata de fundamentar sus tesis, sino que suelen culpar del mismo a ciertas expresiones culturales, considerándolas ya obstáculos, ya fachada que oculta los verdaderos problemas, y entre las muestras de campo que invocan aflora invariablemente alguno de los componentes de la trinidad de la cultura popular. En su esquema, la pervivencia en el siglo XXI del espectáculo taurino representaría uno de los restos más perversos de nuestra antigua crueldad, el auge de las procesiones un ejemplo palmario de superstición y desvarío colectivo, y la difusión que los medios de comunicación dispensan al flamenco, o a su hija natural, la copla, un retazo penoso del franquismo que los promovió, cuando no los creó (13). Eso, tomándolos por separado. Porque la mezcla de los tres da lugar, en el alegato progresista, al cóctel vergonzante, impuesto desde arriba, del pintoresquismo y la afectación más trasnochados. Como si tuviéramos que optar irremediablemente entre prescindir de todo eso para acceder a la modernidad, o bien renunciar a ella, caso de persistir en el culto a las reliquias. La realidad, algo más caleidoscópica sin embargo, nos muestra que desde 1863 hasta 1980, y de este año al presente, España, sin renunciar a ambigüedades ni a paradojas, figuras retóricas en las que, por otra parte, se mueve a gusto, ha cambiado. En especial en el último cuarto de siglo nuestro país ha conocido un progreso que hoy sólo ponen en duda los cuatro nostálgicos del pesebre, el bozal y la brida nacional-católicos, sus pares de la izquierda autocrática y una parte considerable del abertzalismo. Con las desventajas y carencias de todos conocidas (paro, corrupción y favoritismo, precariedad de algunos transportes, niveles educativos o profesionales por debajo de la media europea, ineficacia administrativa y clientelismo (14)) pero razonablemente modernos, al cabo.
La marca negativa que aquellos espectáculos portan es innegable. Hay saña en la corrida, hay idolatría y jactancia en procesiones y romerías y un desgarramiento y una rabia consustanciales al cante jondo que lo hacen casi intolerable para el profano. El kitsch se enseñorea en cada uno de sus aspavientos. Lo cutre se esconde en sus trastiendas, allí donde el brillo rutilante de su cualidad escénica no alcanza. Pero incluso en las zonas expuestas a la luz existe riesgo: muy fanático de la tríada ha de ser uno para no admitir que el aburrimiento y el empalago la acechan de forma obstinada. Para oír un buen cante o ver un buen baile se precisa una tolerancia infinita hacia la potencial informalidad o el estado de las facultades del intérprete (el buen flamenco requiere siempre aptitudes no ya artísticas, físicas, extraordinarias), soportar mucha morralla gritona, mucha falsía y mucha zapateta mientras se recorren festivales y peñas, teatros y convites. Presenciar esa tanda mágica de naturales de la que luego se extasiarán hablando los aficionados en tertulias taurinas supone haberse tragado antes miles de zafios derechazos y haber visto mucho bicho mal morir. Quien quiera disfrutar de los diez minutos de gracia que procura la contemplación de un paso de palio felizmente mecido al compás de una saeta bien entonada que alguien dirige a una Soledad mejor encarada, ha de prepararse para acechar durante horas y aguantar pisotones y exabruptos.
En Andalucía, el dominio de estas tres (cuatro, si incluimos la copla) manifestaciones culturales es tal que silencia a cientos de otras, más modestas, menos estereotipadas, incapaces de resollar ante prepotencia tan ubicua. La llegada de la Pascua supone, año tras año, la invasión y el colapso del espacio público durante siete días, es decir, coacción y ruido, tormento sistemático para los ciudadanos que no gusten de la celebración o que, sencillamente, quieran descansar en su ciudad durante las vacaciones. Pero ya nacen nuevas cofradías y una fórmula difusora se expande, y afecta a otras ferias, como la Cruz de mayo en Granada, el Rocío o los Carnavales de Cádiz, impulsando un concepto de la fiesta que no conoce restricción. Cada año ocupan más horas, más días, más ciudad, cada convocatoria capta nuevos adictos y cada neófito deja en su éxodo un presente: basura. Muñoz Molina lo llamó la Andalucía obligatoria, en un artículo que se alineaba con las posturas racionalistas que relacionan ignorancia, atraso, superstición y folclorismo, y que levantó querellas (15). Pero, aparte de esa asimilación, que no compartimos, reprobaba el novelista, con mucho tino, una Andalucía que se ha impuesto por decreto en la propia Andalucía, especie de desbordamiento al mismo tiempo popular y oficial de sevillanismo espeso. Los andaluces de la no-obligatoriedad la sufrimos a diario, por eso entendemos bien el malestar de tantos españoles, repartidos por los otros dos tercios del país, cuando este sur en pie de juerga, corneta, faralá, tambor, miarma y ole, empuja e invade, avalando una imagen no ya de Andalucía, de España, que tuviera por capital una excrecencia metropolitana: Hipersevilla.